Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 17/07/2018
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Ramiro Pinto
28/01/2018

El texto bicéfalo en busca de autor

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Nuria Viuda y Rafael Parrado no han partido su mente para desdoblarse, han doblado su autoría y al tiempo, como sugiere Ramiro Pinto se han hecho en este duelo poético un poco autores de sí mismos.

 

Nuria Viuda y Rafael Parrado. Cuaderno bicéfalo. Dalya Editorial, San Fernando 2017, 63 p.

 

 

 

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Un libro es también la experiencia con él, como lector. Leí la primera parte de éste cuando estuvo inédito. Me sorprendió, y mucho por conocer a los autores, especialmente a Rafa. Sus críticas agrias y punzantes en libros anteriores, ‘Espuelas para un viaje corto’, y sus muchas reflexiones breves en las redes sociales y en su blog, no pegan con lo que cuenta como uno de los dos autores céfalo. 

 

A ninguno de los dos les imaginé en estas andaduras de la mística, pero me fui dando cuenta al leer, otra vez en el libro, los textos que es una narración genuinamente literaria. Voy a contar lo que me ha llamado la atención y, también, aquello que me ha hecho reflexionar, que anoto al margen de las páginas. Lo demás, su historia queda en el libro, digno de ser leído, pues es una especie de “isla del día después”, de la que habla Umberto Eco, en el panorama de libros actuales.

 

Comienza el prólogo de autor dando la pista fundamental: “Los sueños nos revelan palabras sueltas adaptándolas a posteriori para inventar, imaginar y recrear mundos que vivían ya en nosotros”.

 

Me da la impresión de que inventan ambos a quien escribe. No sólo crean un personaje ficticio que aparece en el libro como narrador, sino que quien queda fuera, como si de un actor se tratara, escribe como tal. Da lugar a un personaje y el escritor se ausenta enmascarado en un autor inventado. ¿Para bucear en uno mismo? Lo que el prólogo afirma lo pongo entre interrogaciones. ¿Entre lo imaginario y lo necesario?, ¿por qué lo necesario? Esta pregunta en concreto me acompañó hasta el final de la lectura.

 

Más que un diálogo me parece un monólogo a dos. Conocedores del uso de la palabra ambos lo saben llevar a cabo y generar lo enigmático, a veces con cierta impostura, como si esculpiesen demasiado lo que escriben: “No sé disimularte”; “así ya resina trashumante hacia tu indiferencia”.

 

Una expresión, ni siquiera reflexiva, pero que da lugar a pensar, entre la pasión desbocada y el intento de frenarla, el sentimiento de culpa, de quien se imagina es una monja y su historia real, y el de la culpabilidad de no lanzarse desde sus instintos a lo que desea. Diré que me trajo a la memoria ‘Cartas de amor de una monja portuguesa’ de Mariana Alcoforado, una manifestación escrita de pasión entre el pecado y el sentimiento. La desolación y el engaño, el amor y la sexualidad como trofeo.

 

 

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En el libro bicéfalo falta el drama, pero se manifiesta un inconsciente en cartas aparentes que se entrecruzan, escribiéndose cada cual sí mismo, pienso. Tal es lo que entresaco. Y es en esto donde está el punto de enganche.

 

‘Los calabozos del cuerpo’, cuando la sociedad desnuda lo corpóreo, lo exhibe y lo adora y apacienta (“dar pasto al ganado” y “pasto espiritual”, según la Real Academia Española) de una u otra manera. Sin embargo cubre y vela lo intangible, aquello que individualmente sentimos al fomentar el consumo, sensaciones sentidas de manera colectiva, incomprensiblemente. La sexualidad como una diversión más, y como la resaca acaba atormentando, siendo sufriente entre risotadas.

