Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 17/08/2018
Secciones
Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
SEMANA SANTA
Eloy Rubio
25/03/2018

"Un paso como una fábula verdadera que protagonizaba un piadoso asnillo"

Guardar en Mis Noticias.

El Domingo de Ramos ha regalado a Astorga un sol que ha permitido la salida de 'La Borriquilla' desde el cabildo de Rectivía. Los cofrades y fieles han salido del barrio de San Pedro acompañando la procesión de la Cofradía de la Entrada de Jesús en Jerusalén . En la Plaza Mayor, el obispo ha bendicido las palmas y ramos acompañado de las autoridades, el Cabildo, el Clero y los fieles. El cortejo ha realizado un alto en la Catedral donde ha tenido lugar la misa estacional.

[Img #35695]

[Img #35696]

 

 

Pregón Semana Santa Jose Antonio Carro Celada. (Fragmentos ) Año,1985 

 

Yo sé que la Semana Santa de Astorga ha sido más que nada un tiempo celebrativo de infancia y religiosidad. Y permitidme que así la evoque ahora, porque en mi vida, como en la de otros niños astorganos, hay muchos hilos que nos atan a ella.

 

Sin duda mi primer recuerdo data del año en que se estrenó ‘La Borriquilla’ de mi natal parroquia de Rectivía. Estaba yo muy enfermo, el domingo de su primera salida a la calle. Aquel paso era la atracción de Astorga. Yo me iba a perder la ocasión de acompañarlo con mi pequeño ramo de olivo, pero lo pude ver cruzar por Puerta Obispo desde el balcón de casa. La estampa borrosa y lejana, arremolinada de niños, me ha acompañado siempre. He visto muchas veces, muy de cerca, el paso. Cubierto con lonas bajo las pesas del reloj de la catedral, donde antaño Valentina alquilaba los reclinatorios para las misas pontificales y para las pausadas novenas catedralicias. Lo he tocado reverentemente en el cabildo de la antigua iglesia de San Pedro, he observado con detalle la tierna mirada de Jesús sobre el asnillo gris y la alegría contenida de aquellos niños que parecen ‘ninots’ de falla, pero que tienen mi edad, mis años, son niños desde que yo lo fui y en ellos me reconozco siempre.

 

 

[Img #35699]

[Img #35700]

[Img #35701]

[Img #35698]

 

 

Permitidme que os haga una confidencia. Yo he podido vivir en mi niñez una Semana Santa de Astorga de uso privado, sensitivamente doméstica. Hay pasos que, al verlos desfilar solemnes entre claveles o renqueantes, me hacen sentir por dentro que son un poco míos, que los tengo sujetos en mi primera memoria porque fueron huéspedes de mi casa durante mi niñez.

 

Uno de ellos, el Cristo de los Afligidos de San Andrés, durmió conmigo en mi habitación a la espera de que mi padre aplicara su sabiduría de artesano y le reparara los dedos. Aquella estatua inmensamente dolorida estuvo recostada sobre el piso de mi alcoba, presidió mis miedos y mis imaginaciones, hizo también sus milagros de pan y vino. Hoy cuando la veo izada, venerable y oscilante, me parece como si no fuera verdad, como si la viera erguida en sueños, pero aún continuase yacente y desvalida a los pies de mi cama.

 

Otra imagen fue la de Pilatos, tosca, nariguda, de pómulos prominentes. Aguardaba también a que mi padre convirtiera con la gubia su luenga barba en ridícula perilla. No acierto a saber por qué razón se empeñaron los cofrades en quitarle prosopopeya y arrogancia para dejarlo escueto, un poco imberbe y un mucho monigote. A Pilatos lo recuerdo arrinconado en el taller de mi padre, cubierto de serrín.

 

Estos tres pasos —‘La borriquilla’, el Cristo de San Andrés y Pilatos- son como el triduo de mi Semana Santa infantil, de mi imaginería casera. Los he palpado, ha grabado sus miradas y posturas y conozco todos y cada uno de los pliegues de sus túnicas. Pero únicamente recuerdo haber jugado con la estatua de Pilatos, a quien no sé por qué nunca traté con respeto. Le colgaba collares de agavanzas, le calzaba sobre la nariz unas gafas de cartón y celofán verde que vendían en casa del Rizo. En cambio con qué respeto y aturdimiento y emoción sentía la presencia del crucificado, el invitado de mi niñez. Aquella acepción de personas, de trato y de acogida fue para mí como una fabulilla o una parábola o una catequesis familiar (…)


(…) Por eso cuando pienso en la Semana Santa de Astorga se me agolpa la que yo vi y viví de niño, porque entre juego y patetismo, íbamos aprendiendo una historia trágica y sagrada, lúdica y salvadora, alegre y emocionada (...)

 

(…) La Borriquilla era el paso infantil por excelencia, el único en que había niños, un paso como una fábula verdadera que protagonizaba un piadoso asnillo entre gritos y hosannas (…) 

 


A mí me gustaría enumerar todos los elementos plásticos de la Semana Santa de hoy, que son en buena parte los de ayer. Y no por puro lujo cultural. La Semana Santa tiene su punto de mira no en una pasión y muerte, sino en un triunfo. Todo el enjoyado visual y sonoro, también los rasgos de gracia popular, quiero interpretarlos como un anticipado aleluya.


