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SEMANA SANTA
Astorga Redacción
27/03/2018

"La Semana Santa de Astorga llegaba a todos, como un toque nítido de campana diestramente manejada"

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Las cofradías astorganas protagonizaban este Martes Santo la procesión del Vía Crucis organizada por la Junta Profomento. Entre las 18,15 y las 19 horas partían los cortejos de imágenes y cofrades desde las distintas hermandades rumbo a la Plaza Mayor, donde se reunieron todas para caminar juntas hacia la Catedral. Completamos la crónica con fragmentos del pregón de Miguel Ángel González y de la novela 'Antes de que cante el gallo' de Álvaro Mutis.

 

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Miguel Ángel González García. Pregón de 1989 (Fragmento)

 


En el lagar de la existencia, en las trojes del vivir, los caldos dulces se mixturan con los agrios mostos, y los trigos suaves como palomas de silencio se hermanan con el grano moreno que fue pan de pobres. Que la existencia es un trenzar de lágrimas y risas, de soles y de tormentas, de amigos y de traidores, de amor, de perdón y de paz y al tiempo de desamores, pecados y egoísmo, lo aprendí yo en el Astete de la Semana Santa de Astorga: en las lágrimas de Pedro con el gallo y el ciprés componiendo una imagen del más ingenuo surrealismo; en los pasos de la crucifixión y del descendimiento, que una comisión profomento, emprendedora, encargó al escultor valenciano José Romero Tena, en los años veinte; en las estrofas de aquel entrañable “Vil populacho, de sangre sediento, pedía una muerte con ciega pasión, y el pueblo deicida, malvado y cruento, ¡oh Dios, te condena y absuelve a un ladrón!”; en el silencio sagrado de las procesiones; en la solemne liturgia catedralicia y en el luto morado que velaba cruces y retablos. El discurso de la Semana Santa de Astorga llegaba al corazón y a la mente de todos, como un toque nítido de campana diestramente manejada, invitando a la conversión, al dolor de los pecados y recordando, inmisericorde, pero saludablemente, que los ríos del vivir van todos a desaguar al mar de la muerte; que las manos sólo se llenan a base de desprendimiento y que el corazón sólo se pacifica con el bálsamo luminoso de un perdón que Dios regala como una mirada cálida a quien sencillamente se deja mirar.


El vía crucis del Martes Santo, en la Plaza antes, y ahora en la Catedral, con las imágenes santas de todas las iglesias, diciendo con su presencia la unidad de fe y de esperanza que era y que es el denominador común de sus distintos vivires, saliendo del corazón la sobria súplica del “Perdona a tu pueblo, Señor”, no se ha diluido en mis recuerdos, como la imagen necesaria y eficaz para recuperar en esta sociedad, cada día más despreocupada de lo que realmente importa, y avocada a seguir sendas que llenan las manos de cosas y dejan el corazón vacío, el vademécum para llegar a la meta feliz, siempre deseada, pero sólo alcanzada por los caminos de la conversión, de la sencillez, del llanto, del hacerse una imprescindible nada.


Sobrio el toque, pero incisivo, es en este pregón de Semana Santa, la detención imaginaria que hacemos recorriendo la geografía de una Astorga íntima, enclaustrada en el propio corazón, dibujada de mil formas, en el recuerdo de cada uno, para desear que estos días, estas celebraciones, nuestras procesiones y nuestras costumbres dejen sed de conversión, de saludable penitencia, que florezca en dicha, como las acacias en blanquísimos racimos de pan y vino cada primavera.

 

 

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Álvaro Mutis. Antes de que cante el gallo (Fragmento)

 

 

—¿Qué quieres, abuelo? ¿Qué se te ha perdido por aquí?

 

—¿Sabes algo del Maestro? ¿Dónde están sus discípulos?

 

—No me dirás que perteneces a esa banda de infelices. Tienes aspecto respetable y tus canas no van con esas payasadas.

 

—No, desde luego que no tengo nada que ver con ellos. Era pura curiosidad... Como hablan tanto de la cosa.

 

—Pues le echaron toda la culpa al que los dirigía. Los demás salieron esta madrugada menos el joven, que insiste en quedarse para ayudarle a pasar las últimas horas. Ha confesado algunas cosas. Lo suficiente para acusarlo de conspirar contra la seguridad del Estado, fraude y otros delitos peores. Esta tarde lo ejecutan. Creo que está un poco tocado; vaya, que no se le entiende mucho lo que dice. ¿Quieres verlo?

 

—No —contestó el anciano atemorizado—, era por curiosidad... gracias, muchas gracias.

 

—Bueno, pero, ¿y tú qué haces aquí? —preguntó el otro, intrigado de pronto por la presencia del viejo a esas horas en los patios, cuyo acceso sólo se permitía al personal de vigilancia y a detenidos muy especiales.

