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José Luis Puerto
24/02/2018

En el nombre del padre

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Manuel Vilas; Ordesa. Editorial Alfaguara 2018

 

 

 

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‘Ordesa’ es un libro hermoso del escritor aragonés Manuel Vilas. Es un canto al existir verdadero, al existir a ras de tierra, ese que nos toca a casi todos los mortales. Es un homenaje al existir de los padres (la figura del padre es el verdadero talismán de este relato), a esa vinculación que nos liga con nuestros progenitores (“Sin el semen y el óvulo no hay nada”), donde, acaso, se halle siempre el sentido del ser humano.

 

‘Ordesa’ puede ser entendido como narración, como memoria, pero, también y sobre todo, como confesión, que participa, al tiempo, de la celebración y de la elegía, hilos que va trenzando el autor de continuo en el transcurso de la obra.

 

Para que entendamos ‘Ordesa’, Manuel Vilas va diseminando, en el transcurso del relato, algunas claves a través de las que podemos, como lectores, trazar nuestra propia cartografía.

 

Estamos ante una narración que se va configurando mediante elementos episódicos, que, al irse enhebrando en el relato, logran un efecto intensificador e iluminador, mediante instantáneas, sobre lo que ha sido la familia arquetípica española de los años del franquismo e inicios de la democracia en nuestro país, esa clase media-baja (en realidad, baja), como de continuo nos va indicando el autor.

 

Dos de estas claves o estrategias de que se sirve el escritor son la narración desordenada, heredada de la madre (“Mi madre era una narradora caótica. Yo también lo soy. De mi madre heredé el caos narrativo”), y el uso de la verdad como materia literaria (“La verdad es lo más interesante de la literatura. Decir todo cuanto nos ha pasado mientras hemos estado vivos. No contar la vida, sino la verdad”). Una más, importante y decisiva para la categoría artística del libro, es la fluidez del lenguaje, siempre marcado por su levedad y su vuelo, sin concesión alguna a lo plúmbeo, y también la amenidad y el deleite que la historia (las historias) nos provoca. Son recursos todos ellos que nos encandilan y nos dejan prendidos al acontecer de lo narrado.

 

El autor convierte el existir, con todos sus claroscuros, en música. De ahí ese recurso de adjudicar a cada personaje el heterónimo de un gran compositor clásico. Juan Sebastián Bach y Wagner son los que elige para el padre y la madre respectivamente.

 

El padre es el verdadero talismán de esta obra, que podemos entender como un homenaje al padre, ese kafkiano viajante de comercio, con su secreto vitalismo, sus manías, su parquedad en la expresión de los afectos, su nula queja y aceptación del dolor y de la muerte…, que nos lo convierte en un verdadero representante del estoicismo español.

 

No es casual que se interese por las historias de “Coliflor”, uno de los alumnos del hijo, ni que tenga un imán cordial y anímico para atraer hacia sí a todos los seres humanos que viven en la desgracia. Pero también es conmovedora la figura del boxeador Perico Fernández, con el que da el autor en el fango de la desgracia. Y conmovedora (y piadosa, en el sentido zambraniano) es la actitud del autor, a lo largo de todo el libro, ante los seres humildes que sufren la historia, sus padres entre ellos.

 

La figura de la madre, con su vitalismo caótico, también es fascinante. Los padres, tras su desaparición física, actúan de continuo como verdaderos ángeles tutelares del hijo. Es su conciencia cordial la que los tiene de continuo presentes en su existir, acompañando tanto sus momentos críticos (alcoholismo, divorcio), como dichosos. Lo mismo que a los hijos (Bra y Valdi), pese a que los sienta en su lejanía, entregados a sus vidas propias…

Estamos ante otra radiografía del desmoronamiento de la familia. Ya lo fue, en su momento –en nuestra transición– la película ‘El desencanto’, en la que la viuda y los hijos mataban despiadadamente al padre (Leopoldo Panero) y, de paso, radiografiaban la descomposición familiar.

 

Pero aquí, en ‘Ordesa’, la propuesta es distinta. Al tiempo que se nos habla de la descomposición y desmoronamiento de las dos familias del autor-narrador (la de sus padres, por el paso del tiempo; la suya propia, por el divorcio), hay una actitud de celebración, de percibir lo que merecía la pena cuando se estaba produciendo, pese a que, muchas veces, no nos diéramos cuenta de ello.

 

La melancolía de los poemas que cierran el libro (al padre, a la madre, a un hijo, al momento en que incineran el cuerpo paterno…; algunos funcionan a modo de oración) es una rara perla, que nos conmueve.

 

Y aun cuando solo podamos dejarlo apuntado, hay en esta obra también –y qué importante nos parece– reflexión y pensamiento, sobre la sociedad, el sentido humano, la pobreza (“la pobreza como fundamento colectivo”), la codicia, el dinero, el silencio, la soledad, el cristianismo (religión del padre y el hijo, y que, por ello, asienta en lo arquetípico humano)… Y, siempre, una atención hacia lo humilde y cotidiano, lo que está al alcance de todos y en lo que reside nuestra salvación y nuestro sentido.

 

Hay en ‘Ordesa’ una función catártica de la memoria. Todo el relato conduce hacia una purificación de lo vivido. Lo aragonés y buñuelesco –esa cierta hipérbole y desmesura para acentuar e intensificar lo esencial de lo vivido– están también presentes.

 

Pero, sobre todo, no hay aquí un divorcio entre la literatura y la vida, sino que están íntimamente interrelacionadas. Al final, lo comprendemos: esta escritura es, antes que otra cosa, un acto de amor. Pues por el amor está marcada.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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