Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 21/05/2018
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Aidan Mcnamara
2/02/2018

Los tratos de Jesús

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Me gusta caminar por la noche. En mi barrio se camina sin miedo. Claro, soy hombre. Pero también veo a mujeres caminar por la noche. Gente como yo. Gente que les gusta dar una vuelta por la noche. Un poco de tiempo de tranquilidad sin cocerse delante de SALVAMEDELUXOPERACIONTRIUMFODONDEESTAMIBIKINIEN-ESTAISLADESIERTA. 


Normalmente, al volver de mi vuelta/cita, paro en Casa J para tomar algo y leer la prensa, sobre todo, las cosas que no me han dejado leer en internuez por no ser subscriptor. Soy búho y me encanta la colección de ositos que tengo alrededor de mi cama… (Perdón. Esa frase es de otra columna.) Y si veo un artículo que vale la pena, me lo llevo. Es un trato que tengo con Jesús.


Hoy he parado en Casa J a las 23.40. Somos pocos. Hay un par de tíos acabando su cena con sus cafés cortados, móviles en mano. Caras metidas en ellos, pero no pasa nada. Supongo que hay muchos tipos de amor. También se nota que están cansados, pero no el uno del otro. Parece gente normal, ni ricos ni pobres, ni genios ni plumeros faltos de atención…porque tú no sabes cómo era la vida en mi pueblo en los años ochenta, por dios bendito y la madre que me parió.


Hay otro señor (mayor de 60) que está apurando una cerveza con su hija. Sé que es su hija porque ella le llama papá. Es una estampa bonita. Sin ni una gota de cinismo posmoderno de valores tan ambiguos que están perdidos en el cochazo de mi alma súper-competitiva, o sea, César de Davos.


Al entrar, el dueño de Casa J, un buen chaval (menos de 60), Jesús, me sonríe y hace ademán de preparar un café, que, para un turista, parecería un tipo de Tourette que padece la muñeca. Yo asiento con la cabeza  y me dirijo al rincón de la barra donde la prensa. Cojo el árbol cojo y me pongo donde la querencia- y de repente me doy cuenta de que a mi lado (medio metro) hay una niña medio dormida sobre una bufanda atada a la barra de la barra. (Me fascina cuando la lengua me falla por fallarse ella misma: muestra restos de una inocencia inocua (o sea, no ñoña) sobre la consciencia humana).


La niña tiene siete años, calculo. De pronto, más allá de la niña (es que yo no había reparado en ese bulto porque soy daltónico a la hora de ver polares) oigo un grito. 


-Jesús, otra caña, si puede ser.


Con ese enunciado/exigencia estridente, la niña levanta la cabeza y me mira y en seguida se pone a llorar. Sin hacer ruido. Llora como un grifo mal cerrado pero sin llegar a gotear. Silencio.


El polar echa aire frío tipo tópico sin empatía.


-Pero es que ¿crees que este señor tiene la culpa?


Yo empiezo a sopesar que si soy ese señor cuando oigo:


-Oiga, ¿a que usted no es de aquí?


Y, como a mí me parece un tema muy complicado, le contesto que no lo sé y también:


-Esta chica está llorando.


-Jesús, ¿esa caña?


El dueño de Casa J llega con la caña y justo en ese momento el polar se levanta y camina como un caracol con epilepsia pero con mucho empeño y hasta tesón hacia la puerta de los servicios.


-Jesús, esta caña, ¡tírala! Al no ser que yo sea tonto y me equivoque al pensar que esa mujer está severamente perjudicada. Por otra parte, esta chica no me quiere decir por qué llora. Es que piensa que soy marciano.


Esto recibe una leve sonrisa. Menos silencio.


Jesús le pregunta por qué llora y la chica dice: 


-Me da vergüenza mi mami. Me pega cuando está borracha. Quiero irme a mi casa.


Jesús me mira. La señora (o m.p. o sea, madre putativa) vuelve con cara bastante ida, vacía.


-Yo creo que ya es hora de iros a casa - dice Jesús.


-Te pago la caña, Jesús y marchamos, verdad, cariño - dice el polar.


-Su hija ha estado llorando. Parece cansada - digo yo.


-Tú ¿qué?, ¿eres inglés?


-Ante todo, y cuando no estoy en Bruselas, soy padre y me parece obvio que tu hija no está a gusto. Es muy tarde.


-No te metas. Yo tengo un trato con Jesús. ¡Jesús…!


En este momento se le cae el móvil al suelo.


-Ahora, mira lo que me has hecho, le dice a la chica, que yo estimo que no ha visto a su padre en veinte siglos.


Me agacho y le devuelvo la máquina.

 
-¿Ha cenado la niña?


-No he cenado ni yo. 


Etc.


Podría seguir reproduciendo la conversación pero me aburro. Finalmente la mujer coge su bolso y luego la mano de su hija y se van. Y yo he pensado: hace falta un carnet para conducir. 


Y yo he sentido vergüenza por pensar así, y he sentido esa pérdida de inocencia y la factura que ella te pasa, cuando te das cuenta de que formas parte del documental y no puedes coger el mando y cambiar de canal. 

 

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