Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 18/06/2018
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Esteban Carro Celada
11/02/2018

Los Amat, dos obispos ilustrados (III)

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Interrogatorio a su sobrino, como condición para su nombramiento de obispo de Astorga.

 

Félix Torres Amat acaba de escribir la biografía de su tío, en dos volúmenes que casi suman mil páginas. Los dedica a la academia de la Historia, de la que es individuo supernumerario. Le van a nombrar obispo de Astorga. Tenemos a la vista nuevos tropiezos. Morayta dirá de este en uno de sus libros que era masón. El cardenal Tiberi le somete, en la Nunciatura de Madrid, a un interrogatorio, previo al nombramiento de obispo, una vez que renunciara Alberto Lista. Lo que no le perdonarán sus enemigos es que defienda la actitud y ortodoxia de su tío. En la época del cardenal Justiniani, será el secretario Cadolino quien torpedeará cualquier intento positivo.

 

A la pregunta de por qué no aceptó el obispado de Barcelona, contesta con palabras de Castaños: “Ya sé que el obispado no es bueno para usted; pero también sé que es bueno usted para el Obispado”.  Presentó la renuncia al marqués de Puerto-Nuevo. Se le imputaba que su Biblia -nueve volúmenes- andaba escasa de notas. Otra intriguilla de Cadolino, ahora en la Curia. El cardenal Somoglia le escribió para que en la segunda edición -costeada la primera a expensas del Rey- había de insistir en no excitar tanto al pueblo llano a la lectura de la Biblia.

 

En tal interrogatorio se le acusa de que la edición segunda se estaba imprimiendo con dinero de las Sociedades Bíblicas de Londres.


-Lo que ocurre es que los emigrados españoles en Inglaterra reciben periódicos de España. Se han enterado, por los anuncios gaceteriles, de la publicación. Y  la han pedido unos para sí mismos y otros para protestantes. El dinero de la suscripción lo envían por bancos de Lisboa. Con tal dinero podemos reducir los costos a mitad de precio en esta segunda edición, y ojalá la pudiéramos regalar.


Tiberi  sonrío comprensivo:


-Oigame. Tiene que responder a esta otra requisitoria; se le acusa a usted de ser un corifeo del jansenismo y amigo de revolucionarios.

 

 

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Masón, jansenista, revolucionario como Cristo

 

Félix se dio cuenta de que el cardenal se esforzaba en cumplir con su obligación. Contestó: “A Cristo en su época le llamaron blasfemo, borracho... hoy le hubiéramos motejado de jansenista, de liberal, de masón. Mi revolución está en el púlpito, en el confesionario, en la conversación, en los libros. Ojalá todos los eclesiásticos españoles fueran tan jansenistas como yo”.

 

Le preguntaron por dos libros de su tío. Se extendió el  acta de sus respuestas y las firmo Félix Torres Amat ante el cardenal Tíberi.

 

En enero de 1834, recibe el nombramiento. Lo firma Gregorio XVI. Ya no rige Fernando VII. Tres meses más tarde se consagra en San Felipe Neri. El 22 de mayo entraba en Astorga. Dos canónigos le salieron a esperar a la venta de San Antón. Pronto la leonesa imprenta Miñón publica su primera carta pastoral sobre la paz y la pacificación. Se acoge al lema agustiniano: “unidad en la fe, libertad en las opiniones y en todo momento, caridad”. Desde su nombramiento como obispo de Astorga hasta su muerte en 1847 su vida de publicaciones tipográficas es febricitante. No marcha bien de salud. Por una enfermedad de la piel se quedó sin pelo y sin barba, hace ya años. Se comunica con frecuencia por carta pastoral, motivada quizás por las grandes temporadas en Madrid. Por dos veces es nombrado senador en las Cortes por Barcelona.

 

 

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Torpedeo de un obispo liberal por un cabildo carlista

 

Su ministerio episcopal asturicense lo ejerció en buena parte a través de procuradores y de correspondencia. Había una esencial diferencia entre la contextura mental y sentido de cultura del nuevo obispo y la mayor parte de sus capitulares. La historia de las relaciones no merece ser narrada por mezquina, cominera, esencialmente puntillista. Eran tiempos de chismes y diretes, cuando se ventilaba, a turbión, el futuro. Y hoy vemos que quien intuía claro era el obispo combatido. Hizo visita pastoral en Galicia, y poco más. Se enredó con el Cabildo en el asunto de la confección de la cartilla de rezo. Los canónigos se empachaban de que se recibieran oficios de las autoridades civiles para cantar ‘tedéum’ en la Catedral y tañer las campanas por la toma de Bilbao o por el abrazo de Vergara o que se les buscasen las vueltas de su presencia o ausencia por si se iban al monte con los carlistas; entablaba marimorenas si se les confiscaba la plata o se la llevaban a San Isidoro de León.

