Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 21/05/2018
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Esteban Carro Celada
4/02/2018

Los Amat, dos obispos ilustrados (II)

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(...)

 

Se le cae el anillo de los dedos

 

Ya está de vuelta en Tarragona, procedente de Barcelona, saluda a los reyes, que han acudido a esperar a la Infanta María Antonia de Borbón, napolitana con la que se estableció concierto matrimonial para Fernandito. Amat los conduce por los lugares más caracterizadamente arqueológicos. El rey le ha echado el ojo. Un año más tarde, Carlos IV comunica al ministro Caballero que Félix Amat ha sido nombrado como abad de la Colegiata en el Real Sitio de la Granja de San Ildefonso. En cierto sentido lo había intuido el obispo Armañá: “Ahora que ha terminado usted la ‘Historia de la Iglesia’ le harán obispo”.

 

Aún no lo era. Simplemente abad. Ser arzobispo de Palmira, in partibus infidelium, lo conseguirá pocos meses después, el 26 de septiembre de 1803. Se ha hospedado en su casa el cardenal Borbón. Han charlado largamente en la sobremesa, Y Amat no lo ha visto tan indocumentado como murmuran cuantos creen que ostenta el capello por su simple apellido. Amat es enrolado en una Comisión para la Reforma de las órdenes religiosas; su consagración episcopal se celebra a la par con la de Soto Valcarce, obispo de Valladolid.

 

Por cierto, al final de la misa, daba la bendición a los fieles y Amat se le escabulló el anillo de sus dedos. Se armó un revuelo hasta encontrarlo. Un obispo asistente, a dos milímetros de él, aventuró un dístico latino de buen augurio por tal pérdida. Amat no era palaciego. Habla de la paz cuando toma posesión de la Granja. Aunque tiene cercana la arqueología y la maravilla jardinera y acuática del palacio, Amat no se retuerce por la calle. Estudia doce horas diarias. Como arzobispo de Palmira, aunque vista colorines, no los aparenta. Acaba de enviar al Papa, obsequiosamente, los doce volúmenes de su ”Historia  de la Iglesia”. Habrá una malapurga que intentó, aún con su golpe de arzobispo, llevarlo al tribunal de la Inquisición, pretextando una errata, corregida por otra parte en la última página. Habrá de repartir sus no muy abundantes rentas con pobres y viudas de las escasas parroquias y aldehuelas de San Ildefonso. La reina solicita planes para educación de señoritas de la nobleza distinguida. El arzobispo hizo que se impusieran criterios de morigeración económica, frente a las demás tías e intentos de la construcción magnalista de María Luisa.

 

Reordenó la disciplina del Monasterio de El Escorial, suscitando vocaciones intelectuales entre frailes que así trabajarían sobre los manuscritos arábigos, griegos y hebreos. Sentía la urgencia y preocupación por los idiomas más humanistas; los promocionó en sus sobrinos Félix e Ignacio. Su vida retirada en San Ildefonso, mundanalmente turbada en los meses de presencia de la corte entre las delicias de aquel Versalles segoviano, se animaba de comentarios sobre su posible nombramiento como cardenal y arzobispo de Toledo. Quedará en agua de borrajas. Sin embargo, ocupará puesto importante en el dictamen de numerosas obras de diferente ideología que verían la luz pública. De tanto en tanto charlaba con el obispo de Segovia y hasta era disipador de los problemas internos del convento de monjas de Santa Isabel.

 

 

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 Confesor del rey Carlos IV, sigue a la Corte

 

Un nuevo cargo palaciego se le iba a acumular. Al morir el escriturista padre Felipe Scío, el rey Carlos IV nombra como confesor privado, a Félix Amat. Los habitantes de La Granja lo celebran con iluminaciones extraordinarias, repiques y tedeum. Esta situación le obligará a ser un poco más servil a la Corte ya que ha de seguir donde quiera que vaya al rey Carlos. Le agracia con el arcedianato de Nendos, en Galicia.  Félix Amat, aunque tiene derecho a muchas cosas, se queda con un cocinero y sobrino que le sirve de paje secretario. Utiliza el coche de caballos y el mismo lacayo que tuvo en su día el contralor. No era un carruaje palaciego. María Luisa sugirió que comprara otro, pero el rey no quiso privar a su confesor de la libertad y pobreza que desdijese con el resto del esplendor caduco de la corte borbónica. Del abad-arzobispo-confesor real se cuentan diez mil cosas. Las coplillas malignas de la época, escritas desde Bayona, ronroneaban:

 

“Acopia beneficios y en sus manos

dos báculos empuña pastorales.

