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SEMANA SANTA
Astorga Redacción
27/03/2018

"La Madre quedose alzada, rígida, suprema, mirando a su Hijo"

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En la noche del Lunes Santo, las Damas de la Piedad recorrieron las calles del centro de Astorga procesionando la imagen que da nombre a la hermandad. Salía del Santuario de Nuestra Señora de Fátima para concluir con el canto del 'Ave María'. Completamos la crónica con fragmentos del pregón de Miguel Sánchez Ruis (1999) y de la obra de Gabriel Miró, 'Figuras de la pasión del Señor'.

 

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Pregón de Miguel Sánchez Ruiz, 1999

 

El Lunes Santo, la procesión de las damas de la Virgen de la Piedad, la última en constituirse, nos invita a unirnos al rezo y la piedad que siempre las mujeres de nuestras tierras han practicado y nos muestra, en un tiempo en que tanto se discute acerca de la liberación de la mujer, que ella, María, es la mujer libre por excelencia, porque es Inmaculada.

 

 

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Gabriel Miró. Figuras de la pasión del Señor (Fragmento)

 

... Juan llamó a la madre del Señor. Y se postró, se amontonó todo el grupo bajo la cruz. La Madre quedose alzada, rígida, suprema, mirando a su Hijo. Al lado, Josef.

 

Jesús agonizaba. Balanceó el cráneo, ahogándose. Se veía el ansia del resuello desde el vientre a las fauces. Crepitaban sus pulmones cartonosos; temblaba la blanda hinchazón de su pleura; se rompía su silbo ronco en un colapso; y entonces resaltaba el zumbido de las moscas en sus ojos, en su nariz, en sus orejas, en las llagas de los clavos.

 

Y tornaba el jadear, el cabeceo de la asfixia. Su cabe­llera se doblaba, caía, le cegaba, se alzaba; su aliento fue haciéndose ancho, prolongado. Se quejó, y precipitose su ahogo. Sus pupilas vidriosas imploraron el azul; se vol­vieron a la tierra...

 

 

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Jesús estaba solo. El Padre le ha desamparado, Jesús ha de pasar las soledades humanas de la muerte. En la tierra no puede ni el amor vencer la agonía del amado. El que muere está solo. De Dios a criatura era un trán­sito de resignaciones, de sencillez, de piedad. De hombre a Dios, había de subir la jomada yerma, cegada, sin tie­rra y sin cielo; Jesús solo.

 

Todo el Calvario estaba lleno de su angustia. Sobre los rumores de la multitud y el aullar de Genas y Ges­tas, resaltaba el afán del Señor. Y sonó su grito de des­garraduras de toda su vida; y sintiose su silencio, el si­lencio del pecho inmóvil, desencajado, alto, duro, metá­lico; la cabeza quedó colgando hacia la roca; y la cruz tembló del peso de cadáver, que se había salido del esca­bel, y semejaba desclavarse. La Madre aun esperó otra palpitación del costado del hijo.

 

Un custodio le fue enroscando una soga, atándole al mástil.

 

Y Josef llegose al centurión para mostrarle la tablilla del mandamiento de Poncio cediéndole el cuerpo de Jeschoua Nazarieth.

 

Bramaron los otros crucificados bajo los golpes de ma­zas, que iban quebrándoles las piernas, las ancas, las cos­tillas, los codos...; era el suplicio del crurifragium que infama y apresura la muerte.

 

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... Caía una lluvia olorosa de primavera. Resonaban los follajes de los jardines, removidos por un vendaval de arenas.

 

La muchedumbre se dispersó, hastiada...

 

... Josef y Nicodemus contemplaban la noche desde la azotea.

 

Había una profunda bienaventuranza.

 

El cerro de la ejecución dormía pálido, gracioso, recostándose en las murallas. Y la ciudad se alzaba clara, inocente, como un jardín de lirios, coronada de las dulces lumbres de los techos del santuario y de las torres. En cada cúpula se congelaba una gota de luna.

 

 

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El huerto de Josef exprimía el olor de sus naranjos y cidros. Cantaban los ruiseñores, y sus arpegios parecía que resbalasen en la peña del sepulcro.

 

El viejo sanhedrita se acongojó, vencido de ternuras desconsoladoras, de emoción de eternidad. Y quiso ir a su cámara.

 

Los recibió una mujer vestida de lino y de un cendal de luna, como exhalado de la pureza de su amor y de su carne.

 

— ¡Yo prometí besar la sandalia del Señor cuando re­toñaran mis rosales! ¡Mira las rosas en mi regazo; y ya no puedo dárselas!

 

Josef abrió su cofre de ámbar y olivo, y tomó el cáliz de la cena de Jesús. Sintió que le temblaba la vida, que toda le acudía devotamente a sus dedos.

 

 

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La mujer se prosternó sollozando, y se esparcieron sus rosas en los tapices.

 

El varón de Arimathea alzó el cáliz de ágata como una flor encendida.

 

Asomose un hombre desmedrado, con túnica blanca y un manto leve y rubio.

 

Nicodemus se le abrazó, gimiendo:

 

— ¡Gamaliel, Gamaliel!

 

Gamaliel reclinose en el estrado, frente a la abierta ventana. Miró un lucero azul palpitante, que subía sobre las agujas de dos cipreses del sepulcro, y suspiró:

 

— ¡Lástima de hombre!

 

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