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José Luis Puerto
8/02/2018

¿Qué queda de Panero?

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Frente a esa actitud –tan característica de nuestro tiempo– de estar de continuo en el plató de la sociedad del espectáculo (recordemos a Guy Debord, con su título homónimo), por la que están marcados todos sus hijos, incluso en no pocas ocasiones de modo patético, la figura de Leopoldo Panero siempre se movió en planos discretos, como de estar en segunda fila.

 

Salvo cuando –imperativos del franquismo mandaban– escribió, al dictado de lo que entonces era políticamente correcto, su Canto personal, como respuesta al gran Canto general de Pablo Neruda. Esta vez sí, el gran resbalón de Leopoldo Panero.

 

¿Queda aún algo que descubrir de Leopoldo Panero? Frente a las monumentales ediciones, creemos que sí. Y que sobra mucha glorificación –que percibimos mucho en determinados ambientes astorganos– y falta también mucho conocimiento.

 

Leopoldo Panero, aparte del autor de un bellísimo libro de poemas, como es Escrito a cada instante, con La casa encendida de Luis Rosales, el gran libro poético de nuestra lírica, de 1949, es también un estupendo traductor (labor suya menos conocida) y también introductor y antólogo.

 

De ahí que, en el fondo, haya que ir dejando esa vía de la estéril glorificación, para adoptar esa otra, más fecunda y eficaz, del conocimiento.

 

Escribimos todo esto a raíz de un pequeño y reciente episodio ocurrido en el rastrillo leonés de la calle Fernández Cadórniga, que frecuentamos en busca de libros. Allí estaba uno ideado por Leopoldo Panero. ¿De encargo, de mero trámite para él, realizado por mera cuestión económica para cobrar unas pesetas y ayudar a mantener la familia?

 

Por dos euros justos, adquiríamos el segundo tomo de la Antología de la poesía hispanoamericana. Desde Rubén Darío hasta nuestros días, editado en Madrid, en 1945, por la Editora Nacional y firmado y con nota preliminar de Leopoldo Panero.

 

Se trata de una amplia, al tiempo que fundamentada y bien seleccionada antología de la poesía hispanoamericana contemporánea, hasta 1945. Faltan, por tanto, extraordinarios poetas posteriores.

 

La nota preliminar es breve y sobria. ¿No hubiera podido haber dicho más Leopoldo Panero sobre esta poesía? Tras Rubén Darío y ya en ese período, la poesía hispanoamericana gravita en torno a Pablo Neruda y/o César Vallejo, algo que no se percibe en la antología. Y falta Octavio Paz. Imperdonable.

 

Pero habremos de disculpárselo todo a Leopoldo Panero, por ser ese poeta extraordinario que es.

 

Su nota preliminar (¿de circunstancias?) se centra, sobre todo, en Rubén Darío. Hagamos vibrar, como cierre, estas palabras panerianas:

 

“Y es que la verdadera poesía lírica es, antes que nada, el hada eternizadora, el genio benévolo del corazón humano en el fluir temporal de nuestra vida; su dramatismo brota de ahí; su más honda virtud ésa es.”

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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