 

Trasfiguran, Viuda y Parrado, el mundo en el que viven, pues queda fuera de una lógica establecida y tal vez debieran haber escrito la comunicación de quien quiere y desea conscientemente aplacar sus deseos libidinosos y más ha de imaginar, quedar frustrado o reducido a imágenes sus carnales ansias que exigen más, la perfección corpórea, como si el sexo fuera para la tele, los mundos de yupi, hoy virtuales, y el resto quede con los residuos del naufragio modernidad y agazapados. Pero lo invierten. Una ocurrencia quizá.

 

Las personas no somos, nos inventamos. De alguna manera no existimos, sino que representamos y eso hace querer, y lo construimos, tal es la literatura: diseño de locuras inacabadas. Por eso Nuria y Rafael entran de ello mediante su escritura con una experiencia a cuestas. Lindando los ambientes literarios y sus márgenes. Por ello creo que la monja a la que aluden, santa, con sus dudas, sus pasiones, a la que fabrican un alter ego, es más bien un señuelo, del otro yo que vive en cada persona, o más como dice el Lobo Estepario, pero parece que da rubor: “acércate a eso más invisible y trascendente que es tu propia muerte”. Se dirigen, ‘disimuladamente’ al lector, pero somos tales quienes hemos de abrir las letras, porque eso yo forma parte de un yo colectivo y, además, en parte tenemos el nuestro.

 

Desde luego no es un libro de consumo para leer. Nos abre una ventana para mirar un paisaje nuevo, extraño, aunque sea cercano, pero no sé si es un espacio bucólico o un cuadro pintado en una pared. En el fondo como lector he de decidir, porque preguntárselo a ellos rompería la magia. Siempre he pensado que todo libro tiene un libro paralelo no escrito, que se desarrolla en la lectura. En este caso lo he visto claro.

 

 

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Una vez un amigo me dijo, cuando supo que me gusta escribir, que hay que mentir profundamente para llegar a lo más hondo. La sinceridad es sólo apariencia. Otra cosa es la impostura. Quien lo lea no sabe con qué se va a encontrar: “quieres parar tu mente de la excitada intrascendencia”. Y tal vez demasiado lenguaje, a veces se regodean en él para llegar a saltos que salen del personaje porque quien actúa por encima no se quiere dejar llevar. Es en esto donde observo la falta de tragedia, en algo que es trágico, y la contaminación de lo racional, el miedo a dejarse llevar quien escribe: “Busca entre tus tesoros y hallarás tu Dios”. ¿Acaso no es la vivencia del Dios al que sirve, al que reza, al que ha de responder Faustina?

 

Y de seguido una carta que se sale del guión, como si la densidad de la atmósfera asfixie a quienes escriben, desbarran fuera de sí en la ‘locura’ escrita a través de un juego que los ha atrapado. Al lector quizá le lleve a la belleza de leer, simplemente leer, porque ¿para qué pensar de algo tan lejano?, pero su alter es lo que atañe al mundo moderno frustrado de modernidad en sus parabienes: “La luna ría la locura. / Juega el loco con el perro”; “Un puerco se aparea de espaldas a un convento”. Se asoma el autor del autor escondido. Sí. Y la autora, la otra céfala se sonríe, como la otra cara de la luna de la que hablan.

 

Aparquemos el psicoanálisis, porque hay algo previo, en este pequeño libro que se engrandece con la lectura, me atrevo a decir más importante su ser leído que lo escrito. Algo que de muy pocos libros puedo decir, desde mi subjetivo punto de vista. Adquiere lo escrito su identidad en su ser navegado. Demasiados comentarios huelgan, pero me rebelo a mi propia visión. “Mi alma aborrece tales tormentos”; “Una esquizofrenia se apodera de mi cuerpo como un rito Mitraico”… “de sueños de carne”.

 

El campo de batalla es otro, que ocultan. No es la pasión de quien doma el cuerpo, es el cuerpo de quien vacía sus pasiones y he aquí la bicefalia auténtica que se descubre entre renglones, los renglones torcidos de Dios de Torcuento Luca de Tena. Perdón, de los renglones escondidos de los autores. Me he equivocado por asociación de ideas. Gritan, y lo hacen desde el eco de una monja. No paré de dar vueltas a tal misterio entre la modernidad y la nada, que ellos llaman cielo e infierno.

