Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 18/08/2018
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Guillermo Carrizo Valcarce
27/02/2018

El muro del olvido

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La pequeña y tranquila población de Villarroquel fue el escenario de atroces y macabros crímenes durante la Guerra Civil, hoy prácticamente olvidados.

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El pueblo de Villarroquel, en cuyas inmediaciones se unen las aguas de los ríos Luna y Omaña, bien podría considerarse la antesala de la Ribera del Órbigo. Hoy en día apenas cuenta con 32 vecinos censados y la vida de los lugareños discurre en una apacible calma, solo interrumpida levemente durante los meses de verano, con el retorno de los emigrados. En los años treinta, la localidad vivía tiempos de cierta pujanza y de explosión demográfica, aunque sin llegar a rebasar nunca la cifra de 200 habitantes. Sin embargo, el año 1936 marcaría un antes y un después para el vecindario. Comenzaba una época de carestía, miedo y represalia.

 

Y es que desde el primer momento la Ribera del Órbigo quedó en manos de los rebeldes, que mantuvieron a raya a las poblaciones de la comarca mediante el terror. Grupos de falangistas exaltados, procedentes de Benavides y Veguellina, requisaron los pocos vehículos que encontraron en la Ribera - entre ellos la camioneta del ti Juanón de Gavilanes de Órbigo - y comenzaron a realizar rondas nocturnas por los pueblos del entorno, en busca de enemigos políticos. Previamente se habían confeccionado una serie de listas, en las que se catalogaba a los vecinos según su mayor afección o desafección al Movimiento Nacional.

 

El rugido nocturno del motor de la “camioneta de la muerte” sembró el pánico por toda la Ribera durante los primeros compases de la Guerra. Un piquete armado se presentaba a deshora en ciertas viviendas y se llevaba a las personas que aparecían señaladas en las listas. Si no encontraban a quien buscaban, algún familiar solía ocupar su lugar. Posteriormente, los que habían sido apresados - la mayoría no superaba los 25 años - eran conducidos al Muro de Villarroquel, un paredón de hormigón a orillas del río Luna. Allí, sin trámite alguno, se les fusilaba, arrojándose luego los cadáveres al agua. Las descargas nocturnas sobrecogían al vecindario de Villarroquel, que tuvo que convivir durante la contienda con el sonido de la muerte. En ocasiones, el enseñamiento alcanzó cotas intolerables, pues se llegó a poner en práctica un macabro ritual mediante el cual se maniataba a dos presos juntos, abriendo fuego solo contra uno (supuestamente para ahorrar munición), provocando que el peso del muerto arrastrase a su compañero bajo las gélidas aguas, ahogándolo.

 

 

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Los asesinatos, que bien pudieron segar la vida de docenas de personas, eran un secreto a voces. De hecho, la corriente arrastraba los cadáveres río abajo, siendo rara la semana en que no aparecía alguno en los pueblos de la Ribera baja. Cuando esto sucedía, las autoridades locales enterraban rápida y discretamente los cuerpos en los cementerios (en un recodo de tierra sin bendecir) y se corría un tupido velo sobre el asunto, sin siquiera registrarse las muertes en el Registro Civil.

 

La Guerra pasó y los asesinatos se convirtieron en un tema tabú para los vecinos de Villarroquel y alrededores. Sin embargo, el Muro allí permaneció, como un símbolo siniestro de una oleada de terror sin precedentes. El olvido se cernió sobre aquellos sucesos hasta hoy. Inexplicablemente, apenas unas pocas publicaciones locales han citado al Muro como punto negro de la represión en la provincia, sin aportar apenas datos y sin prestarle mayor importancia.

 

En la actualidad, todo transcurre en calma en Villarroquel. Tal vez demasiado, a causa de la despoblación de la zona. Pero aún permanecen los ecos de aquellos sangrientos y trágicos sucesos de 1936.

 

 

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Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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