Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 25/05/2018
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José N. Fuertes Celada
3/03/2018

Rilhafoles nº 6. La mirada que oculta el panóptico

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En este número Rilhafoles se ha hecho mayor, se ha vuelto monográfica, huye del disparate y del absurdo, pero mantiene el misterio de su sentido y autoría. Con inquietantes fotografías de Elena Rodríguez y un estrafalario almanaque de Antonio Toribios, persevera en su homenaje al célebre enajenado Àngelo de Lima.
Rilhafoles solo podrá encontrarse si hay suerte en la librería Galatea de León.

 

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Ya está en la calle el sexto número de Rilhafoles, la revista desplegable que se adscribe al Círculo de Lisboa. El  Círculo de Lisboa es inhallable y es lo que le queda a Rilhafoles de misterio, una especie de círculo de tiza caucasiano que la salva. Lo demás, todo lo demás, ya ha sido dicho, pues tiene por detrás una historia de cinco números que la hacen rastreable y predecible. Tiene mérito que a cada número se encuentren más huellas de mi investigación sobre la propia revista que de la revista misma. Quizás ocurra, como decían los filósofos empiristas, que no pudiéramos acceder a la realidad si no es de una forma mediada, mediatizada. Insisto aquí, a quién le llegue por primera vez, que haga un experimento consigo mismo, que empiece a indagar sobre Rilhafoles en las redes sociales y luego rebusque y cuente. Se encontrará a sí mismo y esto es mucho; pero también se encontrará con que es la confederación de sus almas, de la que habla Janet, en la suya propia. Comprobará entonces que es Àngelo de Lima, que es Borges en un pasaje de 'El Inmortal', "será Homero, en breve será Nadie, como Ulises, en breve será todos: estará muerto" y descubrirá nada menos que el sentido del Círculo de Lisboa. Desvelaría así el doble misterio, el de Rilhafoles y el de la medida humana para soportar la realidad.

 

Como viene siendo habitual la revista tiene dos modos estéticos: plegada y desplegada. En ambos casos parece la misma revista, salvo que obrase un genio maligno, o hubiere 'yo' aprendido prestidigitación en su manejo.

 

Plegada, presenta dos imágenes en color: un angelote demasiado serio en la portada y una paradoja en su contraportada: sobre una fotografía de una pared con un afiche de porcelana que indica “E PROHIBIDO AFIXAR ANUNCIOS NESTA PROPIEDADE” se anuncian los nombres de los colaboradores del número 6: Elena Rodríguez, Antonio Toribios, Larsen, (cubierta). V. Karbajc, director.  2018.

 

Desplegada la revista es otra cosa, el doble de uno mismo, una avecilla al albor, ocho cuarteles que transforman el plegado en un DIN A2. Es una pena que a su director no se le haya ocurrido progresar en la papiroflexia y le invito a que en la próxima ocasión el plegado construya una pajarita o un velero de papel.

 

Rilhafoles es el paradigma del panóptico, donde nada, salvo la propia ocultación, queda fuera de la vista. Solo la mirada, la Idea, queda fuera de campo. Por eso mi tarea de comentarista es imposible, abundosa en celadas. Hace también Rilhafoles metonimia del mundo de Internet, donde la última mirada es la que no se ve, la que, tal un avaro en la noche, recuenta obsesivamente tus movimientos del lector curioso, "mon semblable, mon frere".

 

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Elena Rodríguez está ausente, pero sus fotografías abarrotan los ocho escaques en este “severo ámbito en el que se odian dos colores”. Doce fotografías en blanco y negro tremendamente inquietantes se distribuyen por el lomo de la revista. Llevan el título de ‘Carne’, aunque si se me permite le iría mejor el de ‘Carne y piedra’. Se trata de unas fotografías en donde las sombras, el negro, trastornan una visión iluminada, transforman el objeto en algo extraño, huidizo. A la luz de las sombras una cabellera es una amenaza, no nos fiemos de lo que hubiera por delante, da miedo. Un cuerpo femenino en bikini tal vez sean dos oleoductos en un mundo devastado, un mundo en el que la visión fuera ya imposible. Una punta posada en el suelo amartilla al aire la realidad y su sombra. La presencia humana es objetualizada, extrañada y el mundo de las cosas se pone a la par como una amenaza en una interpretación que trastorna el código.

 

Es una lástima que quepan tantas fotografías en tan breve papel y que no pudieran imprimirse cada una por separado con la tonalidad que le convenga, así la última fotografía, de tan oscura, no se sabe lo que es; o sea eso, lo que no pudieramos ver.

 

El verso de la revista esta vez se ha prosificado; un ALMANAQUE de Antonio Toribios. Ocho narraciones de un almanaque de cualquier año, que bien pudieran formar las historias del reverso de un taco laico. Llevan por título el nombre de un personaje cualquiera: Mariano, Adán, Güendolina, Eva etcétera. En casi todos estos cuentos el nombre es marca decisoria de una vida, como la nariz lo fuera para el tío de Tristram Shandy. Abraham recibe el mensaje bíblico de Yahvé, de la boca sarcástica de Bernardo el butanero: “Abraham concebirás con Sara un hijo que recibirá el nombre de Isaac”. Está profecía ilumina todo su quehacer futuro. O el caso de Güendolina decidida a vivir en un país de habla inglesa, o el de Blas, efímero y breve como su nombre. En algún cuento, como en el de Adán es un malentendido el que decide la vida del personaje, eso sí, parodia del original, con expulsión de un paraíso donde nunca ha entrado, o Federico un personaje de tragedia griega que huía tanto de la muerte que vino a dar en ella, como todos, o el de Aldo, elegido por el destino para vate que por avatares será el inventor de la cocina lírica.

 

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En fin, un almanaque que tendría que editarse como calendario de taco para regodeo y escarnio de tanto poeta huero y otras gentes de la carda, en cuanto Toribios tuviera escritos los 366 cuentos que habrían de componerlo.

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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