 

—¿Yo? —titubeó el pobre, más asustado todavía—. Nada... nada... una multa ¿sabes? Pesca en aguas de la Base Naval... los reglamentos... ya conoces... son muy estrictos.. . es decir... nada serio.

 

—Bueno, bueno —contestó el guardia tranquilizado ya—. Que arregles pronto tu asunto, abuelo. Ya ves, este sitio no es para ti. ¡Estas putas han armado escándalo toda la noche! Estaban empeñadas en meterse con el profeta y le dijeron todo lo que les pasó por la cabeza, hasta que se las tuvieron que llevar por la fuerza. No es espectáculo para tus canas. Bueno, que salgas pronto. Adiós. 

 

—Gracias —repuso Pedro—. Muchas gracias. Adiós.

 

 

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Y se quedó inmóvil, profundamente abstraído, sintiendo que una gran vergüenza tornaba a invadirle. Pero esta vez, una sensación de suave relajamiento de ciertos resortes interiores, comenzó a dominar sobre el remordimiento; y algunos recuerdos de su vida en el mar, de su familia, de su diaria rutina portuaria, comenzaron a emerger formando una sólida corteza sobre la cual resbalaba la vergüenza, sin herir ya ciertas zonas profundas y secretas que volvían a la paz de sus tinieblas.

 

Pasó el mediodía y, a eso de la una, dos guardias, con expresión turbada de penoso agotamiento, salieron por una puerta del fondo y le hicieron señal de acercarse. Tenían la expresión de haber cometido algo vergonzoso y prohibido. Las canas del viejo los apenaron aún más y sólo atinaron a pronunciar un ‘síguenos’ harto inseguro, con voz pastosa y áspera que despertó en aquél el mismo terror de la última noche. Pasaron por un estrecho corredor con puertas de hierro pintadas de blanco. Al fondo, una pequeña sala, al parecer oficio o consultorio médico, se destacaba intensamente iluminada. Unas sillas, un sofá de consulta en cuero color rojo oscuro, algunos aparatos quirúrgicos con unos balones de oxígeno y cilindros de gases de anestesia, acababan de confirmar el aspecto de enfermería del conjunto. Un fuerte olor a desinfectante, mezclado con el dulzón de la sangre fresca, flotaba en el ambiente. Entró deslumbrado por la intensa luz de las lámparas. Los guardias le empujaron suavemente tomándole por los hombros.

 

—Quiere hablarte. El delegado dio permiso. Ya no hay más que hacer con él. Pueden conversar cuanto quieran. Ya vendremos por ti cuando sea hora. Vamos... entra —y salieron haciendo sonar sus botas en el silencio del pasillo.

 

El viejo comprendió de repente. Un movimiento instintivo de seguir a los guardias, de huir, de no ver aquello que se tambaleaba grotescamente amarrado a un blanco trípode metálico, escupiendo sangre y gimiendo como un niño lastimado, le hizo retroceder hasta la puerta, que en ese momento se cerraba tras él por la acción de un poderoso resorte. Confuso, lleno de vergüenza y sintiendo que un ardiente sentimiento de piedad animal le invadía quemándole la garganta, se acercó hasta sentir contra su rostro la entrecortada respiración que salía por los orificios que, uniendo lo que había sido boca y narices, servían para insuflar un poco de aire a las maceradas carnes de la víctima.

 

Le miró en silencio y lágrimas de asoladora ternura comenzaron a correr por su curtido rostro de marino, a tiempo que repercutían en él todas las heridas y vejaciones que en el otro palpitaban con propio y especial impulso reflejo.

 

 

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Estaba desnudo, la cara caída hacia adelante, deformada a puñetazos con manopla que le habían borrado todo perfil humano. Un ojo vaciado de la órbita le colgaba en un blancuzco pingajo sanguinolento. El otro se movía sin parar, loco en la órbita despellejada. Habían insistido sobre la fractura, hasta lograr la luxación completa del miembro. El otro brazo tenía horribles quemaduras y de las uñas goteaba un ácido que hacía burbujas en el piso y se extendía en una mancha negruzca. Las piernas, brutalmente abiertas, descubrían, al fondo, la hinchazón monstruosa de los testículos, de cuya piel colgaban multitud de anzuelos de los que usan los pescadores de truchas, unos con plumillas de vivos colores, otros con un delicado insecto de élitros vibrantes, algunos con cucharillas niqueladas que giraban entre vivos destellos y los demás con objetos de formas indeterminadas y vistosas. Un hilo pasaba por los anzuelos uniéndolos a una cuerda que colgaba hasta el suelo. Los pies le temblaban sin descanso y los dedos le habían sido cortados de raíz. La postura del cuerpo, el escorzo del tronco sentado en el banquillo de cirugía, tenía algo de irrisorio espantapájaros que movía a mayor lástima quizá que las heridas. De pronto, una voz salió por entre rosadas burbujas formadas a medida que las palabras se abrían paso torpemente por el agujero en donde estaba la boca.

 

—Quise hablarte, Pedro, sólo a ti, porque sé que tu espíritu es débil pero tu corazón es más grande que el de tus hermanos y tienes ya menos cosas que lo distraigan de su verdadero destino. Tú serás mi seguidor, sobre mi muerte edificarás la palabra eterna y con ella te harás invencible y las fuerzas del mal nada podrán contra ti, ni contra los que sepan escucharte y seguirte. Me han hecho confesar horribles mentiras. Los pobres, los que nada tienen que perder, sabrán que estas patrañas han sido fruto del dolor y de la debilidad de esta carne infeliz. Ellos te oirán y con ellos fundarás mi familia. No podrás esquivar tu misión y ha terminado la paz de tus días y la felicidad de tu oficio. Vete.

 

El viejo sollozaba, de rodillas ante el cuerpo que hablaba. Con un pañuelo intentó limpiar la informe masa del rostro tan ajeno ya a las palabras que emitiera. Un movimiento de impaciencia sacudió el cuerpo e hizo tambalear la silla a la que estaba amarrado:

 

 

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—Déjame, te digo. Muy pronto tendré que dar cuenta de la misión que se me confiara entre los hombres. No tengas piedad de mí. Ten piedad por ti y llora por los días que te esperan. -Vete!

 

El viejo comenzó a levantarse y retrocedía hacia la puerta sin quitar los ojos del supliciado, cuando dos hombres vestidos de blanco y con guantes de cirugía entraron llevando unos estuches metálicos y unos frascos.

 

—Déjanos solos —le ordenaron—, vamos a arreglarlo para que lo puedan exponer ante el público y no debe quedar huella del trabajo de los guardias. La tarea es dura y sólo contamos con unas pocas horas. Vamos, saliendo... pronto.

 

Mientras uno le llevaba hasta la puerta, el otro se puso a ordenar sobre una mesa pinzas, cuchillos y otros instrumentos de variadas formas y tamaños.

 

Quedó solo en el corredor, sin saber hacia dónde dirigirse. 

 

Sentía un cansancio que le calaba hasta los huesos y un dolor que le horadaba las entrañas, impidiéndole pensar y hasta moverse. Lloraba, lloraba incansable y silenciosamente, como si una vía allá adentro se hubiera roto y fluyera incontrolable. Alguien, al pasar, le empujó sin verlo. Oyó que le pedían perdón y contestó sin escuchar sus propias palabras. 

 

Pasó mucho tiempo. Para él fueron anchos espacios estriados de dolor, de terrible solidaridad con el hombre. Vastos espacios sin tiempo, de los que fue rescatado por la voz de uno de los enfermeros que le alcanzaba algo irreconocible.

 

—Toma, dijo que era para ti.

 

Alargó la mano y sintió el peso de una tela mojada en sangre. 

 

Reconoció el pañuelo de seda y lo que habían sido las estilizadas líneas de los campeones de regatas, que semejaban, por obra de la sangre seca, confusos trazos de un lenguaje milenario en una tela trabajada por la acción de los siglos y el olvido de los hombres.

 

Caminó sonámbulo hasta el patio y allí se recostó en una de las columnas laterales y le dominó el sueño. Al salir de la vigilia, le llegó una frase que después olvidó para siempre y que fue la materia de sus pesadillas de esa noche: ‘Viejo como los peces con carne de mármol y olor a malva.’

 

 

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Cuando despertó era de noche. Le habían echado encima una manta de cuartel en la que se envolvió para seguir durmiendo. 

 

Miró hacia las estrellas y sin percibir ni entender la oquedad celeste, tornó a hundirse en el sueño. Le despertaron a la mañana siguiente ruidos de botas y armas. Abrió los ojos y vio a un guardia que se enjuagaba los dientes y escupía en los resumideros del patio un líquido blanco con olor a menta.

 

Sintió los miembros entumecidos por el duro lecho de baldosas sobre el que había dormido. Un sargento, que hacía rato le miraba, se acercó y le dijo:

 

—Oye, anciano, ya dormiste tu borrachera, ahora vete y otra vez no busques más líos con la policía.

