Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 18/06/2018
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Nuria Viuda
11/02/2018

Dos epístolas de Nuria Viuda

Guardar en Mis Noticias.

Se define como lectora compulsiva y escritora en la sombra, de temprana vocación. Publica artículos en infinidad de revistas nacionales e internacionales.

Recientemente ha visto la luz su ‘Cuaderno bicéfalo’, en la editorial Dalya, a dos manos con el escritor Rafa Parrado.

Participa en dos antologías de autores leoneses: ‘La palabra en la noche’ (Editorial cultural norte) y en la ‘Colección Sicalípticos de ‘Manual de ultramarinos’

El museo de León expuso su escrito: ‘Arquitectura sin escombros’, en el festival internacional de artistas plásticos RECUORE.

 

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Carta a un ser de luz que nunca adoptaré

 

 

Hola interrogante. Te imagino jugando dentro de una burbuja azul y lejana esperando dar respuestas a tu existencia, y resolución a tus más apremiantes asuntos.

 

No conozco tu edad ni debo calcularla, solamente te percibo en mis ensueños.

 

Ser, pequeño e inocente, como una rara perla gris que no sabe que es gris porque en su mundo no existen los espejos.

 

Tal vez una mañana cualquiera te despierten las personas que te cuidan para darte la noticia esperada: un hogar decorado con esmero, juguetes, cromos, un perro que te ladre dándote la bienvenida.

 

Imagino que los orfanatos modernos se componen de jerarquías como todo lo difícil. 

 

Trámites de loca burocracia me alejarán siempre de ti, no llegaré a conocerte ni podré observar tus gestos de bebé abandonado, que llora y patalea para hacerse entender, reclamando un trozo de pan y de justicia. Y no podré observarlos por la sencilla razón de que yo también te he abandonado antes de tiempo, sin pamplinas, sin resortes que me aten a ti pero con infinito remordimiento. Pero, y  esto tenlo en cuenta, he imaginado campos de flores verdes, rosas amarillas repletas de luciérnagas, cachivaches de goma y plastilina transparente con sabor a planeta encantado. Rincones –sorpresa para que te entretengas y sueñes mientras se cumple el plazo que estipulan los torpes para llevar a puerto fijo tu existir.

 

Adopción: ¡Qué palabra tan vulgar y tan terrible! difícil de pronunciar, casi blasfema, que cae en el rostro como un tortazo de derrota y desaprobación. Llevar a puerto fijo tu destino es mi modo de suavizar el trámite, de convertirlo en dignidad, en salud, en nobleza. 

 

Durante esta espera que promete paisaje y lontananza, niño pequeño, has de reír continua y aceleradamente todo el tiempo del mundo, todo el tiempo posible, para eso naciste: para recuperarte día a día del abandono al que tantos cobardes te hemos sometido egoístamente, dedicándonos a mil tareas accesorias sin otro objetivo que el banal paso del tiempo en busca del dorado, sin darnos cuenta de que el dorado vive en ti.

 

Hemos vivido escondiendo nuestros abrazos, relegando cada beso que pudimos dar a un terraplén donde el vértigo se estrella y choca con la nada. Agujeros sin fin.

 

¡Cuantos hubiesen querido amarte a fondo perdido!

 

Aquí, donde habito, la gente se mueve sin decir la verdad ni esgrimir una bandera de arrojo o fortaleza, sin depositar una huella de amor en la cercana isla del amparo. Por no decir una palabra  mansa nos morimos de frío. No consientas, niño pequeño, que nadie esquive tu dulce nombre de incógnita despejable de más…

 

Se postrará ante ti la esperanza para darte las gracias e izarte a su grupa. Cabalgarás igual que un rey alado, o una reina, en el destello de los veranos que te aguardan agazapados.

 

 Y yo cobarde e incapaz de imaginar tu rostro, sin embargo presiento que sonríes. 


PD: Hoy me he despertado con un nombre para ti rozándome los labios. Seguro que te quiero.

 

 

Diógenes empapelado
Epístola a un obseso libre.

 

 

Querido F recuerda que una vez vivimos obsesionados por la literatura. Ahora que ya todo se ha difuminado como un vértigo al apearnos de la noria y tu cabeza se resignó al olvido de aquellos días delirantes quisiera recordarte, a petición tuya, aquello que aconteció en tu apartamento de la plaza Charm la mañana en que me encomendaron en tu auxilio; pues solamente yo era capaz de entenderte y solamente tú aceptabas mi presencia en aquel tu refugio.

