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SEMANA SANTA
Astorga Redacción
25/03/2018

"Hombres que se purificaban bajo las andas de la imagen de la Virgen Dolorosa"

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El protagonismo en la tarde del Domingo de Ramos es para la Virgen de los Dolores. Organizada por la Archicofradía del nombre de la imagen titular, la procesión ha salido de la parroquia de San Bartolomé y concluye con la Salve Popular. Ala llegada del cortejo a la Plaza Eduardo de Castro, el coro parroquial interpretó una Cantata a la Dolorosa.

 

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Fragmento del pregón de Arturo García Tejerina (Abril de 1992)

 

Retomando el hilo de mi pregón y volviendo los ojos hacia la Dolorosa, nos ponemos ya en Domingo de Ramos que, como todos saben, "el que no estrena nada le cortan las manos". El refrán o dicho, que para los niños era ley, podía ser el motivo de una bronca familiar que pronto se disipaba cuando, a media mañana, la borriquilla, las palmas, laureles y olivos, con los primeros paparrones llegaban desde Rectivía hasta la Plaza Mayor. La bendición de los ramos era todo un símbolo. Como también la ceniza, que cuarenta días antes nos había recordado de dónde venimos, dónde estamos y hacia dónde vamos. Yo, como era monaguillo, sabía que las cenizas del comienzo de la Cuaresma procedían de las hojas de esos ramos que hoy se agitaban al grito de Hosanna, Hosanna, Hosanna.

 


El mismo Domingo por la tarde salía la Virgen de los Dolores de San Bartolomé, y eso quería decir que yo trabajaba. Empecé agarrando la capa de D. Ramón, aunque no crecí mucho, el siguiente paso fue un cirial, hasta que me dejaron llevar la Cruz en la Procesión. La Virgen de los Dolores pesaba mucho, iba sobre los hombros de gente sencilla y humilde que eran braceros, hombres que se purificaban bajo las andas de la imagen de la Virgen Dolorosa. Virgen que "terminada la Salve en la Plaza de San Bartolomé entrará en el templo, mirando al pueblo", recordaba D. Marcelo en su Directorio para la Semana Santa en Astorga de 1965.

 

Había empezado la Semana Santa, como mañana volverá a empezar. Aunque no exactamente. La Semana Santa de 1992 es más rica en participación, en desfiles, que esos recuerdos que yo les acabo de acercar. Este año, mañana mismo, vemos la entrada de Jesús en Jerusalén a hombros de braceros astorganos, a las  10.00 h. de la noche ‘Jesús atado a la Columna’ recorrerá por primera vez el camino desde Piedralba hasta Astorga, acompañado de los cofrades de la Vera Cruz y Confalón. Esta misma Cofradía recuperó tradiciones como el desenclavo y su procesión penitencial nocturna hace pocos años.

 

 

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Tomás de Mattos. 'La puerta de la misericordia'

 

Creo que la tribulación de María incluía esa perspectiva pero la sobrepasaba con creces. Puñales de hoja más ancha y filosa atravesaban su corazón. A ella, acababan de destrozarle no el sentido de su vida sino del universo entero. Le habían matado no sólo a su Hijo, sino a su Mesías. Y no separemos esa doble condición; juntémosla, recordemos que para ella, y sólo para ella, era el Mesías que se gestó en sus entrañas y latió con su sangre.


Poco a poco me fui convenciendo de que se había evadido del huerto; que casi no se sentía al lado del cadáver de Jesús; que manteniendo sus ojos abiertos y fijos en el rostro tan querido, se había replegado en su interior y caído en un hondo ensimismamiento. Y no era temerario afirmar que ella demoraba, en su espíritu, un diálogo muy íntimo con el hijo para nosotros perdido y para ella recuperado; no el hombre muerto, sino el Dios eterno. Los cambios en la luminosidad de su mirada lo estaban delatando: por ella se sucedieron, casi sin solución de continuidad, rescatándola de la angustia y de las amarguísimas primicias de la nostalgia, primero, el consuelo y, luego, un desconcertante embeleso.

 

 

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Tal como nuestro padre había procurado enseñarnos, se habría sentado en el olvido, se habría dejado envolver en la nube del no saber y, de pronto, el fuego del que vive eternamente habría acudido en su auxilio y la habría rescatado de la noche oscura que, a través del desierto, debe recorrer todo espíritu hasta presentir una Presencia que incendia sus cavernas más recónditas. De otro modo, pensé, no podía concebirse una mujer tan serena y absorta mirando, sin lágrimas y sin un rictus de dolor, el rostro invertido de su hijo muerto. Y añadí para mis adentros, como prueba conjetural de mis dichos, que si se desplomara un rayo sobre algún árbol del huerto, María permanecería impávida, en esa otra ribera del Jordán en la que había sido recibida.


Pero, sin proponérselo, Juan se acercó a ella para desmentirme. Apoyó muy suavemente su mano izquierda en su hombro derecho y le dijo:
—Madre, está todo pronto, ha llegado la hora.


Cuando las demás mujeres lo oyeron, aumentaron los gemidos de sus llantos. El rostro de María acusó un intenso dolor, como esos que repentinamente sacuden el pecho; movió las cejas y cerró los ojos con resignado asentimiento y a tientas buscó la mano de Juan, todavía posada en su hombro, y se la aferró y se la acarició:

—Sea... —se limitó a decir y, sin más, apoyándose en esa mano, se reincorporó entumecida y comenzó a retirarse para dejarle su lugar a los hombres que cargarían a Jesús hacia el sepulcro.

 

 

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Bastante distinta fue la reacción de la desventurada Magdalena, cautiva de un amor desacatado que no le importaba desnudar ante nosotros. Tal como María, para ella en ese momento únicamente existía Jesús.
—¡Rabboní! ¡Rabboní! —repetía sin cesar.


¡Maestrazo! ¡Maestrazo! Todo indicaba que, en vida, Jesús le había permitido ese trato indebidamente irrespetuoso, rebosante de una equívoca ternura.


Y cuando María se alejó del cadáver y se aproximaron Simón Pedro, Santiago y Mateo, los brazos de la Magdalena se aferraron a las piernas de Jesús, casi hasta alcanzar las rodillas, por lo que se desacomodaron los pies que hasta el momento ella apoyaba en los hombros y, allí, en ese espacio que de ese modo se formó, hundió su cabeza entre los tobillos, incrustando la frente en el mármol del banco. Se entregó a un llanto convulso, desgarrado, en el que ya no profirió palabra alguna.


Simón Pedro sacudió la cabeza con impaciencia y todos presentimos que la arrebataría de su lugar sin ninguna delicadeza. María de Cleofás se apresuró a interponerse y comenzó a acariciar los hombros de la Magdalena. No tardaría en empezar a levantárselos suavemente, pero María, la Madre, todavía apoyada en un brazo de Juan, resolvió intervenir, pronunciando nada más que su nombre:
—¡Magdalena! —le suplicó.

 

 

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Magdalena no se movió. María la miraba de un modo extraño, que no sé si he conseguido discernir. Advertí, por cierto, como trasfondo, esa fraternidad que une a quienes comparten un duelo que recién empieza a echar hondas y agudas raíces en su espíritu; pero, por encima de esa ternura, afloraba una energía imperativa que denunciaba una viva discrepancia. Algo así como si María pensara: ¿qué dolor aflige a esta mujer que la lleva a creer que excede al mío y que le impide sobreponerse? Pero no puedo explicar con precisión ese rechazo; aunque me consta que a María le disgustaba el descontrolado desconsuelo de Magdalena y que, por alguna razón, sufría una honda perturbación.

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