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DETRÁS DE LA HUELLA DEL INEMA
Juan Antonio Cordero
19/02/2018

Mérida Pérez 1964-71. Comportamiento

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Donde se aborda el sistema de control específico del INEMA: El muro de la vergüenza y la cartilla de cupones

 

 

La mayor parte de los Institutos de Enseñanzas Medias de España de la época de Franco, excepción hecha de unos pocos de Madrid y Barcelona, eran, si no iguales, sí muy parecidos. El Estado estaba muy centralizado y la jerarquía no permitía ningún tipo de sobresalto ni siquiera de ambigüedad o interpretación en la aplicación de las leyes, que encauzaban todos los contenidos curriculares dentro de las líneas marcadas por lo que se denominaba el Nacional-Catolicismo, estando lo Nacional controlado por FET y JONS y el Catolicismo por la Iglesia Católica.

 

Con las excepciones anteriormente mencionadas, leyes, decretos y normas llegaban al unísono a todos los centros y la aplicación era igualmente automática, pues se controlaban todos los mecanismos intermedios entre el BOE y el Aula (Dirección e Inspección educativas, Juventud, Ocio, Prensa…). Salvo excepciones, España era una gran mancha ruralizada, de comportamiento casi uniforme en lo que hace referencia al tema de Enseñanzas Medias. Pero hay tres excepciones que no quiero dejar de mencionar y que las considero relevantes, características y diferenciales del Instituto de Astorga.

 

La primera de ellas era el peso de la Iglesia en el Centro, que no se podía circunscribir a la Dirección de Don Pérez Barreiro o la Jefatura de Estudios de Don Abelardo… ya que existía antes que ellos. La fuerza de la Iglesia era ostentosa (Capilla en los nuevos edificios, religiosidad de las celebraciones, y sobre todo, intensidad y cobertura de los Ejercicios Espirituales anuales). En otros Institutos de la época, de nuestra zona o de otras, no era tan perceptible esa componente religiosa como en nuestro Instituto.

 

La segunda, la exigencia del uniforme. Y más que la exigencia en sí misma, que lo homologaba con casi todos los centros docentes privados y/o de la Iglesia, llama la atención el énfasis que se hacía en la vigilancia sobre la rigurosidad de esa uniformidad. Cualquier desviación respecto a lo tipificado como ‘uniforme’ era sancionable. 

 

La tercera, el control del comportamiento. La existencia del Muro y de la famosa Cartilla con los cupones… cuya eliminación actuaba como sensor del mal comportamiento dentro del Instituto. No he podido encontrar analogías a estos funcionamientos en otros institutos públicos de la época, siendo lo más parecido que he descubierto a los cupones, la existencia de una tarjeta individual mensual, también acartonada, en algunos colegios de monjas, que pinchaban con un alfiler los días correspondientes de las tarjetas en los que se habían producido conductas inapropiadas o indeseables de las alumnas.

 

Reservamos este apartado para las medidas estelares del comportamiento y dejaremos para otras posteriores, las relativas a Ejercicios Espirituales, uniformes y escudos, también excepcionales por su intensidad y/o rigurosidad.

 

 

1. El Muro.

 

Todos los estudiantes de INEMA, mejor dicho, los que estudiamos en el edificio de la calle de los Sitios, sabíamos lo que era el Muro. El nuevo y flamante edificio venía equipado con moderno mobiliario y material pedagógico (ver El Pensamiento Astorgano de fecha 31 de Agosto de 1963). No sé si dentro de dicho revolucionario material didáctico y pedagógico podríamos también considerar el Muro o éste fue, más bien, un aprovechamiento táctico que presentaba el inmueble. Me inclino por lo segundo… aunque la demostrada pericia de los expertos en pedagogía que aún anda desparramada por nuestras actuales aulas… a veces me hace dudar.

 

 

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Lo comentaré un poco para quién no tuvo la suerte de conocerlo o de disfrutarlo durante algún que otro recreo. 

 

Fundamentalmente el Muro era una zona pensada (no sé si de diseño o coyuntural) como una zona de castigo y exposición, que cumplía bastante fielmente con su cometido, que estaba a medio camino entre las mazmorras y el escaparate. Me explicaré… pero permítanme antes una pequeña digresión de algunos quehaceres cotidianos que también nos llevaban su tiempo.

