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Catalina Tamayo
2/03/2018

A propósito de la igualdad

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“…y, al ser todos, por nacimiento, iguales y libres,…” (Rousseau, El contrato social)

 


La igualdad, como la libertad, la solidaridad y también la justicia, es un ideal regulativo, no siempre cumplido, de la cultura occidental. En general, la igualdad es un valor señalado en la contemporaneidad por los principios que rigieron la Constitución de los Estados Unidos de 1787 y la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789. Conviene recordar que esta Declaración, promovida por la Revolución francesa, está en deuda con las Leyes Nuevas de las Indias que, por impulso de Bartolomé de las Casas y Francisco de Vitoria, España promulgó en 1542 para proteger los derechos de los indios, mejorar sus condiciones de vida y sobre todo prohibir la esclavización. Este valor tiene como característica su pretensión de universalidad. Esto quiere decir que la igualdad no vale solo para los occidentales sino que vale para todos los hombres: todos los seres humanos, no solo los europeos o los norteamericanos, somos iguales en cuanto a derechos y deberes. Zygmunt Bauman, sociólogo, filósofo y ensayista polaco, en su obra Europa dice: “La característica distintiva de los valores europeos es creer que los valores tienen sentido solamente si se considera que incluyen a todo el mundo, y son indefendibles a menos que se apliquen a la humanidad en su conjunto”.

 

En nuestro país, recientemente, una parte de la izquierda habla con profusión de la igualdad para referirse sobre todo a la igualdad entre hombres y mujeres. Reivindica la igualdad entre hombres y mujeres en el mundo laboral, en particular en lo que se refiere a los salarios y a los puestos de trabajo más altos. Parece ser que en la empresa privada, no así en la función pública, que hasta donde yo sé eso no ocurre, a las mujeres se les paga menos salario que a los hombres desempeñando el mismo trabajo, y por si esto fuera poco, con la misma valía o acaso más que los hombres, lo tienen mucho más difícil que estos para acceder a los puestos de responsabilidad. Y todo por el hecho de ser mujeres. Pues si esto es así, que bien puede ser, mal, muy mal. Totalmente condenable. Y sobran las explicaciones, casi ofenden. Así que hace muy bien este sector de la izquierda en denunciar esta desigualdad. Es más, todos deberíamos hacerlo. Pero se echa de menos que esta misma izquierda no tenga igual sensibilidad para otras desigualdades tan sangrantes como esta, que también se dan, y que no las denuncie con el mismo fervor. Me refiero principalmente a la desigualdad que padecen las mujeres fuera de nuestro país, en concreto en algunos países islámicos, y a la desigualdad que existe entre los ciudadanos –tanto hombres como mujeres– de las distintas comunidades autónomas de España.

 

En cuanto a la desigualdad de las mujeres, quiero informales, aunque quizá ya lo sepan, que hasta hace solo unos meses, en Arabia Saudita, a las mujeres no se les permitía conducir libremente el coche, y si alguna se atrevía a ponerse al volante, era castigada, a veces con diez latigazos. Más aún, en este mismo momento, en Irán, otro país islámico, debido a la implantación de la República Islámica en 1979, las mujeres, a diferencia de los hombres, no pueden vestir como quieren: si no llevan el chador (la túnica negra que las cubre desde los pies a la cabeza), están obligadas al menos a cubrir su cabello con el hiyab (un pañuelo sencillo que suele ser de color blanco). En diciembre del año pasado, algunas chicas se atrevieron en lugares públicos a quitarse el hiyab y a agitarlo en el aire en señal de protesta, aunque después este gesto les supuso el castigo de hasta dos meses de prisión. Sin embargo, estas solo son algunas, y no son las más graves, de las numerosas desigualdades que vienen soportando las mujeres en los países islámicos.

 

Tampoco carece de importancia la desigualdad que en nuestro país se viene dando entre ciudadanos de distintas comunidades autónomas. Para empezar, no todos los españoles tenemos acceso a los mismos servicios sociales. Hay comunidades autónomas que, por ser más ricas, prestan más servicios sociales que otras, que no cuentan con tantos recursos. Con lo cual, no es lo mismo vivir en una comunidad que en otra. También hay desigualdad en el acceso a un puesto de trabajo en la función pública. Los españoles de las comunidades autónomas con lengua propia tienen ventaja con respecto a los que pertenecen a las comunidades que no la tienen. Por ejemplo, los profesores de enseñanza secundaria de las comunidades autónomas que carecen de lengua propia lo tienen muy difícil para poder ganar una plaza de profesor en las comunidades que la tienen, como Galicia, Cataluña, Valencia, Islas Baleares o el País Vasco, porque en estas comunidades se ha establecido el saber dicha lengua como requisito indispensable para poder optar a las plazas de profesor que ofertan. En cambio, los profesores de las comunidades autónomas con esta lengua que se presenten a las oposiciones de enseñanza en las comunidades que no la tienen concursan en las mismas condiciones de igualdad que los opositores de estas comunidades, porque estas, no pueden establecer como requisito indispensable para acceder a las plazas que ofertan el conocimiento de su lengua propia, puesto que carecen de ella. Como se ve, esto no cuadra, no se ajusta, no es justo. Hay quien alega, lo he tenido que escuchar más de una vez, que es lógico que para trabajar en la función pública de una comunidad autónoma con lengua propia es necesario saber esta, de la misma manera que si uno pretende trabajar en otro país, por ejemplo, el Reino Unido, resulta indispensable saber inglés. Pero el caso es que donde algunos profesores pretenden trabajar, bien en Cataluña, Galicia, el País Vasco, las Islas Baleares o Valencia, no es otro país, es España misma, y todo el mundo sabe el castellano o español. 

 

Con todo, una determinada izquierda no clama contra estas desigualdades ni las denuncia. Y si no lo hace, no es porque no las vea, que las ve, cómo no iba a verlas, sino porque hay algo en ella que se lo impide. Me refiero a algunas de las complicidades que ha ido adquiriendo en los últimos tiempos: la complicidad con el islamismo y la complicidad con el nacionalismo. La complicidad con el islamismo no le deja condenar la desigualdad de la mujer en los países musulmanes y la complicidad con el nacionalismo le impide criticar la desigualdad entre los ciudadanos de las distintas comunidades autónomas que se da en nuestro país. 

 

No obstante, la consciencia de que soy humano, un ser contingente, finito, limitado, me hace no estar seguro de cuanto acabo de decir. Así que dudo, y digo con Camus, no sin cierto dolor: “Si la verdad residiera en la derecha, yo estaría allí”, porque, y también sostengo, ahora con Aristóteles, soy amigo de Platón, pero más amigo soy de la verdad.

 


 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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