Es poco: el alto ser de treinta hermanos,

cuatrocientos sobrinos le dio pío,

que reclama los dones soberanos.”

 

Este plieguecillo afirmaba que la 'Gaceta' se llenaba, cada salida matinal, de destinos para sus sobrinos o familiares. Es cierto que María Luisa le sonsacó ante el rey: -¿Es cierto que tiene usted ochenta sobrinos?

 

 

El juego de uno de sus 80 sobrinos que mejorará la Biblia de Petisco.

 

Uno de sus sobrinos comenzaría a dar juego por estos mismos días. Pretendía publicarse una traducción de la Biblia, atribuida al jesuita Petisco. Se le entregó al rey. Este formó una comisión de especialistas, presidida por el Arzobispo de Palmira. Como consecuencia de ella, surgió un dictamen: la Biblia en romance, presentada a examen, estaba plagada de imperfecciones.

 

Félix Torres Amat, un maduro sacerdote, sobrino del arzobispo, que ha estudiado lenguas orientales en Alcalá, se hace cargo de la traducción original y cotejada de la Biblia. Por decreto de Carlos IV comienza la intensa y arriesgada tarea investigadora que no va a terminar sino en 1822. Invierte la friolera de dieciocho años. Félix Torres no solo es buen hebraísta y filólogo helénico, también escriturista. Torres Amat hará paráfrasis y la sembrará de notas aclaratorias. Realmente el decreto de Carlos IV y el de Fernando VII pedirán y reconocerán en esta versión de la Biblia, claridad, limpidez idiomática, notas precisas, menos farragosas que la de Scío y una posible baratura para que de veras la haga asequible al clero y al pueblo españoles. La Biblia al alcance de su bolsillo, en una España devastada.

 

 

 La carta pastoral que Murat mandó publicar en la ‘Gaceta’ de Madrid

 

España brujuleaba, hormigueada de franceses. El cuñado de Napoleón, Murat, tenía su sede en Madrid. Al fin los reyes cesantes acudieron a la cita de Bayona, y a Fernando, un poco cándidamente, le busco el Gavilán  que por supuesto no pateó el medio camino pactado. Ni en Burgos ni en Vitoria. En Bayona, en su imperial circunstancia, haciendo la política en su terreno, los atrapo Napoleón en la astuta pajarera. Pero esto no estaba tan claro en aquel momento.

 

Por mediación del abad, salvó la vida un vecino del Real Sitio que elogiaba a Napoleón. Era uno de junio, los jardineros y obreros de la fábrica de cristal armaron su tremolina. Amat consiguió que no se quedase ninguno de los 4000 franceses que ascendían desde El Escorial.

 

Este mismo día se filtraban noticias como oficiales, desde Bayona, con el sentido de que Carlos y Fernando habían renunciado al trono. Este se casaría con una princesa Bonaparte. El ánimo liberal, tolerante, realista del abad redactó una carta pastoral distribuida en copias a mano entre sus dos parroquias y otros lugarejos de la jurisdicción. Se tocaba el tema del poder constituido. Calmó el abad la rebelión e insubordinación, suplicó a sus súbditos que este cambio de dinastía “no provoque las mortandades que padeció España en la introducción de la dinastía borbónica o de Austria.” Se suscribía una nueva Constitución.

 

Pocas fechas más tarde se clarificó la verdad. Los reyes, prisioneros; y la declaración, una gran jugarreta. La pastoral de Amat, manejada por los franceses en la ‘Gaceta’ de Madrid y en otros periódicos. Desde aquel día hasta el final de su vida, difícilmente se librará su birreta de la sospecha de afrancesado, de galicano y jansenista. Amat explicó su pastoral del 3 de junio en otra del 14 de agosto. Envió a Napoleón una carta fuerte y audaz comenzaron a germinar anónimos y folletos contra el arzobispo, desde Tarragona y desde Sevilla, por dar “como legítimo al usurpador Napoleón y a su hermano”.