 

En nuestro horario (plan de 1957), había un recreo de media hora, en que los alumnos podíamos salir a la calle a descansar, a comer el bocadillo… si lo teníamos, etc. y que los más golfos aprovechábamos para fumar un cigarro a escondidas. Lo de fumar venía de lejos, de muy lejos, ya de niños de pantalón corto todo el año. A veces conseguíamos robar al propio padre un puñado de cuarterón (que necesitaba del librito), o un celtas, y que nuestro padre fingía ignorar. Otras comprábamos en el Estanco de las Letras, frente a Santi Espíritus, cigarrillos sueltos (4 Ideales costaban 1 peseta, lo mismo que 3 Celtas o 2 Santillanas). Comprar por separado era bastante más caro,,, pero así evitábamos esconder el paquete… que abultaba bastante y no pasaba desapercibido, pues engañar a tu madre no era lo de hoy...

 

Fumar por la calle… no era difícil en invierno, pues ocultar el humo del cigarro en el bolsillo del abrigo no presentaba problemas en caso de tropezarte con un conocido de tus padres… excepto que éste quisiera achicharrarte a ti, a tu abrigo o a ambos y te diera más palique del que aguantaba encendido tu cigarro, sostenido cuidadosamente en tu mano para evitar la quemadura... pero que podía convertirse en un infierno. Se han dado casos de quemaduras… que nunca han llegado a adquirir la dimensión de incendio ni han necesitado del servicio de bomberos… pero si han requerido la compra de otro abrigo. Y no sería porque no entrenáramos la jugada… que la practicábamos desde todas las situaciones y casi con tanta intensidad como lo hace un jugador de baloncesto aspirante a ser bueno en eso de tirar a la canasta.

 

En los futbolines que había en la calle de la Cruz, casi enfrente de un bar de aquella época un tanto siniestro llamado “El Bodegón” podíamos fumar a cubierto de aquellas lamentables incidencias y pasábamos el tiempo esperando ver cómo podíamos jugar de gorra (porque no teníamos un céntimo) las bolas que a veces sobraban a otros, después de ganar la partida en grandes duelos. Partidas de 7 bolas a 50 céntimos, a una peseta o más, por partida, según el año, que la carestía de la vida crecía muy rápidamente. Así éramos y así nos comportábamos.

 

 

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Pero sigamos. Cuando había un mal comportamiento leve, es decir, que no requería el corte de los famosos cupones de los que hablaremos más adelante, eras castigado al Muro, uno o varios días. Nunca en horas de clase, sino en tiempo de recreo.

 

El miedo del alumnado hacía que El Muro funcionaba de manera autónoma, es decir sin vigilantes. Solo excepcionalmente cuando, por las circunstancias que fuera, El Muro presentaba ‘overbooking’, Don Abelardo siempre dispuesto a trabajar las 25 horas al día que le pagaban, se pasaba el recreo vigilando. No recuerdo que jamás transfiriera dicha responsabilidad a ningún otro profesor. Honestamente he de confesar mi convencimiento de que nadie como él podía igualarlo en las tareas de ‘poli malo’ que debía de tener encomendadas por la Superioridad.

 

Mientras los demás salían a la calle, los castigados bajaban al Muro normalmente con un libro para no aburrirse como pasmarotes durante esa media hora de recreo. Y poca broma con las gansadas desde el Muro… pues todos sabíamos que la estancia en él, era como un paso previo a la temible tala de cupones… El mal comportamiento te podía llevar al suspenso de una asignatura o más, e incluso la expulsión del Instituto, que por la vía de los hechos, significaba la expulsión de Sistema Educativo… habida cuenta de que no había otro sitio donde poder cursar Bachillerato en Astorga. Y había muy pocos institutos en la Provincia de León y del de Astorga dependían, nada menos que, las Delegadas de La Bañeza, Valderas, Hospital y Veguellina, Carrizo. O al menos así lo creíamos. Eran tiempos de poca broma con el tema del comportamiento.

 

El caso es que los castigados, que eran perfectamente visibles desde la calle, se podían convertir en la comidilla y el risoteo del alumnado, y no solo del alumnado.

 

Podía darse el caso, por ejemplo, de que llegaras a tu casa y tuvieras que explicar a tu madre por qué estabas hoy en el Muro… Y lo de menos eran las explicaciones que dieras. Era una pregunta retórica que estaba respondida en la misma pregunta.

