Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 22/07/2018
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Sol Gómez Arteaga
16/03/2018

Maneras de vivir

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A mi padre no le gusta la ciudad. Nada. Cuando pasa unos días fuera de su pueblo, -ya solo viene a Madrid por temas médicos-, es como un matojo arrancado de cuajo de su hábitat. Se mustia enseguida. Por eso, nada más acabar el motivo de su visita, dice sin ambages: “No es que yo esté mal en tu casa, hija, pero si nos sacas los billetes, nos volvemos”. 


Uno de esos días que ‘le tocó’ estar en Madrid paseamos por el parque del Retiro y a mitad del camino hicimos una parada en un banco frente a la Casa de Vacas. En ese mismo banco estaba sentado un hombre de su edad. Enseguida se pusieron a pegar la hebra y acabaron contándose su vida entera. El hombre en cuestión resultó ser de un pueblo de Segovia y con dieciséis años había venido a la ciudad a buscarse las habichuelas. De trabajar de camarero acabó regentando un negocio propio de hostelería que ahora llevaban sus hijos y en el que, de vez en cuando, menos de lo que él desearía, seguía echando una mano. Hablaron con pasión del duro trabajo del campo, de lo difícil que fue abrirse camino en aquellos años tan difíciles, de los sueldos de entonces, mientras mi madre y yo asistíamos, espectadoras silenciosas y atentas, a su amigable parloteo. Todo tiene su instante y pasa, y cuando ya empezaba a oscurecer y las luces de las farolas a encenderse, se despidieron como viejos amigos que esperan, aunque lo más probable es que no ocurra, volver a encontrarse: “Yo vengo casi todas las tardes por aquí y me siento siempre en el mismo sitio, hasta otra”. “Hasta otra”. 


Cuando le pregunté, mi padre me dijo que no le gustaba la ciudad porque aunque había mucha gente no podías hablar con nadie, mientras que en el pueblo, pese a que había poca, nos conocíamos todos. Mi padre es un gran comunicador, de esas personas que cuando hablan transmiten y enseñan (enseñanzas humildes, es verdad) y gustan de tomarse, como quien paladea un buen vino, sus tiempos y pausas. El suele ir todas las tardes al ‘mentidero’, ese rincón del parque donde se reúne con su grupo de iguales para hablar sobre todo del pasado, aunque también del presente y del futuro, y arreglar el país y las pensiones y el paro y… mejor, sin duda, y con mayor criterio que los  políticos que nos gobiernan, -¿Por qué no tendrán los políticos un Consejo de Mayores?-.  Filandón vespertino que llevan a cabo en espacio abierto siempre que el tiempo acompaña. 


A mí, en cambio, la ciudad me gusta justo por todo lo contrario, me gusta por el anonimato, por las infinitas posibilidades que me permite el simple hecho de callejear en libertad mientras el pensamiento fluye. En el pueblo, ese sitio donde hay poca gente pero nos conocemos todos, -o eso creemos, que no es lo mismo-, me siento algo agobiada, un poco como los paranoicos que creen que todos los ojos están puestos en ellos aunque en realidad nadie les mira. Además en la ciudad, en medio del sonoro silencio (ese permanente ruido de coches, autobuses, sirenas, bullicio de la gente, música) siempre puedes encontrar ese lugar recogido, un banco en una plaza o una escalinata o una esquina, desde la que observar el mundo sin que te vean, pegar hebra con ese  desconocido con el que por azar te encuentras en la cola interminable de una exposición o hablarle a la estatua yacente que impertérrita escucha tus más íntimos secretos y los blinda en su corazón ya para siempre.   

 
Todo esto me lleva a pensar qué es mejor, si la vida natural, rural, o una vida más artificial, urbana, en la que el cielo se reduce al toldo que permite el patio interior de tu vertical vivienda, y la tierra  al sustrato del rosal que crece en la jardinera. Pero como en todo no hay verdades absolutas y cada uno ha de encontrar la suya en un momento vital determinado, yo en este momento me quedo, -mañana no sé-, con la vida en la ciudad y esa vía de escape que es la posibilidad de salir de vez en cuando al campo, respirar el aire puro en toda su amplitud, tocar la tierra de verdad y olerla y hasta hundir el dedo en ella.


Escribo  esto en el pueblo un domingo de marzo en el que el viento de casi 40 km/h me tiene enclaustrada y algo alerta… de cara al viaje de regreso.   

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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