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SEMANA SANTA
Eloy Rubio
31/03/2018

Estébanez de la Calzada: "Un miserere escueto, a capela rasgaba el silencio de su profundo sentir..."

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Una procesión escueta, sobria, emocionada, sin abalorios ni incorporaciones extrañas, modernistas, salió el Jueves Santo a las calles de Estébanez de la Calzada. Un crucificado de mediano tamaño pujado por cuatro hombres. El atavío de los acompañantes era tal vez el de domingo, sin ningún distintivo que reconociese a los cofrades, a cara destapada afrontando la muerte, el pueblo llano que en silencio proclama su dolor. Martín Martínez expresó en el pregón realizado en Astorga en 1998 este hondo sentir, sin postureos. Un miserere escueto, a capela rasgaba el silencio de su profundo sentir...

 

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Martín Martínez. La escasa memoria de Astorga, 1998 (fragmento)

 
Mas todo pregón lleva consigo un prolegómeno, un toque de atención para avisar al vecindario, con el redoble del tambor y el agudo de la trompeta, vamos como si estuviéramos en Semana Santa. Ese redoble lo han puesto esos pregoneros que me han precedido -con raras excepciones- en esa memoria infantil de la Semana Santa, memoria tan entrañable y que tanto llega a los oyentes que así rememoran ellos aquellos años. Yo no tengo esa memoria, si no la que me dejara el pueblo de mi nacimiento, con aquel oficio de tinieblas sobrecogedor o la cortísima procesión del Santo Entierro con una ‘umia’ como decían los mayores, impresionante, y el miedo metido en el cuerpo, pues la capilla se abría totalmente al cementerio. La memoria se va a unas procesiones sin espectadores pues en los pueblos todos procesionan y unos oficios diarios con los cantos populares en los que se narraba, plásticamente, la Pasión, con una literatura y sencillez absolutas.

 

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“Martes Santo se juntaron/ en la casa de Caifás /la gente vil y malvada/ y a Jesús sin más ni más / darle la muerte intentaban.” Recuerdo sí la explosión de la Pascua y la procesión del Encuentro en la plaza que decíamos del Depósito, hasta con redoblante y dulzaina, el canto femenino de “ quítate ese velo negro...” con repique alegre y alborozado de las campanas que, sorprendentemente, para los críos, comenzaban a sonar en el preciso momento en que las mozas retiraban el manto negro a la Virgen, los quintos lanzaban los primeros cohetes, sonaba la dulzaina y algún rapaz roía la típica rosca de Pascua que había distraído a un bolsillo antes de salir a misa.

 

Tengo en mi frágil memoria, de hace casi 50 años, aquella primera Semana Santa de Astorga cuando el frío nos atenazaba entre los muros del Seminario y los sabañones eran huéspedes perpetuos, a la vez que intentaban, muchas veces inútilmente, abrimos la inteligencia. Claro, no eran lo mismo las tinieblas en un pueblo de secano que en una catedral que entonces parecía aun mucho más grande, con una carraca inmensa y unas choyas que, parecía, deseaban participar desde las torres. Los que llegábamos de pueblos, de pardillos, no habíamos oído palabras como ‘vil populacho’, ni entendíamos que era aquello de un Cristo articulado y el monumento nos parecía una obra arquitectónica exagerada; nos pasmábamos, cuando en la tarde del viernes, en fila y con roquete recorríamos la ciudad, nos pasmábamos digo, al ver tanta gente en las aceras, espectadores atentos al lento paso de los pasos, así como las filas de fieles que para una mente infantil, y de pueblo además, le parecían interminables.

 

 

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Y después volvieron las semanas santas del pueblo durante el bachillerato, cuando ya se entendía un algo de aquella liturgia de crespones morados, y se rumiaba la sencillez y aún la pobreza de una imaginería inexistente, donde la Virgen del Rosario, que tenía adjudicada la advocación de las Candelas servía para todo y en la Pascua el Resucitado era sustituido por un Niño Jesús, porque Resucitado no había. Era, sin embargo una Semana Santa vivida profundamente, sencilla y fiel.

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