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Ángel Alonso Carracedo
8/02/2018

Fernando Ónega: uno de los nuestros

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De sobra es conocido el tirón que la profesión periodística tiene en la provincia de León. Cantera fecunda. Aquí, en Madrid, se cuentan por centena larga  los profesionales de la información y de las letras que ejercen el oficio con indudable vocación. Y, como el desempeño nos resulta familiar, no hay inconveniente alguno en hacer nuestras, en sumandos, que no en sustraendos, las excelentes plumas y oratorias de informadores de otras zonas de España.

 

Es lo que ha ocurrido con el periodista y cronista político Fernando Ónega, distinguido hace poco como Hijo Adoptivo de León. Es ya uno de los nuestros, adoptado, pero querido, y, como tal, ejerció de invitado especial en los habituales almuerzos con leoneses ilustres que periódicamente organiza el Círculo de Periodistas Leoneses en Madrid, en la sede de la casa regional.

 

En su oratoria pausada, de bajo registro, tranquila y cadenciosa, ofreció a sus colegas leoneses un magisterio sobre las bambalinas de la Transición, una época de la historia del país que él vivió en la vanguardia de aquellos apasionantes acontecimientos y en muchas introspecciones de sus protagonistas. A sus 70 años de hoy no decae el ánimo y la vena periodística sigue aflorando con vocación juvenil. Oírle opinar sobre el conflicto catalán es descubrir prismas y aristas que solo es dado adivinar en privilegiados de la observación y el análisis al mínimo detalle.

 

Él cree que en ese efecto del reconocimiento de Hijo Adoptivo de León hay mucha causa en las cartas que dedica a León en el programa radiofónico La Brújula,  de Onda Cero. Pero admite, orgulloso, las influencias que la tierra leonesa han ejercido desde su infancia en la localidad natal de Mosteiro (Lugo). Un primer recuerdo se lo impregnó el verbo fácil de un veterinario leonés. Le enganchó aquella dicción que terminaría haciendo escuela en su vocación.

 

Da un salto en el tiempo, y de estudiante, se traslada a Lugo “a residir en casa de la tía Manuela. Su marido era mozo de tren. Hacía el recorrido Madrid-León, y siempre nos traía cosas de esta tierra”.

 

León también figura en el recuerdo de la figura paterna. “Mi padre, un delicioso borrachín, solo bebía vino, y lo compraba en Cacabelos”, confiesa al auditorio.

 

La culminación de recuerdos da un salto en la vida profesional y vincula tierra a nombres propios de la profesión como el de Luis del Olmo.

 

Y de esos encuentros con nuestro paisanaje, el también feliz recuerdo de un primer pregón de Semana Santa, cómo no, en León.  

 

La gastronomía leonesa, tan emparentada con la de su tierra de nacencia, por el influjo de la arriería, es otra de sus complicidades y querencias. Pero si pudiera llevarse algo de León, para su único disfrute, no serían viandas del lugar, sino el Cáliz de Doña Urraca, con su leyenda del Santo Grial, joya de esa otra joya románica que es La Colegiata de San Isidoro.

 

Política y periodismo son los hematíes y leucocitos de su vida. En la primera salta del entusiasmo de los tiempos de la Transición, con dos referencias. Adolfo Suárez y Felipe González, a la cabeza de una clase política brillante y generosa. Del abulense nos dice que “no tenía nada dentro, pero el cargo hizo al hombre. Entendía la política y tenía sentido de Estado”. Ónega fue el autor del discurso del “puedo prometer y prometo”.

 

Del ayer al hoy, o del entusiasmo al escepticismo, al definir la actual coyuntura política como “un mal momento de categoría, preparación y generosidad para hacer un proyecto de país. De todas maneras pongo un paréntesis: algunos de los líderes es todavía pronto para juzgarlos. Tienen que demostrar algo”.

 

La profesión, nos cuenta Ónega, aborda tiempos muy complejos. Recurre a la anécdota de una reunión con alumnos de cuarto curso de Periodismo, a los que pregunta cuándo han leído por última vez un diario en formato papel. Respuestas inquietantes, muchos de ellos llevan sin hacerlo más de un año. “Si los periodistas no leen un periódico, mal futuro nos espera”, es su conclusión.

 

En la proa de sus añoranzas profesionales, un periodista de El Progreso, de Lugo, Juan María Gallego, “que fue el que más me influyó”.

 

 

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