 

Pedro le miró y se dio cuenta, por el color de las insignias, que se trataba de un nuevo regimiento que había venido a relevar al del día anterior. Le tomaban, tal vez, por uno de esos borrachos trasnochadores y bullangueros que en su errante ebriedad suelen ir a parar a los barrios tranquilos y respetables. Se puso en pie con dificultad y una ola de mareo y náuseas le pasó ante los ojos y le subió hasta la boca. El aire fresco de la mañana le dio fuerzas suficientes para andar y se encaminó hacia la puerta de salida. Empezaba él mismo a convencerse de que en verdad había llegado allí por algún escándalo de cantina. Al empujar la puerta, una voz seca y militar gritó:

 

—¡Eh! ¿Adónde va ése? ¿Quién le dijo que saliera? ¡Alto!

 

Alguien le tomó por el brazo, haciéndolo voltear bruscamente. 

 

Un corpulento oficial a medio vestir le miró de pies a cabeza examinándole con somnolienta parsimonia.

 

—El sargento —repuso Pedro—, el sargento me dijo que podía salir, señor —y señaló al fondo del patio en donde el sargento que le había dicho que podía salir estaba limpiando una pistola.

 

—¡Sargento! —gritó el oficial— ¿Qué pasa con éste?

 

—Sí, mi capitán. No hay nada contra él. No dejaron ningún papel los del turno de anoche. Parece que llegó borracho y le pusieron una multa o no sé qué.

 

—Está bien, puedes irte, y más juicio para otra ocasión, ¿eh?

 

 

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El anciano abrió la puerta y penetró a un largo y oscuro pasillo en donde habían apagado ya las luces y no llegaba todavía la claridad de la mañana. Allá, en el fondo, un sol color manzana repartía sobre la calle una tierna luz sin sombras. El pescador se dirigió a la salida, titubeando aún pero más despierto ya y con la conciencia de que algo le esperaba afuera que lo liberaría de esa incómoda y vaga carga que le pesaba en un rincón de la memoria. De pronto, cuando iba a trasponer el umbral, alguien le llamó de nuevo desde adentro. Era el capitán que asomaba para preguntarle:

 

—¡Eh! ¡tú! ¿No pertenecías acaso a los seguidores del que ejecutaron ayer tarde?

 

Pedro se volvió a mirarlo y se detuvo sin saber qué decir.

 

—No, no sé quién era, señor —logró por fin contestar—. Soy pescador del puerto. Tengo mi matrícula en orden. No tengo nada que ver con ningún ajusticiado. La matrícula ¿sabe usted?... en aguas de la Base... pero pagué... estoy en orden. Yo... ¿sabe usted?

 

—Está bien —le interrumpió jovialmente el otro—. Lárgate y buena suerte. Y se oyó un portazo que trajo de nuevo la penumbra al pasillo.

 

Al cruzar el umbral se bañó en la tibia claridad de la calle. 

 

Un gallo lanzó hasta el cielo las cuatro notas de su canto, como un volatinero que inicia el espectáculo tirando a lo alto las espadas que después irá a tragarse. El canto inauguró la mañana poblándola detodos esos ruidos con los que el hombre pone de nuevo en marcha su vida sobre la tierra.

 

 

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El anciano pescador bajó al puerto. A medida que se acercaba al mar, sitios y caras familiares le fueron abriendo las puertas del mundo. Los días del pasado volvieron a llenarse con el inconfundible lastre de recuerdos, amargos o felices, pero materia singular e incanjeable de su vida, que lo empujaba otra vez a ser un hombre entre los hombres, sin más doctrina que las enseñanzas del mar, sus astucias y repentinos furores y sus calmas también inesperadas y agotadoras. Subió a su barca y se puso a trabajar en el arreglo y ajuste de la maquinaria. El contacto con las herramientas, el ronroneo de los motores, el viento marino barriendo la lisa madera de la cubierta, fueron hundiéndole más en sus asuntos y aligerándole del agobiador lastre que la enajenada presencia del Maestro acumulara sobre el hábil perseguidor de cachalotes y bancos de atún. Puso a andar la lancha y puso proa hacia la Jefatura del Puerto. Iba a renovar su permiso de pesca. La vibración de la hélice y el desorden de las aguas alrededor de la achatada proa, le acabaron de soldar con el mundo y entonces comprendió por qué había negado al Maestro y cuán extraño era a su doctrina y al imposible sacrificio que suponía. Todo lo sucedido en las últimas semanas comenzó a retroceder buscando su justo lugar en el pasado, ordenándose en la memoria con otros muchos recuerdos, y perdiendo esa particular energía, ese vertiginoso prestigio que estuviera a punto de hacerlo renegar de su condición entre los hombres.

 

Lavó el pañuelo en el agua que entraba por la borda y lo puso a secar en una de las ventanillas laterales. Las siluetas de los esbeltos yates comenzaron a destacarse de nuevo sobre el fondo marfil y celeste de la seda.

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