Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 18/08/2018
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Tomás-Néstor Martínez Álvarez & Fermín López Costero
17/02/2018
Fermín López Costero, in memoriam

“Ya no me quedan más primaveras…”    

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En recuerdo de Fermín López Costero, fallecido esta semana, publicamos una necrológica de Tomás Néstor Martínez, seguido de cuatro textos entresacados de 'Teatro de sombras', el último libro de cuentos publicado por Fermín

 

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… me dijo hace un par de semanas. Se le cortó levemente la voz. Nunca más recuperó el habla. Silencio. Enmudeció. Poeta, contador de historias maravilladas, historiador incómodo, estudioso de cualquier manifestación artística, sensible a todo lo humano. Y siempre amigo. Una sonrisa de estatua gótica aparecía en su rostro acompañada de esa mirada inteligente y locuaz que asoma en quienes observan con fina ironía el desfile del tiempo para diseccionarlo y separar lo inútil de lo necesario, lo imprescindible de lo fugaz. 

 

Mantuvo la palabra; con ella alimentó la memoria para no caer en el olvido. Fue duro y  consciente en los poemas de La fatalidad, reflexivo y esperanzado en las diferentes escalas de una vida que mira hacia lo cercano para alcanzar la lejanía.  “Viví como un cisne de nieve / el advenimiento del dolor / a los cuerpos maltratados. / … / Y ahora estoy aquí, / al otro lado de las alambradas”.  Profundo, elegante y culto, siempre próximo. Lo que permanece lo fundan los poetas, escribió algún día Hölderling. Y en la escritura, en los textos que nos ha dejado Fermín hallamos el refugio preciso para sobrevivir entre tanta apariencia y vacuidad.

 

Tal vez ángeles incívicos ayudados por aves descreídas hayan bajado el telón en El teatro de sombras mas estoy seguro de que la palabra, Fermín, tu palabra sigue viva, “que la pena me convierta en una semilla”, escribiste; los textos pausadamente seguían llegando.

 

 

Y siempre será primavera porque aquí permanecen tus poemas y esas historias desternillantes que tantas sonrisas siguen arrancando. ¿Ves cómo sí quedan primaveras?

 

 

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Robinson

 

                                                                                      Para Ángel Olgoso

 

Todas las mañanas bajo corriendo hasta la playa, para ver si las olas han arrastrado algún objeto que pueda serme útil: un jirón de vela, unas tablas, alguna cuerda, un barril de ron…. Pero rara es la vez que encuentro algo provechoso. Tampoco vislumbro en lontananza la silueta de ningún barco, ni descubro a nadie conocido con quién hablar. Ese muchacho negro al que llamo Viernes, hace días que no aparece. Aburrido y descorazonado, a mediodía recojo la toalla y la sombrilla y me voy para la piscina del hotel.


 

Vida contemplativa

 

Nuestra anciana y reverenda madre superiora expiró poco antes de los laudes. Sin embargo, su ojo de cristal sigue vivo, controlando, como siempre, todos los movimientos de la comunidad.



 

Polvo de tiza

                                                                                      para Irene Andrés Suárez

 

Una mañana lluviosa, de finales de noviembre, apareció un niño nuevo en la escuela.

-Os presento a Felipe - dijo Don Paco, el maestro-. Va a quedarse con nosotros el resto del curso y espero que lo acojáis con cariño y respeto.

 

Don Paco, de pie delante del encerado, abarcaba con su brazo izquierdo los hombros de Felipe. Sin embargo, nosotros no veíamos junto a él a ningún niño; solo el brazo del maestro, desplegado en horizontal, suspendido en el aire y con la manga de la chaqueta desgastada y salpicada de polvo y tiza.

 

-Felipe, siéntate ahí, junto a Tomás - señaló Don Paco.

 

Entonces todos nos imaginamos a Felipe acercándose tímidamente al pupitre de Tomás, donde había un asiento libre. Y observamos también, entre risas, como Tomás, estupefacto, se desplazaba ligeramente hacia la izquierda, para dejar sitio al nuevo alumno.

 

A nadie, ni siquiera los mayores, se le alcanzaba el motivo de semejante excentricidad. Pero Felipe no fue el único. Antes de las vacaciones de Navidad, ya teníamos otros dos compañeros invisibles, un niño y una niña. Luego a partir de enero, no dejaron de sucederse las incorporaciones, de tal manera que pronto hubo que improvisar pupitres y añadir perchas donde colgar los humildes abrigos.

 

Nosotros estábamos encantados y,  desde que comenzó a poblarse la escuela, asistíamos a clase con una regularidad desacostumbrada. Todo era mucho más divertido. Hasta que, una mañana de primavera, se presento de improviso don Gerundio,  el inspector, con su traje gris, su bigotito marcial y un gesto evidente de preocupación.

 

No volvimos a ver a Don Paco. Ni siquiera le dejaron despedirse de nosotros. En su lugar llegó una maestra cursi y con los labios pintados de color cereza. Solía llevar una rebeca sobre los hombros y las puntillas de la combinación siempre asomaban por debajo de su falda.

 

 

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La piedad

 

Cuando hacía buen tiempo, a la madre trastornada la sacaban a tomar el sol junto a la puerta de su casa. Sentada en su silla de anea, la mujer miraba sin ver el tránsito de personas y vehículos.

 

Algunas  vecinas,  al pasar por delante, se santiguaban…

 

Entre los brazos de ella, siempre el hueco - vacío- del hijo muerto.

 

                                                              

 

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