Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 21/06/2018
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Ángel Alonso Carracedo
22/02/2018

Cosas de aquí

Guardar en Mis Noticias.

 

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Mi pueblo acoge seminario y cuartel. Sotanas y uniformes. Cruz y sable. Y por si no bastara, es sede episcopal. O sea, hacía las delicias del escritor Agustín de Foxá, adicto al régimen franquista, pero poseedor de una pluma cargada de tinta irónica y espesa, de las de excelencia, vamos. Decía el ínclito que  el mejor lugar para vivir era una ciudad con obispo y sin gobernador civil. De lleno daba ese torpedo en mi pueblo.


Mi pueblo es lugar solo para dos estaciones: el invierno y la del ferrocarril. Noches frías y largas instituyeron la costumbre provincial del filandón o calecho, según zonas. Para los no versados, eran reuniones de lugareños al fuego de la lumbre, principalmente en la cocina de la casa, la estancia más caldeada, en las que se contaban historias y sucedidos del lugar.  Seminario, obispo y cuartel eran veta inagotable de las observaciones de vecinos lenguaraces un tanto aburridos, ansiosos de distracción.


Leyendas, quizás sea término exagerado. Podemos llamarlas mejor anécdotas o chascarillos. No están en los libros. Carecen de épica. Figuran en el imaginario de la gente, contadas por algún antepasado con voluntad de gracieta, por encima de aviesas murmuraciones.   


De boca de mi abuela pude saber una. Me hizo gracia. A la capital de la provincia llegó el estreno de la película Gilda que, en aquella época santurrona, se convirtió en un hervidero de supuesto erotismo liberador. La expectación llegó a tal extremo que se organizaron desde el pueblo excursiones masivas en autobús para ver el film. Nada nuevo, por lo visto, inventó aquella fiebre de Perpiñán. Un transportista creyó encontrar el eslogan definitivo para el negocio redondo, y rotuló, a la entrada de su garaje, un cartel con el texto: hasta el obispo va detrás de Gilda. Ni que decir tiene lo que duró a la vista del público la ocurrencia de aquel aprendiz de Rockefeller. Allí que se presentó la pareja de la Guardia Civil, no precisamente con ánimo de comprar billete, y el infeliz dio con sus huesos en el cuartelillo, donde se supone, solo se supone, recibió la habitual ración de hábil interrogatorio.


Otra de procedencia familiar: en una plaza céntrica se ubicó uno de esos puestos estivales de ventas de melones tapado con una simple lona como toda protección. El encargado, todas las mañanas, cuando procedía al recuento de la mercancía, notaba la falta, por lo menos, de media docena de unidades del dulce fruto. Así, varios días. Escamado, recurrió a los vigilantes nocturnos. Estos se comprometieron con el tendero a poner la máxima atención en las horas oscuras. Pero la cosa seguía igual, y en sus reclamaciones a los agentes, éstos se empeñaban en aducir que vigilaban y no detectaban movimientos sospechosos. Que, seguramente, contaba mal. Herido en su orgullo, una noche decidió resolver la situación por sus medios. Se escondió en el puesto, y en hora ya cercana al amanecer, vio entrar dos sujetos. Se abalanzó sobre ellos con furia incontenible y, tras el intercambio de guantazos, logró reducirlos.  Y, ¡oh sorpresa!: resultaron ser los serenos. Los asió fuertemente del cuello y los llevó casi en volandas a la prevención del ayuntamiento. En el trayecto toparon con algunas personas que, incrédulas, preguntaban al melonero qué había pasado. Este replicaba: los llevo detenidos. Más incredulidad: los que debían apresar iban apresados. Y la gente redondeaba su curiosidad. Pero, ¿cómo os dejáis detener por un hombre sólo? Vaya protectores tenemos. Uno de ellos confesó, cabizbajo y dolorido: coño,  es que pegaba cada leche.


Una de militares no puede faltar. Al regimiento llegó un nuevo coronel. Las ordenanzas dictaban que el estreno de jefe en el acuartelamiento debe ser recibido con una diana floreada. Y se cumplió el trámite. El alto mando quedó satisfecho de la demostración de la banda de tambores y cornetas. Llamó a su director, un suboficial pequeño de estatura, pero fibroso. Tras felicitarle, quiso saciar su curiosidad. 


-- Oye. ¿Cuánto tiempo empleas en instruir a estos soldados en tocar la corneta?, le dijo el suboficial, sin apearse de la marcialidad del primer tiempo de saludo, contestó: entre mes y mes y medio, mi coronel.


-- Magnífico. Me gustaría que me enseñaras a tocar el cornetín de órdenes.


-- Con todo respeto – replicó el suboficial-, pero con usía tendré que emplear, por lo menos, un año. A usted, si se le escapa una nota, no le puedo pegar una h…..


He ahí un pedagogo.                           
                                                                                                                   
                                 

 

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