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Eloy Rubio Carro
24/02/2018

La oscura tenacidad neolítica de La Cepeda

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Germán Suárez Blanco. Mitos ritos y costumbres de La Cepeda (León); Ediciones El Forastero S.L. 2017

 

 

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Estamos más ante un libro de costumbres que de otra cosa. Un libro por ello muy diverso, pues aborda, como en los libros de etnografía al uso, las fiestas de verano, invierno y su solsticio, las de primavera y las del otoño. En las primeras 43 páginas además de contarnos las peculiaridades festivas de una Cepeda rural y pobre, encuentra similitudes antecedentes con las fiestas de otras tradiciones, como la celta, la romana o de la Edad Media cristiana.

 

Esta repetición cíclica de las fiestas, de las estructuras o la morfología de los cuentos, de los actos estereotipados parece oponerse a la flecha de la historia (por no decir del tiempo). Es lo que Lévy Strauss denominaba "oscura tenacidad neolítica" de la que en opinión de Rousseau no debiéramos de haber salido. Ahora que los cepedanos han partido de los suburbios de la historia por una especie de nomadismo descreído del que solo regresarán algunos tras la jubilación, la sociedad cepedana habrá perdido sus tradiciones, sus fiestas, su modo de vida, un modo de vida que adaptaba sus mentalidades a una particular situación de pobreza, se habrá diluido en la historia. Libros como este no salvarán ya la añoranza de aquel tiempo ido, que era originario y originante, pero serán recuerdo y ejemplo de la variedad invariable que dio estilo a estas sociedades rurales.

 

Ya sabíamos que muchas de esas celebraciones suelen disimular antiguas fiestas paganas, pues se trataba de un similar mundo rural. Además de estos vínculos ligados a las regularidades anuales de la Naturaleza, Germán Suárez viene a aportar la particularidad cepedana, y sobre todo su idiosincrasia lingüística; por eso en esta primera parte pueden gozarse con muchísimo interés las notas a pie de página que aclaran términos o despejan algunas idiosincrasias dialectales.

 

Por este ciclo anual marcado por los solsticios y equinoccios, desfilarán duendes y trasgos, los busgosos (el señor Del Bosque), o Ventolín, “un duende extremadamente pequeño que flota en el aire y suele verse a la luz de la luna. Se concibe como un remolino de viento”.

 

A la par nos va informando de las costumbres campesinas en ligazón a la fiesta. Así por San Juan, época de mucha actividad campesina, se hacía “la siega de la yerba”, junto con la del pan.

 

En esta descripción de las fiestas accedemos a términos olvidados e inoperantes para una mentalidad urbana: ‘la ralba’, era la primera  arada y ‘bilna’ o ‘bilma’ la “segunda que se daba a los campos para esponjarlos y eliminar las malas yerbas”.

 

Capítulo aparte, además de San Juan, entre las fiestas de verano es el dedicado a San Lorenzo y los incendios (21) con la costumbre de tocar las campanas “a rebato llamando a todos los habitantes a colaborar en la extinción de incendios”. Al final del libro hay un capítulo dedicado a los ‘toques de campanas’ y sus significados (247)

 

Pronto la Navidad y los ritos de invierno (25) con su costumbre ancestral de intercambio de regalos y las celebraciones propias de estas fiestas; las hogueras, los ramos de navidad. Era el momento en que “se cantaban  y puxaban  los ramos”, coplas irónicas en torno a los sucesos más destacables del año que acababa.

 

Otra fiesta importante era la de la Candelaria (83), del 2 de febrero: “Los fieles acudían a la misa de este día con las velas, que son bendecidas solemnemente por el sacerdote y a continuación se hace una procesión entre dos iglesias o por el interior de la misma iglesia, con las candelas encendidas. Estas velas se consideraban sagradas y se usarán, entre otros conjuros, contra el maleficio de las tormentas.” 

 

 

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Cuando trata de las fiestas de primavera son tan interesantes las notas de los términos agrarios utilizados como el texto en sí. Los carnavales de La Cepeda, quizá por el colorido de imaginación extralimitada de los del Órbigo cercano, eran una fiesta menor, “aunque no faltasen el ‘desfile de guirrios’ con sus máscaras de tela o cartón y sus vestidos blancos, un poco fantasmales. Armados de vejiga de cerdo hinchadas y atadas a una vara, tocan con ellas a las mozas que encuentra a su paso en ancestral rito de fecundidad". También se da noticia del ‘desfile de los menores’: niños que disfrazados de guirrios y armados con jeringas iban de puerta en puerta pidiendo para una fiesta propia.

 

Por la dieta de la cuaresma cepedana comprendemos lo rigurosos y esclavizados que fueron algunos tiempos pasados. La nota nº 38 perfila esa esclavitud moral: “En 1939 llego al obispado de Astorga la carta de un párroco que decía: “ahora que hemos ganado la guerra… ¿Por qué no restauramos la Inquisición?" 

 

Sabremos del ramo florido a las mozas en el alba del domingo de Pascua y de la broma pesada de poner un gran ramo en el tejado de alguna anciana o de una mujer de mal carácter, considerada un cardo, y de otras supersticiones asociadas a esa época del año.

 

Por el otoño, los magostos, los filandones, la peregrinación a la Virgen del Camino a la Feriona del Ganado de San Froilán eran ritos acostumbrados en esas tierras cepedanas.


 
Una sociedad, dice Joseph de Maistre, es ante todo un entramado de fiestas, a lo que habría que añadir, un ajuar de mitos y costumbres. Cuando Niguel Barley en  ‘El antropólogo inocente’ dice que de los Davoyanos no espera sacar nada, aguardará estoicamente el inicio de las fiestas de la circuncisión para apuntar alguna cosa en su cuaderno. Esto es lo que encontramos en el libro de Germán Suárez Blanco, un modo de vida amarrado a las fiestas, a las costumbres, o  al lenguaje; una lengua de una época periclitada mariposea por el libro ahondando en la esencia de lo que era. Ese lenguaje que requiere de unas valiosísimas notas a pie de página enriquece por encima de todo este escrito.

 

Sobre usos y costumbres cepedanas se dan datos en abundancia; así en la página 51 se describen las particularidades de los entierros cepedanos. Para velar al muerto eran necesarias instituciones como ‘la Confradería de la Vera Cruz’ de Villarmeriel, una cofradía de difuntos encargada de los menesteres de la muerte de sus cofrades. Después del entierro: “una vez que había sido allanada la tierra sobre el túmulo, a los asistentes se les invitaba al confuerzo (< cogorza), consistente en una comida a base de pan y chicharros en escabeche, regada con abundante vino” (53)

 

También “las ‘anovenas’, con misa y rosario diarios por el alma del difunto, seguían indefectiblemente al día del entierro.”


Sobre la celebración del ‘Día de Todos los Santos’ y el ‘Día Difuntos’ con sus respectivos “rezos, toques de campanas y encendido de luces”.


En relación con la muerte proporciona unos relatos de aparecidos de ánimas en pena reclamando a sus deudos las misas o “las velas que debían de un exvoto a tal o cual de los Santos”. O de la fantasmal y tan temida Guestia o Güesta, la famosa Santa Compaña o Estadea gallega.

 

 

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Se pasa revista al culto (77) con la intercesión de los bienaventurados, los sacramentales, las procesiones, el rezo del rosario, la veneración de las reliquias, las visitas a santuarios, peregrinaciones, el Viacrucis, las danzas  religiosas, las medallas, etcétera. Pero también trata de los seres demoníacos, las blasfemias, y los juramentos de los borrachines.

 

Era costumbre competir ”en los rezos invernales a ver quién se acordaba de más nombres de la Virgen”, o tambien por el ”repertorio de blasfemias de que hacían gala los quinceañeros” en busca de la más altisonante…

 

Merecen capítulo aparte los ritos y costumbres asociados a 'San Blas y la garganta' (83), al 'Ángel de la guarda y el demonio tentado'r (91), con una abundante retahíla de oraciones y conjuros.

 

Todavía hay espacio para abordar los mitos y ritos relativos a la sociedad agrícola cepedana, o el del Reñubeiro y Santa Bárbara (97), las costumbres y creencias asociadas a la prevención del rayo (102) o las velas de la Candelaria o las del monumento del Jueves Santo, los efectos sanadores de ponerse en la boca la piedra del rayo o la superstición de plantar dos fresnos para conjurar la chispa, o el repique de campanas y las coplas del Reñubeiro. 

 

En la página 107 se trata de la fiesta de San Antonio, el Trasgo y el Sumicio, con una curiosa explicación sobre la propagada enfermedad del Alzheimer. “El Sumicio (a diferencia del trasgo) no se limita a cambiar las cosas de sitio ni siquiera a hacerlas desaparecer para siempre..., tiene poder para hacer daño a las personas, especialmente niños y ancianos, ‘sumiendo-le’,  es decir extrayéndoles poco a poco su espíritu vital o sus recuerdos: “este neñu simiuse n-el último mes”, “el tu abuelo sta sumío, paez que lo desinchonun”,  “sumiúseye la cabeza y nu se acuerda de na”.

 

Hay otros mitos y ritos ligados a San Antonio, pero destacamos una nota de costumbre, la 89, muy curiosa y simpática: “Si se invocaba a San Antonio de Padua para asuntos matrimoniales, ponían su imagen cabeza bajo o le escondían al niño, no restituyendo la posición normal hasta no haber conseguido lo deseado.”

 

Capítulos sobre bendiciones y maldiciones, sobre la costumbre del pan bendito y la paz, la bendición de las cosechas con las rogativas y las letanías de los Santos. Las blasfemias, juramentos y maldiciones, asuntos de brujas y curanderos con las supersticiones adscritas: “cualquier individuo demasiado pecoso, con el cabello rojizo, con un ojo de color distinto al otro, o con alguna mancha en la piel era sospechoso de brujo o de hechicería”. Pero también desvela 'el Dioscorides popular cepedano': las propiedades del manrubio, y el sigilo con que se utilizaba; la retama, el agua de cocer raíces de zarza o de ortigas o de la corteza de roble o de la urz albar, siempre acompañadas de respectivos ensalmos.

 

 

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Es interesante el capítulo dedicado a Sencil, un pueblo cuya desaparición dio lugar a una leyenda. El autor aprovecha la ocasión para ilustrar cómo se forja un mito, aportándo los elementos que lo estructuran y hacen posible su aparición.

 

Finaliza el libro con una recapitulación de la economía y sociedad cepedana y otras costumbres como son la hospitalidad, la recolecta de urces, con recuerdo especial para los oficios nómadas: estañadores, cacharreros, segadores, afiladores, capadores, los pobres y la costumbre del ‘turno rotatorio’ para el alojamiento de los mendigos denominada ‘el palo de los pobres’.

 

Otras usos son la cuelga, los préstamos y embargos, las subastas, conrroblas y almonedas, los cortejos, los noviazgos y la boda, y los impedimentos por consanguinidad; los galocheros, los tañidos y tilinteos o el silencio de las campanas.


Todo ello hace de este libro un escrito delicioso para leer en compañía de los paisanos y familiares que aún hayan podido ser testigos de aquellas gentes y sus tradiciones. 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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