 

El Muro parece ser que fue de las primeras ‘instituciones pedagógica’” que empezó a caer. Fue yendo a menos, poco a poco, hasta desaparecer hacia comienzos de la década de los 70. Esta década habría de traer grandes cambios en INEMA… que de alguna manera eran paralelos a los que comenzaban a producirse en la sociedad pre-democrática de España.

 

 

2. Los cupones.

 

La medida y control del comportamiento en INEMA tuvo un fuerte y efectivo aliado en los cupones de conducta, que juntamente con el mencionado Muro, complementaba el dispositivo de refuerzo a una  disciplina que muchas veces dejaba de ser vacua y gratuita para convertirse, simplemente, en arrogante.

 

Se pusieron en funcionamiento hacia el año 1959 o 60, funcionando el Instituto aún en la calle Padre Blanco/Rodríguez de Cela. En aquellos primeros tiempos el número cupones dados por Curso Académico eran solo diez.

 

Lo que cuento a continuación, es la poda de cupones más bestial de la que he tenido conocimiento. Así me lo ha contado un protagonista que prefiere mantenerse en el anonimato, nacido hacia la mitad de la década de los 40:

 

Recuerdo que la gimnasia, se hacía en campo de futbol del Astorga F.C., y estaban haciendo obras de acondicionamiento, por lo que D. Santiago Fuertes Franco, decidió darnos las clases en unas praderas próximas a la Plaza de Toros. Eran las primeras horas de la tarde, y ese día, D Santiago, se retrasó y nosotros, jóvenes inquietos, para entretenernos, no se nos ocurrió otra cosa mejor, que atacar un árbol repleto de relucientes membrillos, de una huerta próxima...

Joer !! Maldita sea !!...

Se saldó la broma con cuatro cupones menos por barba, salvo para los ‘meapilas’, que en mi generación, también los había.

Aquello fue una odisea.  La llegada a casa, con el 40% de la conducta deshonrada!!..

 

 

No sé si fue a raíz de esta pasada, o que la raza, fue/fuimos paulatinamente empeorando, o que las autoridades académicas apostaron por nuevos matices, o que se quedaban sin matrícula… pero el número cupones se dobló. Y ese aumentó debió de darse entre 1960 y 1963.

 

 

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La cosa funcionaba así.

 

A comienzo de cada curso nos daban un cuadernillo de notas (no el Libro de Escolaridad) que llamábamos ‘La Cartilla’, en el que constaba nuestra identificación como alumno con la foto y distintas hojas, una para cada profesor y/o asignatura.  Los profesores iban poniendo, en la hoja correspondiente a su asignatura, las notas y observaciones relacionadas con las salidas que hacíamos al encerado, que eran habituales, al comportamiento, etc.

 

No habían inventado lo de la Evaluación Continua, pero no había semana que no salieras una o más veces a responder a las preguntas o resolver los ejercicios que tocaran. Por cierto, era un buen ejercicio oral, que tal vez debería ser incorporado en las aulas actuales… para afianzar la ordenación de ideas, dicción, el ritmo y la entonación que exigen expresiones más largas y elaboradas que un simple ‘tuit’. Había, incluso, algún profesor que sacaba a todos los alumnos a la pizarra y allí les cosía a preguntas que ellos habían de responder. Con cada acierto se adelantaba un puesto y con cada fallo se retrocedía en la lista ordenada que se iba generando. Al final de la sesión… los alumnos estaban perfectamente ordenados por conocimiento en la materia.

 

La última hoja de esa cartilla, que debíamos llevar siempre a clase y no llevarla se sancionaba, era de tipo acartonado y de color, y aparte de otras informaciones, había veinte cuadraditos, premarcados para poder ser cortados individualmente. Eran los veinte cupones que tenías para cada año… y cuya ausencia, reflejaba, proporcionalmente, el mal comportamiento o conducta que tenías en el Centro. No se podía traficar con ellos, puesto que desde el primer día debían de estar debidamente rellenados. Por el anverso, con el nombre, apellidos, curso y número, y por el reverso, con la firma. Era usual el intercambio de cupones con los amigos una vez finalizado el curso, y también tenía efecto liberador deshacerse alegremente de aquello que habías estado protegiendo tan cuidadosamente durante todo el año.