En ese anticipo pascual, visual y sonoro, cósmico y pueblerino, están las palmas, los olivos, los laureles y todo el clavelerío rojo y blanco; el goteo de las velas y el teorema colorista de los cofrades que ponen los puntos suspensivos al final de cada procesión; el tornasol eléctrico de la farola que se amortece porque la batería no resiste; la capa de san Juanico y su bilingüismo rojo y verde, profundamente simbólico; y el gallo urbano de san Pedrín, que canta desde una columna; y los bordados de oro de los mantos dolorosos; y el pan de Astorga verdadero, troceado sobre el mantel de la Cena; y el altísimo y salcillesco ángel de la Oración del Huerto con el que no ha contado ni la Telefónica ni Eléctricas Leonesas; y el olor del crisma y el del fuego nuevo. Y las campanas y las matracas y las cornetas y el magnetófono que lleva don Gonzalo en su procesión y el megáfono que porta Sisebuto en la de su barrio, por el que grita “llorando los pecados” y los cantos fraternos del jueves santo y el ‘Crux fidelis’ del viernes santo y los guantes negros del portador de la cruz verde y el magenta soleado de la Virgen del Amor Hermoso. Todo esto pregono y a todo esto convoco.

 

 

[Img #35703]

[Img #35702]

[Img #35704]

[Img #35705]

[Img #35706]

 

 

 

Manuel Mújica Lainez. “Fragmento del cuento ‘El asno y el buey’

 

¡Qué hermoso jumento! ¡Qué gracioso es! ¡Qué bo­nito!

 

Hubiera querido encolerizarse, pues como todo bur­lón no tolera que de él se burlen, y se percata de que los Apóstoles lo están aparejando con sus ropas, como apresándolo para que alguien lo pueda cabalgar.

 

¿Qué? ¿Tan lejos llevarán la mofa? Meterse con un Asno antañón, con un vejestorio, es cosa de malvados... y, sin embargo, estos bromistas conversan con un tono de tanta discreción y tranquilidad...

 

Monta Jesús, y lo acomodan sobre los vestidos.

 

Talonea el animal livianamente, y emprenden el camino de Jerusalén, atravesando el Valle de Josafat. María le ha­bía derramado sobre sus pies ungüento de nardo, y se los había enjuagado con sus cabellos, pese a las hipócritas protestas de Judas Iscariote. Como en el pesebre, el Asno huele el familiar perfume, que lo estremece y hace latir su pobre corazón.

 

Álzase en torno la gritería de la multitud que acudió al enterarse que allí estaban no sólo Jesús sino ese terrible, que él resucitó de los muertos. Van desple­gando sus hábitos, sus trapos y sus atavíos en el polvo y formando un camino, para que sobre él pase el Asno del Señor. El Señor desliza su divina mano por las crines ayer secas y duras del Burro, que hoy tienen la lisura propia de su extrema juventud. Se inclina hacia una de sus largas orejas, y le habla quedamente:

 

-¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas del establo en la cueva de Belén? ¿De María, virgen madre, de José, el patriarca?

 

Hay gentes que cortan ramas de palmeras y las agitan. Pasa entre ellas el jumento como en medio de un mágico bosque. ¡Ah, el perfume del nardo en el cual se arrebuja como en un manto precioso!

 

-¡Hosanna! -canta la muchedumbre- ¡Hosanna! ¡Gloria al Hijo de David! ¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna! ¡Hosanna!

 

Gana terreno ufanamente, el Borrico, ebrio de asom­bro y de reconocimiento -deslumbrado-. La mano de Dios descansa sobre su cabeza erguida. ¡Qué felicidad! La cabalgadura lanzada, abre la boca que recuperó las perdidas muelas y dientes y lanza unos rebuznos con los cuales intenta repetir las notas jubilosas del ¡Hosanna! popular. Entran así en Jerusalén, y el entusiasmo desborda, flotan en derredor pálidos velos de incienso; el vaho de la mirra ¡y el nardo, el nardo, el nardo! Todos quieren tocar al Maestro; por lo menos tocar al jumento, tocar la orla de su túnica; y si no lo consiguen, tocan al jumento que lo conduce por las calles atestadas, invadidas.

 

Ese día, cuando salió del Templo, luego de arrojar de su interior a los mercaderes, Cristo sonrió apenas, porque el Borriquito había tornado a ser el antiguo, el antiquísimo Asno, de las mataduras, las evidentes costillas y la atroz debilidad, y por fin se había echado muerto, junto a la entrada del santuario, y daba la impresión de gozar de un sosiego incomparable. Sonrió Jesús, porque sabía que ahora, ahora mismo el Asno y el Buey trotaban encima de las nubes, eternamente alegres y jóvenes.

 

[Img #35707]

[Img #35697]

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
© 2018 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress