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Antonio Guerrero
22/02/2018

 La ética de la reciprocidad

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"El mayor mal moral es la ausencia de reciprocidad, al no evitar el mal ajeno no podemos impedir el mal propio"

 

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De las lecciones del maestro Aranguren, siempre adelantadas a su época, hay una muy interesante que describe a grosso modo la situación moral de la juventud actual. El paso hacia la modernidad llevó implícito el abandono de la ética de la tradición basada en las creencias religiosas para llegar a una ética subjetiva impregnada de un nuevo concepto de ‘lo bueno’ y ‘lo malo’ como fruto de la reflexión racional. Kant, por ejemplo, siguió esta ética individualista con un ‘debe ser’ al hilo de las decisiones del hombre, y hasta Kierkegaard lo adelantó al hablar de un nuevo existencialismo basado en la decisión individual. Este nuevo estado suponía un uso de ‘lo correcto’ y ‘lo incorrecto’ conectado a la realidad y no a la fe. Pero al mismo tiempo anticipaba un nuevo uso de la ética, el de la probabilidad, es decir según la intencionalidad humana. Un ser humano puede no regirse por ninguna razón más que por sus deseos para elucubrar qué es ‘lo bueno’. En uno u otro caso hablamos de un salto lateral en términos morales. No obstante Aranguren detectó una grieta. Según el maestro eso no es suficiente. Por naturaleza la ética es constitutivamente social. No es posible hablar de moralidades sin contextualizarla en un grupo humano. Por eso una ética individualista o subjetiva no es más determinante que la basada en lo consuetudinaria. De ahí el concepto de responsabilidad. La ética debe estar conectada racionalmente a la realidad, pero debe suponer un acto de responsabilidad para garantizar la supervivencia. Con esas bases construyó Aranguren la ética de la responsabilidad.

 

No obstante, más allá de esto, yo encuentro también necesaria la aparición de otra ética más urgente, si cabe: la de la reciprocidad. La ausencia de reciprocidad en nuestra sociedad define el estado moral de nuestro occidente, contaminado de individualismo sin contenido ni finalidad. Etimológicamente es la ‘correspondencia mutua’ de una persona hacia otra. Algo recíproco es aquello que se da como intercambio, devolución o compensación, de otra cosa; lo que expone acertadamente otro concepto: la solidaridad u hospitalidad. Gracias a la reciprocidad se vertebraban las relaciones interpersonales humanas. En una ocasión tuvimos algo llamado ‘ética de la reciprocidad’. Esta tuvo origen en la antigua Grecia y en la figura de Epicuro. Decía el filósofo que para conseguir la felicidad había que eliminar todos los posibles daños, de donde extrajo que para evitar el mal propio era imprescindible impedir el mal a lo ajeno. La ética de la reciprocidad se hizo estructural desde entonces en la cultura. En la revolución francesa fue elemental para provocar los cambios políticos. Por ello siempre hemos tenido asociado a nuestros conceptos de justicia e igualdad la importancia de ‘recíproco’. Lo justo siempre fue para nosotros aquello que también lo era para el semejante, ya que así llegábamos a un equilibrio moral. Sin embargo algo ha pasado en nuestro mundo. Ya nos somos recíprocos los unos con los otros. Ahora tenemos algo llamado ‘reciprocidad negativa’ que sería, según la antropología, cuando alguien obtiene un bien de otra persona sin estar dispuesto a una devolución y a través de trampas y engaños. Nuestros valores han cambiado y ya no nos fiamos de los semejantes. Es más, como damos por hecho que nadie va a ser recíproco nosotros no nos esforzamos en serlo tampoco. El problema es que la desconfianza mutua nos hace reservados, esquivos, individualistas y ausentes. La guerra de todos contra todos, y en cualquier momento, ya no nos hace personas libres ni felices. Por esta razón es de vital importancia constituir las bases de una ética de la reciprocidad lo antes posible para reestructurar nuestras relaciones éticas deterioradas.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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