 

La verdad es que no había mayor antagonismo que el de un cabildo casi carlista y su obispo abierta y sanamente liberal. Por de pronto comenzó reformando el seminario. Sacó dinero para crear becas. Redujo al mínimo el costo de la pensión. Desde 1936 hasta el 40, el seminario fue una fortaleza militarizada. Buscó otras dependencias para que no se interrumpiera la formación de nuevos clérigos con destino a sus mil parroquias. Introdujo asignaturas como economía. Repartía gratis el ‘Semanario industrial’. Abolió los derechos de curia. Esto parece insólito en el siglo XIX. Leamos una simple frase: “Ahora  tenemos el placer de abolirlos enteramente y reducirlos al pago del gasto material de papel e impresión hasta que aún este se pueda quitar y ser rigurosamente gratis todo lo que se despache en ella”. Creó varias escuelas de primera enseñanza. Una, curiosamente financiada con dinero que le mando desde Capis, en Filipinas, el agustiniano Herrero, natural de Pinza. En el estanque de su casa parroquial oceánica cultivaba tortugas, vendiendo sus conchas a los mercaderes chinos. De este dinero salió la escuela que aún perduraba en pleno siglo XX. Así otras. La reforma del seminario -premios veraniegos, concertaciones de los jueves- A un coleaba en 1960. Ya estaría bien un acierto de tal magnitud, con pervivencia, después de 130 años de vigencia. No permitió que pleitearan los vecinos de Baillo: “Un obispo, más que con procesos, debe obrar... con caridad”. Con anticipación a los tiempos, en 1838, crea un ‘seminario sacerdotal’ y otro ‘seminario para ordenados’, el convictorio.

 

 Buena pitanza por tres reales y medio

 

En 1840, por tres reales y medio diarios, confeccionaba este menú: el almuerzo, un cuarterón de pan o sopa;  para la pitanza del mediodía, “un cocido de media libra de carne y dos onzas de tocino con los garbanzos y pan correspondiente; y para cenar, ensalada y guisado de carne o bacalao, huevos, todo de buena calidad, bien condimentado y en una olla común para los superiores y los colegiales”.  Estamos en los años más difíciles. Acaba de concluir una guerra civil devastadora:  la primera carlistada…

 

Este Félix Torres Amat, catalán de Sallent, había probado las mieles académicas: la de la historia, la de la lengua, la medalla de oro de las Dos Sicilias, la de Maximiliano V príncipe de Sajonia, la de antigüedades de Copenhague, la de Geografía de París, la de Ciencias Naturales. Un obispo que se movía a escala nacional. Menéndez y Pelayo suelta el trapo, diciendo que con él, tímidamente, se intentó una Iglesia Nacional, desgajada de Roma, En la época de Espartero, con el ministro Alonso. Es un posible error de apreciación. Está en la línea de quién combate las figuras, desde un encasillamiento unilateral. 

 

 

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El diccionario de escritores catalanes

 

Félix prelado de gran prestancia intelectual. Siendo obispo de Astorga pública un libro importantísimo para Cataluña. Aún hoy hay que echar mano de las ”Memorias para ayudar a formar un diccionario crítico de los escritores catalanes y dar alguna idea de la antigua y moderna literatura”, volumen de casi 800 páginas que recoge biografía, obras y crítica de más de 2000 escritores catalanes. Este libro, ligeramente completado como un apéndice de Corominas, tuvo otra asistencia: ‘Biblioteca de Autores catalanes’. Comenzó a formarse en Barcelona, Ignacio, hermano de Félix, muerto prematuramente. Félix hace donación de más de 500 volúmenes así como medallas y otras rarezas numismáticas. Cuando el pastor metodista W. H. Rule visita a Félix Torres Amat, el 23 de enero de 1835 en Madrid, según nos cuenta en el libro -muy curioso- “Recuerdos de la misión a Gibraltar y a España”..., le cuenta el obispo sus amarguras y angustiosos problemas por la publicación de la traducción de la Biblia. En este diálogo, igual que con don Jorge Borrow, Jorgito el inglés, no se transparenta tanto su amargura cuando su apertura ecuménica al diálogo, a la par que la cerrazón de los mediocres le tendían redes de envidia.

 

Tras de su Biblia había un parapeto moral de más de setenta cartas de obispos alabándola indiscriminadamente, de varios arzobispos y de algunos cardenales.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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