 

 

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”No soy afrancesado. Creí mi deber quedarme en el Madrid de José Bonaparte”

 

Un fiel borbónico había caído de repente en la interpretación fácil, maligna y partidista como afrancesado, oportunista colaborador del nuevo régimen y por tanto antipatriota.

 

Difíciles años estos de Amat entre los franceses amadrileñados. Logra que no se desvalije la abadía, aunque sí será suprimida. Vive Madrid. Se excusa de prestar vasallaje a José, pretextando su mala salud. Ahora es cuando comienza a madurar en el arzobispo un libro comprometedor: ‘Reflexiones político-cristianas’. Pretende plantear el problema de la colaboración o posición de los cristianos, en medio de las revoluciones. Concretamente la francesa o napoleónica. Se completará con la del trienio liberal. Amat tiene garra ecuánime, dones para no desbaratar, también para dar en el clavo de los temas candentes, cuyo planteamiento y resolución no esperan el pasado mañana.

 

A Amat  se le recordará malignamente su propuesta de nombramiento para obispo de Osma por José Bonaparte y ciertas distinciones oficiales. Nada aceptó. Consiguió con la ayuda del conde de Montarco, que las monjas de clausura no fueran expulsadas de sus conventos, a punto de convertirse en magníficos palacios para los generales franceses en Madrid.

 

El arzobispo Amat pasó momentos difíciles de hambre: un triste puchero y almortas. Pan de tanto en tanto. Esta situación cesó cuando la primera retirada de los franceses en el año 12. Amat no se movía por fanatismo; sus “Deberes del cristiano hacia la potestad pública o principios propios para dirigir a los hombres de bien, en medio de las revoluciones que agitan los imperios”, no contentó ni a los ultrapatriotas ni a los afrancesados.

 

Cuando Wellington reconquistó Madrid, Amat se retira al pueblo de Hortaleza con el cura párroco. Lo pasan mal. Trata de aclarar su situación política de cuatro años, en que ha envejecido como en veinte. Sus expedientes se pierden, se extravían o se silencian. Nadie le dará respuesta ni acuse de recibo. El odio, la incivilidad, la venganza, el anónimo impune crecían, como mala hierba, en una España en armas ideológicas, intolerante. En medio, Amat, que creía estar en posesión de una vía tan española como la que más.

 

 

Los libros polémicos que afrontan los criterios situacionales del cristiano ante la revolución

 

A la vuelta de Fernando VII, Amat propone su propia dimisión. Se miraba viejo, envejecido. Desea dedicarse a su tarea intelectual en Cataluña. Puede residir en un monasterio o junto al Llobregat, donde el río lame la casa de su hermana Teresa, en Sallent. Una mano oculta se interpone para que no prospere la purificación política de este hombre. El arzobispo ha recogido un extenso alegato. Ya camino de Sallent, Amat se interesa por los problemas políticos cristianos del momento. Los siente urgentemente en su carne. Bajo el seudónimo de Macario Padua Melato publica las ‘Seis cartas a Irénico’. Le obsesiona la paz, no solo la de los cañones, sino la de las conciencias e ideas. Plantea los derechos del hombre y de la sociedad civil. Se publican en Madrid en 1817. Si habló contra el lujo de los gobernantes, desea ahora aclarar la “potestad temporal de la Iglesia”. Era otro hueso duro de roer, y más en una época de curias rotundamente feudales, prácticamente absolutistas. Escribe Amat por aquellos días: “Pero no puedo dejar de añadir que temo que dañan más a nuestra iglesia otros dos males muy nuestros: el uno es ese prurito general de hallar errantes y desacreditar personas, unido a la flojedad y descuido en aclarar verdades”.

 

 

Los guerrilleros del trapense le molestan en Santpedor

 

Todavía más. Se acerca el Trienio Liberal 1820-23. Están en curso nuevas 'Cartas a Irénico': Reflexión sobre los sucesos de aquel momento. La  afirmación de “no trocar en principios de derecho divino las inmunidades que en su persona y bienes goza el clero por mera liberalidad de las potestades civiles”. Las ‘Cartas de Irénico’ enjuician seriamente la libertad de imprenta, las mejoras de la constitución, las reformas, en la responsabilidad del gobierno en las muertes de ciudadanos, “la aplicación de los bienes eclesiásticos a urgencias de nuestra hacienda pública”, la ley de Cortes sobre los ‘regulares’. Muchas de estas ideas resultan molestas a eclesiásticos no acostumbrados. Se ve combatido por todas partes. Hasta desde posiciones invisibles. Ha de luchar con sombras.

