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Esteban Carro Celada
28/01/2018

Los Amat, dos obispos ilustrados (I)

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En febrero de 1973, publicaba Esteban Carro Celada en 'Historia y Vida' el artículo que rescatamos sobre los Amat, de los cuales Felix Torres Amat fue obispo de Astorga entre los años 1833 y 1847.

Dos figuras de la Iglesia española del siglo XIX que, al paso del  tiempo, la historia está valorizando: los Amat. Uno, arzobispo titular de Palmira, capellán palatino y confesor del rey; el otro, obispo de Astorga, amigo de sabios y consejero de poderosos. Pasan ambos, como figuras grandes y solitarias, en el sombrío mundo eclesiástico de su tiempo. Abiertos a las novedades científicas, europeizantes, “ilustrados”, son acusados de liberales y regalistas; así quedan disecados en las disertaciones de historia de los seminarios españoles. Pero la historiografía no puede tardar en colocarlos a la altura de sus méritos innegables, como deberá hacerlo con otros eminentes eclesiásticos solitarios que antes o después que los Amat pensaron y vivieron por delante de su tiempo: Sarmiento, Feijóo, Balmes.

Félix Amat nació en Sabadell, al igual que más tarde otro eclesiástico de renombre, Félix Sardá y Salvany,  el autor famoso de ‘El liberalismo es pecado’. Félix Torres Amat  nació en Sallent, villa más chica, pero no menos industriosa y modernizante que la capital vallesana. Entre los telares de Sallent nacería y oiría la llamada de Dios un insigne arzobispo también palaciego y luego santo canonizado, Antonio María Claret.

Un estudio de estos hombres, paisanos fieles a la tierra, parangonando su arranque mutuo y su destino divergente, podría ser tarea brillante y útil que nos introduciría cuando menos en puntos clave de la historia alucinante de la Iglesia española del XIX y en la raíz de muchos y variados problemas que han estallado en nuestro tiempo.

 

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A las 2,30 de la madrugada de aquel 17 de marzo de 1808, llegó el arzobispo Félix Amat de Paláu y Pons a palacio. Todo estaba desencajado. Tartamudeaban los ministros. Aranjuez se conmovía como centro de un motín que reventaba contra el Príncipe de la Paz, el hasta entonces omnipotente Godoy, a quién Carlos IV había pensado incluso hasta concederle el gobierno virreinal de una nación suramericana.

 

La entrada del arzobispo de Palmira, confesor del rey, altísimo, dio cierta tensión a los ánimos distendidos. María Luisa sentía las bolsas de los ojos cargadas de sueño. El joven príncipe Fernando se mostraba impetuoso: -¿Por qué no he de contener yo a la multitud?

 

Le disuadieron. Es de noche y nadie sabe quién daría una puñalada...

 

¡Que acuda el arzobispo! 

 

Félix Amat había bajado la cabeza resonante. Casi un ovillo de humildad. Le acompañaba Félix, su sobrino, el que habría de ser obispo de Astorga.

 

En uno y otro podemos adelantar que hubo la línea de convivencia de una posible Iglesia española diferente, mucho más abierta, menos decrepita, más pensadora, con tolerancia suficiente, especialmente en las opiniones libres.

 

La multitud continuaba haciendo de las suyas, destruyendo, descerrajando habitaciones en el Palacio de Godoy.

 

-Hay qué actuar de prisa. Si el patriarca no quiere ir, como opinan Carlos y su ministro Caballero, si el que acuda Fernandito parece una temeridad y exposición como aventura Castel-Franca, a una con los capitanes de guardia y los generales, solo nos queda el recurso del abad. - Repitió la reina María Luisa.

 

 

El arzobispo de Palmira calma las multitudes enfurecidas en el Palacio de Godoy en Aranjuez


Carlos IV, con su nariz de curvo alfanje borbónico, afirmó: “Pues  que vaya el arzobispo de Palmira, que no cuenta con enemigos”.

 

Félix Amat, a las 3 de la madrugada, un poco corridas por el reloj del Sitio y otros 100 cronómetros de palacio salió entre hachones. Era un cuadro casi de Goya, entre la floresta primaveral de Aranjuez, nocturnamente presentida, en la tierra húmeda. La multitud, al reconocerlo, elevaba su griterío: ¡Viva el rey!, ¡Viva su confesor! Se abrió trabajosamente, entró en el palacio Godoy. Se talaba un piano como un pino, restallaban cristales por el suelo, se desvalijaban muebles, se hundían sobre el parqué los miles de cristalillos prismales de las arañas derribadas. Se le ve la voz bondadosa del arzobispo, un poco trabajosamente al principio. En silencio profundo más tarde: 

 

-Todo esto pertenece al rey, no a Godoy. Sabed que Carlos ya ha destituido al Príncipe de la Paz. No está aquí, en la casa.

