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Juan José Alonso Perandones
14/02/2018

Luis Diego Polo: el arquitecto, en Astorga, de la Transición

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El hecho de que en esta Astorga hoy ya se respeten, salvo excepciones,  las leyes urbanísticas y salvaguarde su herencia romana arqueológica, se debe a voluntades comunes, principalmente por la sintonía de los corporativos y arquitectos municipales. En 1974, Luis Aparicio Guisasola cesaba en nuestro ayuntamiento, y sería sustituido, sucesivamente, por dos arquitectos, esenciales para el gran desarrollo urbanístico de los años siguientes: Luis Diego Polo, y Fernando Valenzuela (recientemente jubilado). Coinciden los dos en haber guiado (labor que es de años), gran parte del planeamiento urbanístico del municipio: el primero, una modificación, sustancial, del existente a partir de 1976, redactado en los años previos a 1983; y el de próxima exposición pública y tramitación, por parte del segundo.

  

Este martes fallecía, en León, la ciudad en la que estuvo afincado gran parte de su vida (su nacimiento, en 1945,  fue en Salamanca), Luis Diego Polo. Vinculado a una familia de raigambre en el ámbito de la arquitectura, pronto descollará en sus estudios, en la Escuela Superior madrileña. Ejercerá su actividad profesional, como ejercicio libre, asociado al arquitecto José Álvarez Guerra; y, asimismo, en varios ayuntamientos: el nuestro y el de San Andrés del Rabanedo. Desempeñó, en León, el cargo de decano del Colegio de Arquitectos, de 1981 a 1986,  y de alcalde, en los años 1988 / 89, durante el convulso periodo del llamado Pacto Cívico. 

  

En Astorga ejercerá como arquitecto municipal once años, desde 1974 a 1985, época de nuestra Transición, en la que bullía la ciudad, a través, fundamentalmente, de sus asociaciones vecinales, y estaban en candelero grandes temas pendientes: el respeto urbanístico, dotaciones esenciales (agua, urbanizaciones, equipamientos, suelo industrial, comunicaciones, etc.); y la declaración, como bien patrimonial, de los bienes históricos y de su entorno —entonces, a no ser por pocos, incomprendida, y que trajo consigo un alud de firmas y de protestas—. No me tocó participar  en la  aprobación del primer Plan General, el de 1976, pero, sí, al acceder al ayuntamiento por voluntad popular, en 1983,  a su aplicación temporal y a la denominada Tercera Fase (aprobada precisamente en este último año). No es momento ahora de entrar en detalle sobre qué supuso y cómo se estableció, con el fin de conformar un nuevo gobierno,  el inesperado pacto, para muchos astorganos, que  acordamos, el  Grupo Socialista, con el de AEPI, encabezado por Recaredo Bautista (veterano concejal que sería alcalde de la ciudad de 1983 a 1987). 

  

La responsabilidad, como concejal de Urbanismo, recayó en aquel entonces en Marcelino Guerrero, y la coordinación de la gestión municipal, como primer teniente de alcalde, en mi persona. Cuando mantuvimos el 24 de  mayo de 1983 la primera reunión con el eficaz secretario don Victorino Lorenzo, nos presentó como un bien muy preciado, no tramitado, pero sí redactado, bajo la batuta de la Corporación presidida por Luis González, la modificación (o revisión) del Plan General de 1976;  con ella se pretendía un nuevo paso para una concepción moderna de la ciudad. Legos completamente en asunto que tanto nos importaba, tuvimos la suerte de toparnos con un arquitecto, de buen carácter y discurso comprensivo y sereno: fue Luis Diego Polo.

  

La capacidad, digamos docente, de Diego Polo, junto al eficaz talento de Marcelino, nos facilitaron el poder coger las riendas para la transformación futura de la ciudad, una de las más profundas de su historia, que ha atañido no solo a lo avistado en su superficie, en caserío y solución de viales —como la opción y enlaces ante la  nueva autovía—,  sino en sus entrañas arqueológicas. Aceptamos de buen grado, pues, el ingente legado de la revisión del Plan General de 1976, plasmado en voluminosas carpetas y, antes de su aprobación definitiva en 1985, introdujimos una serie de modificaciones —dos nuevas plazas para disfrute público, la Romana y de La Culebra, cesiones en otros lugares, la ampliación de la protección para edificios singulares, etc.—.  Y fuimos resolviendo las decenas de expedientes de infracciones urbanísticas pendientes, cometidas por particulares. 

 

Además de su labor en el planeamiento urbanístico de Astorga, Luis Diego Polo es el redactor de la rehabilitación del edificio de varones del Hospicio para Biblioteca, durante el mandato de Luis González, y, ya en el de Recaredo Bautista, del nuevo hogar para las personas mayores; además de otras actuaciones, que sería prolijo el reseñar. Nos sorprendía, por otra parte, la solvencia en sus informes, para los expedientes de obras que habíamos de aprobar en la Comisión Permanente, su cuidada caligrafía. Y, sobre todo, aquel humanismo que aplicaba a una tarea tan ardua como es el desarrollo urbanístico de una ciudad, que incide esencialmente en la vida de sus habitantes. Deseamos hacer patente  nuestro agradecimiento y que descanse en paz.

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