Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 18/02/2018
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Sol Gómez Arteaga
8/02/2018

Memoria y memorias

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A finales de diciembre visitaba con mi sobrina la exposición ‘No hace mucho, no muy lejos’, relativa al campo de concentración de Auschwitz. Como señalé en mi muro de Facebook, además de la mucha afluencia de personas, me sorprendió sobremanera ‘el silencio de pecera’ al que aludía Primo Levi, escritor superviviente del holocausto, en una reflexión colgada de la pared, consecuencia seguramente del profundo respeto y conmoción ante los textos, imágenes y objetos que se nos mostraban. Veníamos del frío de la calle, de las prisas, de nuestras vidas más o menos confortables, para toparnos de súbito con un minúsculo reflejo del horror padecido por el pueblo judío hace setenta y siete años. El poso que siempre me dejan estas cosas es una mezcla de amargura, tristeza e impotencia. También de desasosiego, pues  enseguida me surgieron cuestiones de difícil respuesta: ¿Cómo es posible que un Estado haya sido capaz de montar todo un sistema de exterminio en base a la idea de supremacía de unas personas sobre otras? ¿Cómo habríamos actuado cualquiera de nosotros al servicio de un Estado tan errado como peligroso?   


El holocausto judío me lleva irremisiblemente a esa otra exponente del mismo que fue, que es, Ana Frank. No hace mucho leía un precioso texto de Mariangela Paone titulado “Entrar con pudor en la casa de atrás”, -ésa otra pecera-, en el que Paone analiza el “documento humano escrito en tiempos inhumanos” que es el mítico diario de la joven judía, un documento escrito con la clara intención, también con la incertidumbre, de contar lo qué pasó, de trascender, de perpetuarse en el tiempo al objeto de que el sufrimiento que padeció y vio padecer tenga un sentido para la humanidad. Ana Frank escribe en su diario el 11 de mayo de 1944: “Hace mucho que mi mayor deseo es ser periodista y más tarde una escritora famosa. Habrá que ver si algún día podré llevar a cabo este delirio de grandeza…” Delirio que no pudo ver con sus propios ojos pero que por una perversa ironía de la vida se hizo realidad. Desde su casa de atrás, desde esa minúscula esquina en la que solo podemos situarnos para contar lo inmenso, lo terrible, lo incontable, la joven judía se hizo historia, trascendió a la historia y venció al olvido, deseo póstumo de todos los condenados injustamente a la muerte, como expresan sucesivamente en sus cartas de despedida. Es lo que yo llamo memoria con minúscula que por su impacto, trascendencia y el ingente número de personas afectadas, hacen la Memoria grande, la Memoria que se escribe con mayúsculas. 


Al lado de estas historias están otras menos trágicas, anodinas en apariencia, que dan cuenta de una época, de una mentalidad, de una forma de vivir sencilla, también anodina. Leonardo Padura evocaba hace unos días en el artículo titulado ‘la insoportable levedad de la memoria’ a ‘un bobo’ -así lo definía- llamado Enriquito, amigo de su padre, conductor de autobús ya fallecido. Y lo hacía para poner de relieve que cuando su madre, con quien recientemente conversaba sobre Enriquito, muriera y él muriera, con ellos morirían gentes que hoy sobreviven solo y por y gracias a su recuerdo. Y sería como si nunca hubieran existido. Eso mismo nos pasa a cada uno de nosotros con vecinos, paisanos, conocidos, personas afines y otras no tanto que han transitado por nuestra vida y que ya no están. Y a otros les pasará con nosotros. 


Ojalá que narrar fuera vivir para siempre, como dijo el escritor y guionista de Astorga Claro García, en otro estupendo texto titulado ‘El territorio de las historias’ referido a la ciudad que le vio nacer y que también tiene como trasfondo la memoria. Al menos sería un consuelo para los que gustamos de esto de la escritura. Pero yo no soy muy optimista en este sentido, habida cuenta de que vivimos en un mundo en el que lo que hoy es noticia mañana se convierte en papel mojado, en el que a pesar de que se editan miles de libros nuevos al año ya no se encuentran obras clásicas o reconocidas por los académicos, eso sin tener en cuenta el espacio etéreo que supone el mundo virtual, que quizá no por azar recibe el nombre de nube. No, hoy narrar no es ninguna garantía de que lo escrito perdure en el tiempo.  


¿Os habéis preguntado qué pasaría si un día la red en la que colocamos todas nuestras cosas se cae y no se levanta ni anda? 

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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