 

Un arriero manchego comento: “Lo he visto muerto de miedo en un desván”. El arriero se esquivaba en la huida con unos cortinones de palacio. “No es tuyo esto - dijo el arzobispo”. “Es  verdad don Félix, de este miserable Manuel Godoy ni el polvo siquiera.”  Se descalzó, zurró sus sandalias y salió de seguido por la puerta.

 

A las 4 de la madrugada, Amat volvió al palacio. Le felicitaron nerviosos y contentos, el rey, la reina, el príncipe ‘deseado’ y la corona de ministros. Todos sabían que algo gordo parecía haber sido conjurado aquella madrugada.

 

 

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 Matemático del sistema newtoniano

 

El arzobispo que acababa de apaciguar aquella algarada, en la alta madrugada primaveral de Aranjuez, era un cura catalán, nacido en Sabadell, el 10 de agosto de 1750. Tenía las dotes de la gente de su tierra. Había crecido en el favor de obispos como Clemente y Armañá. Se había constituido en bibliotecario de la pública episcopal de Barcelona. Tenía sus ideas filosóficas que no pasaban por la banalidad bizantina de los Molinistas. Se había adherido más fuertemente  a la ‘Suma’ de Santo Tomás, cosa mal vista en aquella época. Se preocupa cuando ya es cura, de escribir una filosofía para uso de los seminarios.

 

Ahora comienza su bullir por el mundo de las imprentas, de las galeradas y últimas pruebas. Así, hasta el sepulcro. Y está picazón, este tabardillo de la imprenta lo proseguirá hasta el final su sobrino Félix Amat. Pero no adelantemos. Félix Amat no solo es buen teólogo y filósofo. Incorpora a su saber los adelantos de las matemáticas. Posee agudeza especial para esta clase de estudios. En una época insólita como la que le tocó vivir, se preocupaba por las ciencias físicas y naturales. Escribe un tratado de física experimental en que entran como ingredientes la botánica, la geología, la economía política. En pleno siglo XVIII, este eclesiástico escribe: “A mí me costará igual trabajo cualquiera de los rumbos que tome, aunque confieso que me será más placentero el seguir en la física el sistema newtoniano que el que aprendí en las aulas del seminario.”  Mientras adopta un nuevo método de hallar logaritmos, toma café con José Garriga, profesor de astronomía con el que repasa su ‘Uranografia’. Nada de magia lo de Félix Amat. Más bien lógica, modernidad, espíritu científico.

 

 

 Hojea La Gaceta a la hora del chocolate


Por el año 1784 el presbítero Amat renueva el seminario de Barcelona, redactando nuevas constituciones; extrañamente el autor de esta revolución atrajo hacia aquel seminario jóvenes de Cataluña entera; se queda ciego hasta dos horas seguidas una vez que obtiene un cálculo matemático con don Pedro Lucuce, Coronel de Ingenieros.

 

Huye  por entonces cómo del demonio de una capellanía en palacio que intentaba proporcionarle un familiar suyo, Contralor General del Real Palacio. De esta forma ha de trasladarse a Madrid y establece amistad con ingenieros, escritores y políticos de la época, cuya correspondencia posterior se conserva: Bayer, Cerdá, Muñoz, Capmany, Balls, Sánchez, los hermanos Iriarte, Campomanes. Hasta  pasa largos ratos en el claustro de los Reales Estudios de San Isidoro. Discute con José Falomir sobre el sistema ptolemaico; pertenece ya a alguna academia como la de Bellas Artes. Se regla asimismo su vida. Cuando come, lee uno de sus sobrinos, después del capítulo de la biblia, el ‘Espectáculo de la naturaleza’ de Pluche. Cuándo toma chocolate, ojea las gacetas y periódicos. Se empapa en la ‘Historia’ del padre Mariana. Le ronda escribir un diccionario catalán-castellano-latino que publicara en el año 1800.


 Antes, en 1784, cuando el conde Floridablanca es ministro de Estado, gusta de acompañar por Barcelona a los daneses, profesores de Gotinga, Daniel Maldenhawer y Thomás Cristian Tychsen. Son protestantes, ¿y eso que importa?  Les conduce por bibliotecas, les introduce en museos y conocen hasta los de casas particulares, como el de Salvador, donde los daneses quedan boquitontos ante sus colecciones “del reino animal, vegetal y mineral”.  Hablan de temas religiosos, de educación de la juventud y del gobierno de España. Los lleva a un lugar alegre;  les presenta a un hombre espléndido y acogedor, a Don Simón Rodríguez Lasso. Abunda en la jovialidad y en dominio de Ciencias Naturales. Con la ventana abierta a una Barcelona incipientemente fabril, Félix Amat comenta como quien no da importancia al suceso: “Estamos en el Tribunal de la Inquisición y este amigo es el inquisidor fiscal". Los  daneses se miraron a los ojos, sosteniendo en las ojeras dos preguntas como llamas.

