Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 18/02/2018
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Lourdes Zapico
11/02/2018

Mesa y sobremesa con Alberto R. Torices, el autor de 'Trata de olvidarlas'

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Días después de la presentación del libro de Alberto R. Torices ‘Trata de olvidarlas’,  el autor y su mujer, Aurora, invitan al ilustrador de la cubierta, Joaquín Olmo, y a la profesora Lourdes Zapico Alonso a una comida en su casa. Allí vuelven a hablar del libro, de los comentarios que ha suscitado, de literatura, de lo divino y lo humano (más de lo humano porque el amor –o el desamor– o cómo nos enfrentamos a uno y otro sentimiento los humanos sigue siendo el quid de muchas cuestiones), en una sobremesa que duró horas y horas…

 

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Oye, Lourdes –dice Aurora–, ¿por qué dijiste en la presentación del libro que eras profesora de Literatura “en los escasos momentos en que el currículo te lo permite”? Sí, eso –apostillan animados los otros dos–, ¿cómo se enseña ahora la literatura en el instituto?

 

Pues…en los currículos está escrito que tenemos que enseñar o más bien desarrollar en nuestros alumnos la educación literaria, pero no se nos da tiempo para ello. Si cualquier persona abre el Boletín Oficial en el que dice qué tenemos que enseñar los profesores de Lengua y Literatura en Secundaria y Bachillerato, podrá comprobar que hay más epígrafes que horas lectivas y que el contenido de cada epígrafe merece un desarrollo de más de algunos minutos.

 

Ahora, además, la Lengua y la Literatura no son dos materias distintas, es una sola; así que si dedicamos tiempo a una se lo hemos de restar a la otra y, en general, suele ser a la segunda.

 

El planteamiento de los currículos oficiales parece que olvida también que para asimilar unos y otros contenidos, para que sedimenten en el cerebro adolescente, se necesita tiempo y también insistir y trabajar una y otra vez los múltiples aspectos que estas materias entrañan; que para comprender y gustar de una obra literaria no solo hay que dedicar tiempo a su lectura sino que es necesario provocar antes las ganas de leerla, dotar a los alumnos de “objetivos de lectura”, como recalca la profesora Isabel Solé en su obra ‘Estrategias de lectura’. Hay que ‘acompañar’ a los alumnos en ella y por ella, no sirve mandar leer los libros en casa y pedir que hagan un resumen o un trabajo y ya está; hay que guiar su reposado y contrastado comentario, hay que provocar la crítica razonada de algunos aspectos. Y en un currículo tan abigarrado no se contempla el tiempo para ello.

 

La Lengua y la Literatura deberían ser –a mi modo de ver– dos materias distintas en los currículos de Secundaria y Bachillerato.

 

Continúa preguntando Joaquín: Y… ¿se sigue enseñando a los clásicos como antes?

 

Sí, sí, yo soy partidaria de leer en el instituto, sobre todo, a los clásicos. Si no se los acercamos ahora a los adolescentes, probablemente nunca más en su vida tendrán la oportunidad de comprender su valor. Ninguna de las veces que he leído a un clásico ‘con’ mis alumnos del modo en el que os he explicado antes –ninguna– me han dicho que les haya disgustado o que les haya costado mucho trabajo. Solo les cuesta, claro está, cuando les dejamos solos y a la deriva en esa tarea. A los clásicos en la adolescencia hay que leerlos bien ‘acompañado’, ya me entendéis.

 

 

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Y tú, Joaquín –dice Lourdes–, ¿cómo llegas tú a hacer esas ilustraciones tan acordes al contenido de los libros que ilustras, tan precisas, tan expresivas o sugerentes como la de Trata de olvidarlas?

 

Gracias, Lourdes, me alegra que le veas tantas virtudes a mi trabajo, jeje. He hecho las ilustraciones de portada de varios libros y, hasta el momento, en casi todos ellos ha estado implicado Alberto de una u otra forma. Podría decir que Alberto tiene muy claro lo que quiere, o quizá lo que no quiere. Sus palabras, sus sugerencias, suelen contener ya mucho de lo que acabará siendo mi trabajo final. Mi inspiración parte de la lectura del manuscrito y trato al mismo tiempo de tener una comunicación fluida con el autor, editor, maquetador…, porque normalmente ellos también tienen una opinión sobre lo que deben mostrar las portadas. Ese intercambio de opiniones es muy enriquecedor y lo siento como una herramienta más de composición. Intento no partir de apriorismos y pruebo con diferentes ideas y composiciones, las someto a la opinión del resto (principalmente enviándoles bocetos vía email) y, una vez que todos estamos de acuerdo, realizo la ilustración final. Esto te lo digo a modo de resumen, porque después cada portada ha tenido una casuística diferente. Pero es divertido; de todos los trabajos voy aprendiendo. Y lo que me queda.

 

Joaquín también escribe –dice Alberto– y muy bien, por cierto. Y él le pregunta entonces: ¿de qué ha de ocuparse antes o más un autor, de la técnica, del punto de vista desde el que quiere escribir algo o de ese algo?

Y Alberto habla entonces (y como siempre) de la honestidad del escritor.

 

¿De qué ha de ocuparse antes o más un autor? ‘That is the question’… A lo mejor lo primero de lo que debe ocuparse un autor es de sí mismo, pero de verdad, sin vanidad, sin narcisismo: conocerse, escrutarse, ser franco con uno mismo. Ajustar nuevas y sobre todo viejas cuentas con el yo, ese desconocido. Quién soy, por qué soy como soy, de dónde nacen mis miedos y mis sueños, adónde quiero ir y para qué. La propia escritura a lo mejor debería ser antes que nada un ejercicio de autoconocimiento, pero en serio, a tumba abierta… “El narrador quiere saber —escribió Belén Gopegui— y por eso escribe”. Sí, por eso. Mejor: para eso: el escritor escribe para saber, para descubrir y entender el mundo, es decir, para descubrir y entender a ese ser cuyos ojos y oídos, cuya epidermis y cuyas neuronas le dan a conocer el mundo, un mundo. La técnica, el punto de vista, etcétera, son herramientas; conviene aprender a usarlas, pero lo importante es lo que haces con ellas. Si lo secundario pasa al primer plano, la literatura se convierte en un ejercicio banal, en una mascarada y, a lo peor, en un patético autoengaño.