 

Las pequeñas faltas, en mi época eran resueltas con la tala de un cupón. Normalmente cuando oías decir en clase, en alto, “Fulano (que eras tú)… tráigame la cartilla”… no era para dedicarle unas líneas a tu excelencia como alumno, no. Era que habías hecho algo desaprobatorio, o bien la sensibilidad o ‘mala leche’ del profesor, ese día, estaba sembrada… y perdías un cupón. O dos, si la cosa era más grave, como encararse y contestar mal, etc. Yo no llego a recordar ‘amputaciones’ superiores a dos cupones… pero haberlas, las hubo.

 

La poda de diez cupones significaba la suspensión de una asignatura y a partir de ahí, cada dos cupones quitados más se añadía otra asignatura suspensa. Si te quitaban los veinte se procedía a la expulsión del Instituto. Es más, cada año cambiaba su color para que no pudieran utilizarse los de un año para el siguiente. Al menos, eso pensábamos los alumnos.

 

Retrospectivamente, para ser fiel a la verdad, y a pesar de la congoja y el control que significaban para nosotros, he de decir que parece que el ‘coco’ de los cupones era más virtual que real. Ciertamente cumplía su función de intercambiar información entre el Instituto y la Familia respecto al comportamiento y de control. Pensábamos que la penalización con suspensos por retirada de diez o más cupones era real, pero lo cierto es que todo esto se transmitía por vía oral (supongo que convenientemente abonada por algunos profesores), sin constancia escrita… que yo conozca. Se decía que el cambio de colores anual, pretendía evitar la utilización de los de un curso para el siguiente. Es posible que fueran todo bulos para dar más consistencia a lo que no era más que un gran camelo.

 

De hecho, no tengo conocimiento de que tal medida fuera utilizada en otros institutos de la época, como tampoco lo tengo de ningún caso ‘real’ en que se procediera a suspender una asignatura por el efecto de los cupones. Y, por una especie de reducción al absurdo, de haber sido así, ¿cuál era la asignatura afectada?, ¿era aleatoria o se seguía un orden?, ¿estaría de acuerdo el profesor de la asignatura?, ¿y el Jefe de Seminario o Departamento?

 

Tampoco han dado resultados las averiguaciones llevadas a cabo con algunos profesores activos en la época, cuyo olvido o desconocimiento de los mismos es tan sorprendente que llevan a pensar que hubo algún tipo de ocultismo del tema respecto al profesorado joven.

 

 

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En resumidas cuentas, es como sí el tema de los ‘cupones’ hubiera sido una pesadilla singular que padecimos los alumnos, pero que no tuvo demasiado recorrido administrativo, es decir, totalmente alegal, que funcionó, al menos, desde 1958 hasta finales de los 60, que nos mantenían asustados y controlados… pero que no se recogían, centralizaban ni procesaban tras ser cortados, ni significaban suspensión de ninguna asignatura, ni se tenían en cuenta en las sesiones de evaluación de los alumnos... según me ha sido contado por algún profesor protagonista de la época. Reales e importantes, sí, pero tal vez sólo para los alumnos y alguno de los profesores más amantes de las esencias. 

 

Y recuerdo y cito ahora como por pura asociación de ideas, que Don Abelardo San Román fue Jefe de Estudios desde el curso 1959-60 (siendo Director Don Pedro Rodríguez) hasta el 1970-71 (inicio de Don Manuel Pérez Barreiro como Director). Fin de la asociación.

 

Por si el Muro y el sistema de Cupones fuera poco para el control del comportamiento interno, también se zonificaba el espacio de la ciudad por donde podían pasear los chicos y las chicas en tiempo de recreo... aunque esta medida fue, si no recuerdo mal, parcial en el tiempo, sólo hasta finales de la década de los 60.

 

Y además, determinados profesores y profesoras (y esto no es militancia feminista) amenazaban con sacarte el día siguiente a dar la lección (la amenaza velada era ponerte mala nota) si te veían pasear por la ciudad fuera del horario de clases, por la tarde/noche… tiempo en el que ellos suponían que tu debías de estar estudiando. Esto debió de ser hasta el año 67, tal vez 68, y, afortunadamente, no fue una costumbre generalizada.

 

 

Próxima entrega: 3.7. Mérida P. 1964-71. Hábitos y más…

 

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