 

Por su retiro, en el llano de Bagues, pasan guerrilleros como el ‘Trapense’, defendiendo la religión con las armas, y el absolutismo con un Cristo en la mano: “Terrible es el medio que se emplea para defender el trono y el altar. Toda exaltación de ánimo produce una enajenación mental, un vértigo que no deja obrar a la razón”.

 

Los facciosos, en Santpedor invaden el convento franciscano y piden al obispo escritor e iluminador de una tercera vía o ‘fuerza’ de la iglesia, nada menos que 300 onzas de oro por su rescate.

 

-Si no las da, lo trasladaremos a la regencia de Seo de Urgell.

 

-Soy pobre como un ratón.

 

Los soldados de la fe lo empujaron al Ayuntamiento.

 

Allí se les desmayó. Hubieron retornarlo a la celda en parihuelas. A  los pocos días fue hurtado a Manresa en un carruaje. Tomaba tazas de sopa, un poco de puchero y asado. En Manresa paró poco. Caminaba hacia su destino barcelonés, y en la casa de su sobrino, el traductor de la biblia, el futuro obispo de Astorga, sube la empinada escalera para no volver a bajar más por su propio pie.

 

- Me sacarán en la ‘caja’.

 

Yo ya no padeceré. Pero desde aquí veo los naranjos y limoneros de la campiña hasta Badalona. Y el mar, con los mástiles y gaviotas.

 

Su tertulia se animó de amigos, de generales -Santocildes, entre otros-, de físicos, de marqueses, de abogados. Continuaban proclamando la “tolerancia cristiana en materia de opiniones”.

 

 

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Obras del arzobispo en el “Índice de Libros Prohibidos”

 

Bajo el seudónimo de Macario Padua Melato escribía sobre potestad eclesiástica. Le electrizaba el tema de la emancipación de los cristianos de Irlanda. Se demoraba en el de las sedes episcopales vacantes. Hemos llegado a 1824. Muere Félix Amat. Se le habrá motejado de jansenista, enemigo del Papa, hereje, masón. Un día recibirá unas cartas de la Nunciatura. Y otro día, otras y otras, un toma y daca epistolar. Se le pide la retractación total. Él está dispuesto a todo, y lo proclama por escrito, a humillarse plenamente a condición de que se le apunte al menos un error, la página, la frase o el capítulo. El ‘diálogo’ por carta con el nuncio cuyo dossier extenso se publica en 1843, es un diálogo de sordos. El Santo Oficio prohíbe sus obras, especialmente las últimas, en este camino medio entre el liberalismo descontrolado y el absolutismo radical, Amat confiesa que tanto él como sus herederos publicarán apéndices en que se revoquen todos sus errores denunciados, por parte de quien sea: Roma, la Nunciatura, un simple obispo, un fiel, que sugieran cualquier imprecisión. Ante todo, la ortodoxia. Parece que la Nunciatura no está por la labor. Exige que Amat cante la palinodia sin más. Una administración, aunque sea la vaticana, no se compromete por escrito. Cae dentro de esta prohibición -el non expedit-, la impugnación incompleta del libro de Volney, ‘Las  ruinas de Palmira’.

 

A las 21:15 de la noche de 1824 moría Félix Amat, arzobispo de Palmira, llamado galicano y jansenista. Solo le acompañó un defecto: amar a la Iglesia. Con él se enterró para varios años una línea de realidad, honradamente comprometida en solucionar las erupciones revolucionarias de la Iglesia española en el siglo XIX. No todo terminaba ahí. Había otro Félix. Se apellidaba Torres Amat. Durante casi toda la vida había acompañado como secretario a su tío el arzobispo, o se carteaba con él. Era su amanuense. Traducía la Biblia. Ya en 1822 el Consejo de Estado había votado en su favor un nombramiento para regir las diócesis de Barcelona. Sucede dentro de un gobierno liberal. Pone la dimisión. Sin embargo adelantemos algo más.

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