 

 

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Parece que dice la monja, que dicen quienes dicen que dice la monja que mi cuerpo, mis pasiones, mis apasionamientos, mi dormir el sueño somnoliento no son de este mundo, pero no hay otro. ¿Entonces? No hay respuesta. Queda la ironía. Son herejes del pensamiento, de sentir, como lo es la monja a su manera. Pero cala la psicología subyacente de la tentación. Y yo, que quiero la pasión y no la encuentro, dice la modernidad. ¿Es la fe lo que nos hace humanos?, ¿la rebelión a ella?

 

Pero hay un defecto en mi percepción, conocer a Nuria y a Rafa. El lector alejado podrá ser llamado a la creencia como un silbido entre las hojas de los árboles. Para mí son ellos quienes están en las ramas. Y sin embargo creo que hay algo de cierto en lo que narran. Lo que traduce silencios. Demasiada metáfora. La lectura de este libro pueda ser un calmante que preceda a la tormenta, si la hubiera. Pero quien no se quiera sorprender que lo deje quieto.

 

Son bicéfalos ambos y la monja. En total hay seis personajes, como poco, ocultos entre la foresta. Lo descubrí en una segunda lectura del libro, en total la tercera. ¿Es el cuerpo la llave del alma?, ¿quién se plantea hoy semejante pregunta?: “Me llama a que copule para poseer mi cuerpo como llave que abre la puerta de mi alma”. ¿Por qué justificar algo que es como se siente? ¡Ah, Belcebú! en una constante palinodia de quienes necesitan el contrafuerte de la palabra.

 

Es la huida de la pasión lo que transcurre, como necesidad de recurrir a ella y a esta historia. “Laberintos”, dicen a dúo. “El cuerpo como mausoleo”, oh. Y yo que quisiera desnudarme ante ellos para recitar algunas de sus páginas, leídas en voz alta. “Y ahoga calladamente la concupiscencia”, ¿Sor Faustina Kowalsaska? ¡Ah!, no. Es cerca del final donde confirmo mi sospecha ya expresada.

 

Hace unos meses paseé por los madriles, nunca mejor dicho así, cuando a la salida del museo de san Isidro, en la parte de atrás del edificio vi un templo con la puerta abierta. Subí unas escalinatas. Del bullicio de la calle al silencio, del silencio a la oración colectiva. Pasan las veinticuatro horas rezando, se relevan por grupos unas monjas de dulce voz, ensimismadas en sus oraciones, a veces recitadas parecen cantos. Respiré despacio. Mi tentación fue dormir, quedarme en el banco. Mi tentación. Ausentarme del cuerpo. Huir o encontrar, no sé. Siervas del Cordero.

 

 

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Nuria y Parrado legan en su relato a dos la esencia de la palabra, de manera escueta. El lenguaje crea mundos, también interiores. Leer este libro es viajar a la palabra, casi sin ella, porque es trasparente, por eso se descubren sin querer, creo, y desvelan al lector una casi quimera que termina con las sirenas. No llaman a la puerta, entran sin llamar. Debería dar las gracias, pero yo quisiera al estar ante ellos, después de leída su obra, hacer el pino y dialogar de esta manera, pero no tengo fuerzas para ello, tampoco equilibrio: “cebo y placebo de sirenas”.

 

Se van al otro lado, cuando es todo un calidoscopio que no hace falta entender. Allá quedan los autores, ambos, a la espera de un bumerán cuya vuelta es esquiva. ¡Ah, no sé!, jiji, jaja, dirán. Pero lo escrito escrito está.

 

Polvo somos, el polvo del camino. Cuidado y quede advertido al futuro lector: entran sin llamar a la puerta.

 

Dentro de unos días lo volveré a leer y entonces no diré nada. También lo escrito, escrito está.

 

 

 

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