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SEMANA SANTA
Astorga Redacción
29/03/2018

"El paso de la Cena hizo anoche de nuestras calles el gran cenáculo iluminado por el mismo firmamento"

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Los cofrades de la Hermandad de la Santa Cena salían en la noche de este Miércoles Santo del cabildo de San Bartolomé con un ojo puesto en el cielo ante la posibilidad de que lloviera, por eso sus responsables decidieron acortar el itinerario por la calle Doctoral. Antes de que los pasos pujados por costaleros comenzaran su andar por las calles de la ciudad, se celebró la bendición de los panes como preparación de la procesión de la hermadad del gremio de hostelería y alimentación. A continuación, las imágenes se fusionaron con la noche astorgana.

 

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Ángel Fuertes del Valle. Pregón 1990 (fragmento)

 

"Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer."
(LC 22.15)

 

Es este tu gran legado, Señor. Vas a ser entregado, escarnecido e inmolado, pero quieres quedarte con nosotros sacralizando el pan y el vino en esta Cena. Los doce jueces de Israel ocuparán su sitio en nuestra Catedral y en el resto de los templos astorganos para que en tu mesa, Señor, podamos estar todos representados.

 

El paso de la Cena hizo anoche de nuestras calles el gran cenáculo iluminado por el mismo firmamento. Ahora en esta tarde las campanas de todos los templos nos convocan a la Eucaristía, Misa de la Cena del Señor; también y principalmente las de la Catedral.

 

 

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Huele a primavera recién estrenada en el atrio y trasciende desde el interior un recio olor a incienso del turíbulo; el órgano lanza con rotundidad sus notas por las inmensas naves; el Cabildo, mucetas moradas y negras, recibe al Obispo y doce ancianos endomingados esperan escoltando la verja de la vía sacra por su interior; ya sale de la Sacristía la solemne comitiva oficiante presidida por el Prelado, revestido de pontifical, y delante el Pertiguero tocado con peluca dieciochesca, dalmática blanca y pértiga de plata, abriendo paso hasta poner pie sobre el pórfido del pasillo central; "Un mandamiento nuevo nos da el Señor ..." entona el sochantre a quien sigue el coro alrededor del facistol. Comienza la ceremonia en tanto que, allá arriba sobre la barandilla del triforio, un pajarillo despistado reclama su libertad; "Jamás me lavarás tu los pies"; el señor Obispo, humillado, con el gremial en las rodillas, la jofaina y una gran toalla al lado, los lava y enjuga a los doce desde los dedos al cascañal; "Si no te los lavare no tendrás parte conmigo"; y suena de nuevo el carillón del reloj dividiendo las horas; nuevamente sube al presbiterio el oficiante, y alimenta con la naveta al incensario, y nos llega la palabra de Dios desde el ambón sahumado; la gran Eucaristía continúa y el campanilleo que acompaña al Gloria eleva el espíritu; Cristo, pan y vino de amor, de inmenso amor, va a hacerse Sacramento y el Sanctus ha sido la señal para que el bronce enmudezca y ceda su protagonismo a la gran matraca que, tras el letargo anual en el techo de la María, arriba en la torre nueva, tabletea semejando el crotorar de una cigüeña gigante, toque sordo y reprimido porque Cristo ya está en su silencio doloroso.

 

Cristo sacramentado, encuadrado ya en el estuche de plata cincelado con el "agnus dei" capitular, es trasladado bajo palio al trono reservado del monumento ... y el templo se remansa en un sosiego de paz.

 

 

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El gallo de la Pasión', un cuento de Francisco Ayala

 

A mi amigo Dugo Medina.

 

La lengua de la hoguera -saltos de niño-  había picado el cielo. El cielo - blanco ya: veteado de azul- ordeñaba aurora. El fuego, vacío, iba palidecien¬do, a tono con la lividez del alba.

 

Y Pedro -las manos del revés: las palmas, como escudo del pecho- negaba, escandalizado.

 

—¿Él? ¿él? ¡Por Jehová: él, no! Ni le conocía.

 

Su gesto de probrecito judío: ofrecía las palmas, vueltas, a la interrogación de las lenguas de fuego. Y vuelta la cabeza (judío, pobrecito: “Él, no. Por Jehová”) comenzaba a componer la cara de arrepentimiento.

 

Los soldados romanos, orgullosos de sus corazas de metal y de sus faldillas bermejas, batían el suelo con la contera de sus pértigas para ahuyentar el frío. Jugaban a los naipes. Y se reían de Pedro.

 

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Ya la aurora - hielo deshecho- se deslizaba, chorreando -aguas de mal espejo- por las paredes del patio. Ya flotaba la luna, podrida, en el estanque. Ya temblaban las faldillas bermejas, bordadas de cristal y azabache, de los soldados romanos.

 

El gallo de la Pasión -lázaro resucitado de la noche- daba vueltas alrededor de Pedro: vueltas de pasos solemnes, largos y lentos, (Muy engallado, el gallo de la Pasión; muy poseído de su papel histórico.)

 

Por fin, se detuvo frente a él. Nubló el párpado su ojo de clavo brillante, para hacer más encarnizado y súbito el picotazo de su nueva mirada. Todas las plumas del cuello se le electrizaron. Se hinchó su pecho de goma. Estiró el cuello, corvado, tenso, como un neumático de bicicleta, y lanzó a Pedro tres flechas metálicas, secas y relucientes.

 

Pedro dio un salto: las manos en la cabeza. Miró a Cristo, que estaba ojeroso, blanco. Y recogió la mirada temblona que le ofrecía desde el fondo de su pozo.

 

Entonces, recordó el Apóstol. La aurora, como una bufanda de lana, le ceñía la garganta: allí, clavadas, vibrando, las tres flechas del gallo.

 

 

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Se removió todo su amor. Era el momento de arrepentirse. Cuajaba el arrepentimiento. Las tres flechas estaban clavadas ahora en su corazón. Apretaba la pena su cuello, como gaseosa embotellada. No podía más.

 

Sujetó una sonrisa con los dientes, y se disculpó:

 

—Perdón, caballeros. Tengo que salir un momento. Es una necesidad inexcusable. Perdón, ¿eh? ¡Un momentito! En seguida vuelvo.

 

Ya en la calle, dos ríos nacieron de sus ojos. Lavó su culpa en dos fuentes claras. Y —como era previsible— Dios le perdonó.

 

 

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