Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 26/09/2018
Secciones
Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Mercedes Unzeta Gullón
2/03/2018

El agua torrentera acaba puliendo las piedras

Guardar en Mis Noticias.

 

[Img #35199]

 

 

La naturaleza repartió como quiso las capacidades humanas. Al hombre le dio la fuerza física, la simplicidad, el afán de dominar… y a la mujer la inteligencia emocional, la intuición, la ductilidad…

 

Hubo una época, allá por los años miles, en que las cualidades de la mujer eran más consideradas que la fuerza bruta, y la mujer llevaba la batuta de la sociedad porque en su poder estaba la magia de la procreación y la astucia de la razón. En ese momento podíamos decir que la mujer era como el papel que envolvía la piedra  en el juego de ‘tijera, papel o piedra’. La piedra representa naturalmente al hombre.

 

Pero los hombres, cuya única función en la vida era utilizar su fuerza física para luchar, con los puños y con las armas, contra otros hombres, ellos, que sabían manejarse en la lucha de igual a igual, se tropezaban ante la incertidumbre de cómo competir contra la fuerza intangible de las mujeres. Las mujeres no utilizaban las armas que ellos conocían bien y con las que triunfaban en el campo de batalla habitual. Ante este terreno diferente ellos se encontraban confundidos en la confrontación, disminuidos, perdidos. Ellas acababan ganando siempre porque su fuerza no se podía atravesar con una espada, su fuerza estaba en su alma.

 

Y surgió el miedo. Los hombres empezaron a sentirse temerosos de aquella lógica inquebrantable de las mujeres que no llegaban a comprender, y de su fuerza invisible que las hacía superiores.

 

Y el miedo, a esa inferioridad que sentían, arrastró a los hombres a confabularse para cambiar la situación. Ellos necesitaban a las mujeres pero se sentían muy incómodos ante la consideración de su fuerza bruta como un valor de interés secundario. Su fuerza daba beneficios inmediatos, como el ensanchar los territorios o acabar con el enemigo, y ya que eran ellos quienes conquistaban las tierras también querían mandar sobre ellas. Ni doblegados ni intimidados por las veleidosas mujeres.

 

Así que decidieron cambiar las tornas y ser ellos, los bravos, belicosos y osados hombres, quienes llevaran la batuta. Para conseguir su objetivo llegaron (no sin cierto esfuerzo) a la conclusión de que la unión hace la fuerza y así constituyeron las dos corporaciones más necesarias e importantes para sus fines: un grupo establecería las reglas de la sociedad, y con ello iban a poder tener controladas y sometidas, bajo estrictas medidas reguladoras, a las indomables mujeres; y, el otro grupo, pondría toda su osadía en controlar aquello que su naturaleza no les permitía ni ver ni entender, lo más difícil de dominar, lo intangible, lo dúctil, lo sagrado, el perverso espíritu femenino.

 

De esta manera surgieron, conchabadas, las dos fuerzas dominadoras del mundo: la política y la Iglesia. Todos los hombres mancomunados para conseguir reducir el poderoso y temido potencial de la mujer. Y lo consiguieron. Los unos mermándoles sus derechos como ciudadanas y dirigiendo el dinamismo femenino hacia la utilidad masculina personal; y los otros introduciendo el miedo en el alma a base de fantásticas teorías sobre las calderas de Pedro Botero, el pecado, los infiernos…, y prometiendo los maravillosos cielos si se sometían a los designios masculinos. Indiscutiblemente, en esas teorías pecadoras la mujer siempre era la culpable y la mala. Y la mujer se adaptó a esa situación por comodidad o por inteligencia. Seguramente decidió que en ese momento no tenía armas suficientes para combatir el nuevo orden de las cosas.

 

La mujer es agua y el hombre es piedra (como creo que dicen los orientales ¿o lo digo yo?). La piedra es dura, firme, inamovible, mientras que el agua es flexible, activa, adaptable, encuentra siempre una fisura de escape en las barreras. La piedra es obstinada y resistente, el agua es complaciente y dúctil. La piedra aporta firmeza y solidez a la estructura de un edificio, el agua aporta la vida y el bienestar a los habitantes de su interior. El agua y la piedra son un complemento perfecto para una ideal armonía. ¿Por qué descompensar el equilibrio?

 

Pues… porque… en términos generales la genética ha hecho al hombre egoísta y a la mujer generosa (claro, dentro de esa base están las múltiples variantes culturales y sociales). Si el hombre es egoísta por naturaleza (y miedoso) y es él quien hizo las reglas del juego social, no es de extrañar que dejara a la mujer fuera de juego para hacer su juego. Y la mujer se acomodó como pudo a las nuevas reglas.

 

Pero, para compensar la falta de músculos arrogantes y la indefensión personal que supone el hecho de engendrar vida, la naturaleza otorgó a la mujer la sutil inteligencia de la intuición, la fantástica experiencia de la emoción, y  la hábil destreza de la deducción. Capacidades importantes y engañosas en cuanto a la resistencia y la potestad.

 

El agua es vida, la mujer es vida. La sociedad (reglas masculinas), si fuera inteligente, debería cuidar a la mujer como debería hacerlo con las arterias de vida principales de la tierra que son los ríos. Si el agua de los ríos corriera libre y limpia de las basuras que se le vierten, la naturaleza sería mucho más agradecida con el género humano; y lo mismo pasaría aplicado a la mujer. Si la sociedad dejara libre de prejuicios y perjuicios a la mujer, el hombre aprendería a ser más sabio y más feliz.

 

Y siguiendo con la metáfora de la mujer-agua podríamos afirmar que la mujer ha empezado a mover sus aguas y a buscar fisuras entre las piedras del pantano en donde ha estado recluida y ahora va a ser difícil retenerla, ya no va a haber quien la detenga. Le ha llegado el momento de recobrar su libre naturaleza y en esa imprescindible, y aguardada, liberación está dispuesta a arrasar con cualquier obstáculo que se le ponga por delante, grande o mínimo. Tanto inmovilismo ha motivado la acumulación de un gran potencial irritado. Parece que empieza a romperse el dique de contención.

 

¡Que se preparen las piedras, que pueden llegar a ser arrolladas, volteadas y pulidas por el agua que viene torrentera!

 

Una lástima porque la ley del péndulo nunca ha sido buena. El equilibrio es lo más sabio y más satisfactorio, pero… cuando hay obstinación hay vehemente reacción.

 

O témpora, o mores

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
© 2018 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress