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Lorenzo López Trigal
2/02/2018

El estudio del latín

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En días pasados he leído un extraordinario libro de un latinista italiano (Nicola Gardini, ¡Viva el latín! Historias y belleza de una lengua inútil, Barcelona, Ares y Mares, 2017). Toda una joya editorial por su contenido y por la traducción de múltiples textos, que encierra una aproximación a la tradición literaria de esta lengua madre, con una visión crítica novedosa y de grata lectura, revisando autores de todos los estilos literarios, desde Catulo a San Agustín. Y claro, su lectura me ha transportado a los años 1950 y 1960, cuando era estudiante en Astorga.

 

En mi época de los 10 a los 17 años, pasé los dos primeros de este periodo esencial de aprendizaje en el Seminario, donde conviví con compañeros de curso de vocación temprana latinista como el filósofo Tomás Pollán o el arzobispo Julián Barrio. El estudio de Latín era entonces intensivo, con unas ocho o diez horas lectivas semanales de Morfología en primer curso y de Sintaxis en segundo, a cargo de canónigos. En mi recuerdo como un profesor especial, don Lorenzo del Moral, ‘el último palaciego’, denominación debida a la pluma de Esteban Carro Celada: “caracterizado por su humor, su cortesía, su porte nunca descompuesto… pero también un símbolo”, de una época que terminaba en los años 1970, y con quien tuvo mi familia una gran relación. Con todo, puedo presumir de que los dos cursos iniciales de seminarista me sirvieron para mantener el listón medio-alto en la asignatura de Latín en los cursos posteriores del Instituto y de la Facultad de Filosofía. La traducción del Florilegio latino parece que fuera más que suficiente como fuente de aprendizaje.

 

En este contexto, en los años de Bachiller y Preu en el Instituto (1960-1964), recuerdo la labor docente de profesores excelentes en Literatura (el académico Gregorio Salvador Caja), en Griego (el cura periodista Ernesto Fidalgo) y en Historia de España (José Gregorio Martín Moreno). No tanto así la de los profesores de Latín, donde nos pasamos la mayor parte del tiempo traduciendo párrafos seleccionados de César y Cicerón o el texto abreviado de la Eneida en Preu en el curso de Letras, donde pasé  con notable la asignatura de Latín. Sin embargo después de la lectura del libro de Gardini entiendo ahora que perdimos los estudiantes de entonces muchas posibilidades de aprendizaje derivadas de la cultura y literatura latina.

 

En la actualidad, del Latín impartido de modo casi generalizado por curas o excuras de años atrás, hemos pasado a un aprendizaje opcional cada vez más minoritario en el sistema educativo. Por lo cual no es de extrañar que se desconozca en el uso vulgar las posibilidades conceptuales y literarias de esta lengua, y como descubre Gardini: “ni los argumentos de los ‘utilistas’ ni de los ‘inutilistas’ sirven para generar y nutrir el amor al latín. Solamente (podría ser por) la belleza de esta lengua como se descubre en la escritura literaria legada hasta nosotros… (pues) viva está la lengua que perdura y que produce otra lengua, que es precisamente el caso del latín…en cuanto literatura que ha estimulado la creación de otra literatura…Dante nunca hubiera compuesto la Commedia sin el precedente de la Eneida…”. Valoremos el latín por lo que ha representado en el origen de nuestras lenguas latinas, por los conceptos precisos que aporta a la terminología y habla cotidiana como también por su tradición literaria.

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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