 

Aurora y Lourdes le preguntan a él ahora. ¿Qué opinas de las mujeres de Trata de olvidarlas? Porque hemos hablado mucho de él, pero de ellas nada y ellas también son las coprotagonistas de cada una de las historias que se cuentan en la obra. ¿Crees que salen malparadas, que son ‘víctimas’ del amor, del sexo, del personaje?

 

Nadie sale ‘bienparado’ del amor, ni siquiera cuando se da en las mejores condiciones, que no sé cuáles son. Si sales ‘bienparado’, quizá es que no fue amor. Todos somos, hemos sido y seguiremos siendo ‘víctimas’ del amor. Enamorarse, quiero decir, es una de las emociones más dolorosas que se pueden experimentar. Pero además a menudo en el amor hay componentes de picardía, y aún peor: de hipocresía, de burla y abuso. La literatura ofrece un sinfín de ejemplos. Es cierto que muchas veces el amor es un lance peligroso y desigual, tramposo, deshonesto, incluso brutal. Y sí, las mujeres han salido siempre peor paradas. Mejor dicho: los hombres han sido siempre los más tramposos, los más brutales en este ‘juego’. Muchos trágicos milenios lo demuestran y sería irresponsable negar el peso y la inercia histórica que arrastramos los puñeteros tíos. Pienso que toda la Historia de la Literatura Universal (así, con sus odiosas mayúsculas) da cuenta de este drama, de este holocausto, y sería ingenuo creer que mis libros están por encima o al margen de eso. Pero en ‘Trata de olvidarlas’, creo o quiero creer, las mujeres no son víctimas de ningún abuso, pienso que no. Yo no me propuse hacer ningún alegato ideológico, y sin embargo me parece que estas mujeres son libres e inteligentes, dueñas y señoras y muy conscientes de lo que hacen. Las hay promiscuas, las hay infieles; algunas cultivan interesantes parafilias… Algunas quieren ‘más amor’ y no lo reciben, es cierto, pero también el narrador quiere a veces más y no se lo dan, y se la envaina. Algunas de ellas salen malparadas, sí; él también. C'est l'amour.

 

 

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También quieren saber de boca de los dos su opinión acerca de la calidad de las ediciones de los libros puesto que ambos trabajan en ese mundo –Alberto es también maquetador– y de cómo influye la edición en el lector. Y ambos dan su punto de vista:

 

Creo desde hace mucho que al hacerte escritor pierdes en gran medida la capacidad de gozar como lector. De la misma manera, me parece que si trabajas en labores de edición (diseño gráfico, maquetación, corrección o preparación de textos…) pierdes en gran medida la capacidad de gozar de los libros, para convertirte en un penoso sibarita, un pijotero que se dedica a sacar faltas. A menudo, cuando cae un libro en mis manos, lo primero que le veo son deficiencias: que si la encuadernación, que si la carga de tinta, que si las sangrías o el ancho de caja… Es una pena. Me siento un poco monstruo, en ese sentido, un poco tarado, viciado. Y al igual que añoro el tiempo (muy poco) en el que fui un lector puro, añoro el tiempo en el que no sabía nada de las labores editoriales, y simplemente disfrutaba de los libros, de todos, fuese cual fuese su diseño o el tamaño de la letra, porque eran libros, o sea, máquinas de volar, máquinas perfectas. Pero creo que no era eso lo que tú preguntabas… Sí, hay que cuidar la calidad de las ediciones, qué duda cabe… Los editores tienen una responsabilidad social enorme. Repito: UNA RESPONSABILIDAD SOCIAL ENORME.

 

Joaquín añade:

 

Desde que estoy metido por mi faceta de ilustrador en el mundo editorial he llegado a comprender un poco mejor la necesidad de todos esos intermediarios que en la sombra hacen un trabajo de corrección de los textos de diverso tipo que, paradójicamente, si es bueno nadie notará. Un escritor, por más que relea y que reescriba sus textos, siempre pasará por alto un porcentaje de faltas, errores o ciertas deficiencias, precisamente por ser su propio autor. Y hay una gente que lo que hace es pulir esos textos para que el lector pueda gozar de la lectura sin ningún sobresalto. Yo tengo que reconocer que al Joaquín lector le afectan mucho los errores gramaticales y le acaban pesando tanto como la propia trama a la hora de disfrutar del libro. De un tiempo a esta parte he comenzado también a valorar otros aspectos: la tipografía, los márgenes, el tipo de papel, etc., que siento que son igualmente importantes, que aportan al texto la dignidad merecida o, por el contrario, pueden llegar a desbaratarlo. Al mismo tiempo, tengo que confesar que leo mucho libro electrónico, donde esa labor del editor y del maquetador se pierden irremediablemente.

 

 

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El tiempo transcurrió tan plácida y rápidamente que a Aurora se le hizo la hora de entrar a trabajar sin darse cuenta (a pesar de ser fiesta, la pobre) y Alberto tuvo que decir en un determinado momento esa famosa frase de “nos vamos a la cama que estos señores querrán irse ya”.

 

De los demás temas que se trataron en aquella mesa y sobremesa y 'postsobremesa' es mejor, de momento, no dar cuenta aquí…

 

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