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Isabel Llanos
23/03/2018

Aquellas cartas de amor

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Parar no me sienta bien. Cuando estoy sin hacer constantemente es cuando se abren paso mis pensamientos, y esos, son peligrosos. De nuevo me tocan días de reclusión buscada, de aislamiento. Sola conmigo misma. Recuerdo que mi abuela materna, en los últimos tiempos antes de morir quería estar sola, alejaba a sus hijas, su marido ingresado, y ella afirmando “tengo que acostumbrarme a estar sola”, porque yo creo que estaba entrenando realmente la soledad que acompaña ese momento final, y esa soledad eterna que viene después. Me gustaría creer otra cosa, pero no reconocerlo sería engañarme…y engañaros.


Repaso mi vida. De repente parecen mil vidas en una o sueños dispares de otras personas, que no me pertenecen. Es como si despertase y recordase el pasado como películas antiguas, pero no como si yo hubiese vivido en esos recuerdos. Y viene una revelación. Y no me gusta. Porque en el fondo es algo que he sabido siempre pero a lo que no le he puesto nombre ni he dejado apenas que se desdibujase su esbozo, pero es como evitar pensar en el oso blanco una vez que lo has nombrado. No sirve de nada. Y me voy a la estantería y escojo un archivo. Saco unas cartas, apenas se les notan los diecisiete años. Hace ahora ya unos cuantos de la última vez que las releí. Abro la primera e intento ponerme objetiva tratando de leerla como si fuese ajena a mí, por la distancia del tiempo. Unas palabras que me hablan de una mujer que ya no soy, y de un hombre que dijo ser. No dudo de que fuesen ciertas en su momento, pero es raro leerlas con la contundencia de un futuro muy diferente, muy distante, como cuando ves una película con flashbacks y contemplas al protagonista con lástima porque tú sabes bien lo que se le viene encima mientras él está ingenuamente tan tranquilo. 


Las cartas de amor… Cantaba “Mil cartas en el cajón y ninguna es de amor…” Manuel España del emblemático grupo ‘La Guardia’. Yo, que soy mucho de guardarlo todo, de conservar recuerdos, tengo unas cuantas.

 

Realmente, guardo hasta los papelitos con cuatro frases que nos pasábamos a través de intermediarios en el colegio con mensajes acobardados y pretenciosos sueños de amor platónico. Soy de la época en la que una se escribía con el novio que hacía la ‘Mili’, cuando se llamaba al cuartel a primera hora de la mañana para que te diesen hora para hablar por la tarde; también de llamar al teléfono del pueblo –que normalmente se encontraba en el bar- para que pasasen recado y quedar de nuevo a una hora para charlar con el enamorado de la época; de bajar mil veces al buzón a ver si había llegado el cartero con noticias; de compartir con las amigas las lecturas de la correspondencia manoseada y reparada hasta con cello de tanto abrir y cerrar tratando de escudriñar entre las letras mejor que nadie para entender el jeroglífico que siempre buscábamos en la segunda lectura. También conservo las cartas anónimas que he recibido en mis diferentes domicilios con declaraciones de amor secreto, y que entonces no daban miedo sino que se vivían como algo romántico, agradecida siempre de inspirar amor en alguien, identificándome con la misma tristeza de mi amor herido y no correspondido por otro alguien al que, quizás, también había escrito de la misma misteriosa forma.


Cada conjunto de cartas es una novelita vital. Somos muchas vidas en una sola, tantas historias resumidas en una sola vida. A veces parece increíble que nos haya pasado tanto, demasiadas tramas para un solo tomo. Y cuántos personajes además. Aquellos que son aparentemente triviales y que en un momento dado adquieren un protagonismo determinante para el avance de la historia, otros que parece que habían aparecido brevemente pero que el tiempo los vuelve a poner en foco, algunos más secundarios que nunca conseguirán el papel protagonista por más castings que hagan,… ¡Para que luego no se reconozca que la realidad supera cualquier ficción!


Echo de menos algunos capítulos a los que me gustaría volver para cambiar el final…o al menos mejorarlo, algunas localizaciones, a muchos intérpretes a algunos de los cuales, desgraciadamente, ya es imposible llamarlos a escena. ¡Cómo me gustaría realmente haber logrado ser la guionista de mi propia vida! Porque por mucho que me empeñe, y por mucho que me ponga cabezota y pesada, no dejo de ser un simple personaje más en todo este entramado de historias que me rodean y que me envuelven, y no tengo voz ni voto por mucho que reclame. Y eso, eso tiene mucho que ver con la certeza esa recientemente revelada que siempre he sabido aunque me empeñase en lo contrario: soy personaje, no autor.

 

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