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SEMANA SANTA
Eloy Rubio
23/03/2018

"Veinticinco años nos separan de ese tu primer caminar, Damas de La Piedad"

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La lluvia ha impedido que la primera procesión de la Semana Santa de Astorga saliera. El Vía Crucis Procesional organizado por la Cofradía de las Damas de la Virgen de la Piedad, ha tenido que celebrarse en el interior del Santuario de Nuestra Señora de Fátima, donde tuvo lugar la bendición de dos nuevos faroles y una cruz.

Astorga Redacción vuelve este año a narrar los actos procesionales de la Pasión astorgana de una manera original mediante fotos de gran calidad apoyadas en textos literarios y rescatando extractos de los pregones con los que se ha anunciado la Semana Santa desde hace décadas.

 

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Viernes de Dolores, 25 Años contigo...( Fragmento del pregón de Eduardo José Rodríguez Fernández)

 

Viernes de Viacrucis, viernes de mujeres, de Dolores que devuelves anhelos y esperas, de un Cristo que en San Julián es rezos y velas.

 

Veinticinco años nos separan de ese tu primer caminar, Damas de La Piedad.

 

De vuestro negro luto fraguado de penas, sólo roto por un blanco pureza que os envuelve de inmaculada esperanza.

 

Y ya comienza la Semana Santa en Fátima.

 

Ya está todo preparado.

 

Cientos de astorganos en la puerta esperando que huela de nuevo a incienso, a rosas y lirios.

 

Veinticinco años enseñándonos Damas que siendo las últimas sois las primeras, que en la enseñanza del Amor nadie os supera, porque no hay amor más grande que el amor de una madre.

 

El Viernes de Dolor, huérfano en Astorga por tradición, fue adoptada por vuestros sueños y hoy en día ya es heredero de vuestra ilusión.

 

Gracias queridas Damas de la Piedad por sentir, por mostrar con esa dignidad como las hijas de Astorga saben estar.

 

 

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Vicente Leñero. ‘El evangelio de Lucas Gavilán’

 

—¡Muévanse cabrones! Se está muriendo, díganle al chofer.

Los policías se miraban entre sí desconcertados, no sabían qué hacer. Entonces el cetrino se puso a golpear la lámina que daba hacia la cabina.

—Párense, cabrones, párense.

 

No por los golpes, sino por un nuevo atorón en el tránsito de la calzada, la camioneta se detuvo. Uno de los policías abrió las puertas traseras, saltó a la calle y corrió hasta la cabina del chofer para avisarle que un preso se le estaba muriendo, se murió ya, quién sabe, no sé.

 

Fue cuando la calzada comenzó a trepidar. De momento muchos automovilistas no sintieron el temblor, pero cuando vieron a la gente despavorida, cuando los muros de un templo en construcción se vinieron abajo estrepitosamente, el pánico se hizo absoluto.

—¡Está temblando!

—¡Terremoto!

 

Gritaba la gente por aquí y por allá. Salía corriendo por las calles. Grandes grietas se abrieron en el pavimento y de un automóvil escaparon los alaridos interminables de una mujer.

 

Otro muro se derrumbó.

 

Aprovechando el desconcierto y el miedo de los policías de la camioneta pánel, el preso del cabello largo vio las puertas abiertas y salió huyendo a toda carrera. Su compañero quiso seguirlo, pero el policía chimuelo lo golpeó en la cabeza con la culata del fusil. Mientras el cetrino se derrumbaba conmocionado, la mirada del chimuelo tropezó con el cuerpo tendido de Jesucristo: tenía los ojos abiertos, grandes como pelotas, y su rostro se aplastaba sobre el vómito de sangre.

 

Se escuchaban cláxones, gritos, ruidos horribles.

 

Un balazo al aire, tardío, trató de parar inútilmente al preso del cabello largo.

—¡Se escapa!

—Se escapó, chingada madre —dijo el policía a su compañero cuando se acabó el temblor pero no el alboroto en la calzada y los alrededores.

 

El chimuelo no respondió. Miraba y miraba el cadáver de Jesucristo Gómez. Murmuró en voz muy baja, apenitas:

—Parece como si este tipo fuera no sé qué (...)

 

 

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