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Ángel Alonso Carracedo
8/02/2018

La frescura de los clásicos

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No es frecuente encontrarse con un libro que levante pasiones internas, que mueva a meditaciones profundas y que el trámite de su lectura provoque continuas sacudidas emocionales. Que su recorrido sea un permanente subrayado, como queriendo apresar a perpetuidad cada una de las revelaciones que deja caer como cargas de profundidad. Dar con ello es una concesión graciosa de la fortuna. Todo esto me acaba de suceder con Clásicos para la Vida, un opúsculo de Nuccio Ordine, un profesor italiano de Literatura, que ejerce su magisterio en la Universidad de Calabria.

 

De Ordine, autor de otra obra breve como La Utilidad de lo Inútil, tan subyugante como la referida en este introducción, baste decir que llena a tope las aulas con el reclamo de la simple lectura de párrafos de obras clásica e invitar al alumnado a parir reflexiones que se desprenden de lo escrito y leído. Con su última obra transmite a todo el público su sistema pedagógico.

 

El núcleo revolucionario de Ordine reside en una llamada a la sociedad para recuperar  los valores permanentes de los clásicos, entre ellos, aunque resulte chocante, el de su inalterable actualidad. Los personajes y sus sentimientos construyen tramas que forman parte de la condición humana, tan inmutable. Ahí radica esa grandeza. Son en sí mismos un solemne aprendizaje. Leemos El Quijote, y en multitud de pasajes, se afronta una crónica de nuestro propio tiempo, pese a los cuatro siglos en la cúspide del parnaso creativo.

 

El profesor alimenta la práctica y uso de estas lecturas en otros campos de batalla contra la corriente de los tiempos, encauzada prioritariamente a las ganancias materiales, al éxito supremacista en los negocios, al tanto tienes, tanto vales. Milita sin ambages en la condición de profesor vocacional formando discípulos en las verdaderas fuentes del conocimiento, y no en los recursos tecnológicos y etéreos de las tabletas y otros artilugios. Resalta sin tapujos el ejercicio del pensamiento a través de esas doradas páginas, para afianzar la condición de individuo ajeno a la manada. Demanda un ser humano que sea capaz de fabricarse la autosatisfacción con las herramientas de la curiosidad, la rebeldía y el ansia de saber. Advierte de los mensajes ficticios y los cantos de sirena mercantilistas que aparcan la inagotable didáctica de las humanidades en aras a fríos pragmatismos  profesionales  y de posición social. Dice en su libro, por si quedan dudas: las grandes obras literarias o filosóficas no deberían leerse para aprobar un examen, sino ante todo por el placer que producen en sí mismas y para tratar de entendernos y entender al mundo que nos rodea (….) La primera tarea de un buen profesor debería ser reconducir la escuela y la universidad a su función esencial: no la de producir hornadas de diplomados y graduados, sino la de formar ciudadanos libres, cultos, capaces de razonar de manera crítica y autónoma. 

             

Mientras tanto, nuestros afanes discurren por rutas totalmente opuestas y desesperanzadoras. Hoy, el valor literario de una novela o una obra teatral, de una pieza musical, de una película, se miden por el único rasero de las recaudaciones. Cualquiera de estas creaciones será fenómeno de masas en función única del dinero que proporcione a escritores, compositores o productores. No hay creatividad alguna. La literatura está sujeta a argumentos preestablecidos, como una fabricación en cadena de montaje, alejada de cualquier inspiración. La música está sometida a ritmos bailables de vigencia estacional. El cine es esclavo de los efectos especiales. Y todo, por supuesto, debidamente acreditado por los dogmas de lo políticamente correcto. Consumo apisonando a formación y pensamiento.

 

El tremendo error es creer que un clásico es algo apolillado. Es antiguo, pero ello nunca ha sido sinónimo de viejo. La experiencia de saborear esas lecturas abre de par en par las ventanas de lo moderno. El gran Indro Montanelli, un clásico contemporáneo, en su Historia de los Griegos, razonaba que el gran esplendor de la civilización helena se alumbró en la explosión del pensamiento y del teatro de los grandes filósofos y dramaturgos de la época, que dejaron una huella de saber válida para casi tres milenios. La decadencia se reflejó en el relevo de una cultura humanista por otra mercantilista. Una civilización que abandona a sus clásicos y las materias que los engrandecen, pierde la brújula, queda desnortada.                                                                                                                                   

   

   

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