 

 

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Promotor de la industria de tejidos y loza tarraconense

 

Félix Amat pasa de Barcelona a Tarragona, porque allí obtiene una canonjía, a los 35 años. Está a punto de dar principio a una extensa obra que le ocupará 20 años:  la “Historia de la Iglesia”. Trabajará avezadamente; a eso de las 9,30, todos los días, se dará una vuelta por un salón de tertulia, vivaqueando cuatro palabras aquí y otras tantas allá, para estar a punto de cenar a las 10 de la noche. Se sentía feliz de verse ocupado. Parece que era de buen tono visitar a los principales tarraconenses. Amat no rompió con el rito, limitándolo a una tarde cada 15 días.

 

Lo ficharon para la Sociedad Económica del País. Hay  qué ver cómo se maneja en este terreno aparentemente distante de su ‘Historia  de la Iglesia”. Confecciona sus estatutos. Desde tal institución demostrará su preocupación por la física experimental y económica, siguiendo a su mentor Antonio Falomir. Reacciona con informes sobre el sexo de las plantas, en menciones que se repiten en Londres y París.

 

Es admirable que el magistral de Tarragona se suba al estrado y confeccione un largo estudio, técnicamente perfecto, y queden sus oyentes admirados sobre las perspectivas en orden a la perfección y defensa de los hilados y tejidos de algodón  y de lino, sobre la creación de una industria de loza tarraconense, sobre la mejora de los olivos en el campo, sobre las fábricas de aguardiente y la introducción del método pedagógico de Pestalozzi o de Lancaster en la escuela primaria. El análisis que hace Amat de las muselinas y cotones, de las indianas y  panas, fabricadas por el racionero Severo Vila, le dan armas para escribir unas “Observaciones sobre el Real Decreto de 7 de febrero”. Mientras tanto en Francia estallaba el gran volcán de la Revolución Francesa. Los coletazos de ese acontecimiento alterarían el ritmo de la vida catalana. 

 

 

El clero catalán no defrauda al erario

 

Edmund Burke escribe unas 'Reflexiones sobre la Revolución Francesa'. El  magistral de Tarragona, atento a los acontecimientos de la época, traga materialmente el libro y lo traduce para los amigos. Corre como la pólvora su traducción por España. Nunca podremos negar el compromiso de este eclesiástico con los problemas sociales, políticos, más arduos de su época.

 

En 1792 consigue declarar, como delegado de todo el clero catalán, que este no ha “defraudado cuantiosas sumas al erario, dejando de pagar varias cantidades de subsidio”. Su estancia en Madrid le introduce en un torbellino de publicaciones, a más de los cuatro primeros volúmenes de su 'Historia eclesiástica’, se convierte en editor de sus amigos, cómo de los obispos Climent y Armañá. El Catecismo en catalán de Armañá, no se publicará  hasta 1817 y será Félix Torres quien lo lleve a las prensas y escaparates. No hemos de olvidar que Félix Amat tenía un agudísimo sentido de la justicia y del cumplimiento del deber, ya eclesiástico, ya patriótico.

 

Lo vamos a ver en 1794 afaenado en la guerra casi catalana con Francia. La culpa la tienen los tarraconenses, que no encuentran persona más adecuada para organizar que Félix. Actúa como censor de las proclamas del teniente coronel marqués de Robén, y del mariscal de campo Juan Cambiaso. Serán dos años duros hasta la paz con Francia, en septiembre de 1795.

 

 

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Un despacho en el que alternan las pilas de libros y los sables de los migueletes 

 

El despacho y biblioteca del magistral están llenos de sillas con libros de consulta de su ‘Historia  de la  Iglesia’, alternando con morriones, armas, fusiles, vestuarios de color para soldado y oficial. Su casa era trasiego de entradas y salidas de gentes metidos hasta el corvejón en la guerra. Se encargó de reclutar, en la zona de Tarragona, 3525 hombres para la frontera. Criticó los somatenes por ineficacia y por la cuantía exasperante de los impuestos.

 

Las navidades del 1894 las pasará en Barcelona, lejos de sus familiares. ¡Cómo recordaba lo baños en el Llobregat, en su casa familiar de Sallent! Puso manos a la obra en la organización de los migueletes, en número no inferior a 40000. Para atender a los tercios hubo de recabar subsidios de la clerecía incluso. Frecuentaba la magistralía el francés, refugiado político, don Antonio Sartine, ministro de Marina de Luis XVI y fundador de la política francesa. Al despacho engualdrapado de mamotretos  y de fusiles, acuden personas de pro. Una mañana la posta distribuye por el correo una carta de Tersac, sacerdote de San Sulpicio de París. Los curas franceses no se prestaban a colaborar con la revolución: se negaban a volver a sus parroquias. Félix Amat, ante esta consulta, responde que sí, que deben volver. Por las rectorales francesas se pasa de mano en mano la contestación: “En tiempos de revolución todo buen sacerdote, sin meterse a examinar el derecho, se somete a todo gobierno que existe de hecho y mira como abuso sacrílego de la región el valerse de ella para destruir algún gobierno existente. Tal es nuestra opinión.”

 

(....continuará)

 

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