 

Recuerdo, mi idolatrado F, que era invierno y en aquella mañana los copos de nieve se precipitaban sobre el asfalto de modo aterrador, tan amenazantes y copiosos que en unos minutos cubrieron cada resquicio de las aceras dificultando mi trayecto desde mi territorio al tuyo.

 

A duras penas me convencí de que me necesitabas más que de costumbre y decidido pero desconcertado acaté la petición de tu familia dirigiendo mis pasos hacia tu escondite.

 

Durante el trayecto revisé mentalmente nuestros últimos encuentros, repasando una por una cada señal de alerta, y en efecto descubrí la expresión de tu rostro en los últimos meses. Tus ojos habían perdido el brillo que los caracterizaba y una telilla nublaba su expresión, no se trataba de una vulgar catarata operable, más bien era la tristeza de la desolación al afrontar un nuevo periplo en soledad a la muerte de tus padres; aunque al tiempo parecías contento de haberte trasladado a tu nueva ubicación. Te quejaste del escaso espacio para tantos libros acumulados en los últimos años pero en aquel momento no me percaté de este comentario tuyo que es al fin y al cabo  resumen y conclusión de lo que nos ocupa.

 

Al fin alcancé mi cometido, divisé tu casa en medio de la plaza, me dirigí a zancadas largas y toqué el timbre una docena de veces sin obtener respuesta. Recordé que en una ocasión hablaste del felpudo y como una ráfaga premonitoria se estableció en mi mente la asociación infalible de: llave debajo del felpudo, recordando que eras olvidadizo y previsor. Giré la llave en la cerradura con la confianza que da la amistad, preocupado y ansioso por despejar las dudas.

 

Vislumbré tus pasillos tapizados de otoñal síndrome de Diógenes; pero no consistía este en un síndrome sucio ni acumulador de mondas y pepitas de uva, no, tu síndrome resultó encantador y limpio. Literario, de papel y pergamino. Sumamente enloquecedor en tu ceguera irascible.

 

Acudí como loco que lleva la marea a tu llamada apremiante, desde el fondo, que reclamaba favores y nidos de cigüeña enmarañados y tiesos, envueltos en papel celofán del que también por supuesto te negabas a desprenderte. Todo lo que consistiese en papel y letra impresa lo coleccionabas como tesoros nuevos y yo quedé preso también de esa codicia tuya tan antigua y esmerada, tan abismal y vertiginosa, e imploraste socorro cuando todo el papel se desbordaba ya, queriéndose escapar por las ventanas frágiles donde se cuelan por igual lluvia y ráfagas de nordeste, arrasando cada esquema.

 

Ese día probé la gloria y la desdicha enorme de tu desolación, confusa y rápida, al sentirte obligado a escoger entre miles de palabras seleccionadas por ti para volver a ser revisadas en infinitas lecturas posteriores, que anhelabas realizar como mágico deseo imposible de cumplir.

 

Todo lo que nos impacta no se puede releer continuamente, es imposible, no tenemos tiempo material, se necesitan siete vidas como las de los gatos salvajes y esquivos –te dije—tú no lo comprendías y rompiste a llorar como un niño, tendido en el diván de una habitación desesperada de novelas y poemas, de revistas antiguas, tebeos, recetas de cocina y blocs con tus letras, diarios de viaje, servilletas sucias garabateadas a boli verde (tu favorito)

 

Y lloramos a voz calmada en desquiciada desesperanza; los dos juntos muy abrazados y ausentes del resto de la nieve funesta que el cielo repartía entre los pobres de recursos vitales.

 

¡Vamos a patalear con el fango! -gritabas-

 

¡Destrózame las botas con la misericordia del que no sabe ir muy lejos sin papeles de fuerza!

 

¡Despiénsame si no puedo volver a releer mis sueños!

 

¡Arrástrame por las veredas del bullicio!


PD. He recopilado para ti los recuerdos que guardo de aquel invierno en espera de que alimenten tu alma siempre libre.

 

Mi querido e idolatrado F.

Tuyo siempre.

N.

 

 

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