Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 21/06/2018
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SEMANA SANTA
Eloy Rubio / Reportaje fotográfico: Jesús GG
30/03/2018

"La gente, expectante, empieza a guardar silencio y San Juanín emprende su veloz carrera"

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Después de la lluvia caída en la noche, el Viernes Santo ha amanecido con un sol que ha permitido que el acto más entrañable de la Semana Santa de Astorga, la carrera de San Juanín, haya podido celebrarse. La imagen, propiedad de la Real Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de la Soledad y portada por los descendientes de su tallador, Laureano González, fue el centro de atracción para los cientos de personas que abarrotaban la Plaza Mayor.

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Ángel Fuertes del Valle (Fragmento pregón 1990)

 

La madrugada del Viernes Santo huele intensamente a soconusco, chocolate astorgano elaborado a brazo según la tradición, y a churros recién fritos, y a harina y huevo acabados de hornear, y sus tufaradas se entrecruzan produciendo una promiscuidad provocadora. Una muchedumbre pululante recorre las calles que van a confluir en la Plaza Mayor porque ya se acerca la hora del Encuentro; el desfile de la Pasión hace tiempo que ha salido de Puerta de Rey habiendo pasado también por la Catedral. Vienen en él todos esos pasos populares y archiconocidos, pero que el pueblo contempla cada año como si fueran nuevos; San Juanín, los Azotes, la Jacinta, Cañinas en la Paciencia ... Todo el mundo sabe quién es Jacinta, ese personaje femenino con faldas abullonadas, pero a nadie le interesa profundizar si se trata de la maritornes de Pilatos o de Claudia Prócula, su mujer; y Cañinas no es otra cosa que la personificación de la maldad y por eso el pueblo, creo yo, le ha puesto el nombre despectivo y burlesco con el que se le conoce, personajillo raquítico vestido con gregüescos para parecer más extemporáneo y ridículo; y los azotes provistos de tórdigas que al paso de los porteadores se bambolean con vaivén flagelante, dando sensación de realidad a la gente sencilla que de esta suerte comprende mejor lo que el paso representa; y San Juanín, así llamada con diminutivo leonés hablado en esta tierra, constituye el paradigma de la valentía para todos los niños, que ven en él, además, el protagonista de la buena acción que todos hubiéramos deseado hacer, le ven y le vemos así, pese a su desgarbada figura de dudoso valor artístico, de rostro asustadizo y ojos perdidos, dedo insinuante y crenchas en el pelo formadas por su raya al medio. San Juanín con capa y esclavina rojas, flameantes al correr, es como un supermán sacralizado por nuestra fe.

 

 

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Un hervidero de gente se mueve con gran barahúnda en la Plaza Mayor; ya se oyen cercanos los clarines y la cruz alzada con los ciriales asoman por la esquina de la calle del Ángel; un pendón de negro crespón identifica a la Cofradía: son los Judíos de Puerta de Rey. Es la señal para formar un pasillo, al principio demasiado estrecho, que es el camino por donde San Juanín va a correr velozmente; nace en la Rúa de Peregrinos y termina en la de Bodegones. La gente, expectante, empieza a guardar silencio y San Juanín emprende su veloz carrera desde donde está el Señor hasta la ‘calle de la Amargura’, donde se encuentra María a quien hace una reverencia que el esfuerzo realizado por los costaleros la hace parecer exagerada. Los macillos de las campanas menores del Ayuntamiento avisan, sobre los campaniles, que los maragatos del reloj van a dar las diez en la campana de Redelga.

 

 

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Cristo Nazareno, figura distinta de la de anoche, con la cruz a cuestas y acompañado de sayones, camina descalzo, con andar solemne y acompasado, asomando su pie derecho bajo la túnica, mientras su madre, María, avisada por San Juan, camina también a su encuentro ... y el pueblo entona la Salve. "Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos". (Le 23.28)


Y Cristo ya está en su trono de cruz, asido a ella a sangre y fuego, con el más abundante acompañamiento de incom¬prensión. Ahora sale ya de San Andrés en bellísima imagen que este año ofrece su perfil al magnífico cartel de esta Semana Santa; va precedido por un calvario de grandes cruces desnudas y escoltado por nazarenos de negro y rojo, además de todo un barrio en procesión. "Y Jesús, clamando con una gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y diciendo esto expiró". (Le 23.46)

 

 

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Mercedes Salisachs. ('El declive y la cuesta'. Fragmento)

 

 

La cruz del Nazareno venía montada. La trasladaban varios hombres desde el palacio de Caifás.

 

Había sido construida allí y parecía mayor que las otras.

 

Al verla comparecer por la calleja del Oeste, los chiquillos corrieron a su encuentro.

 

—La cruz del ‘profeta’ —gritaban.

 

Los fariseos no tardaron en llegar cabalgando en sus alazanes. Iban armados, como si estuvieran en pie de guerra, y se detuvieron en el centro del Fórum para dar instrucciones a los que cargaban con la cruz.

 

Los reos habían sido llevados nuevamente al patio.

 

Corrían rumores de que el cortejo debía salir desde la misma plaza.

 

Silo le tiraba del brazo:
—Vámonos, Eva, es conveniente adelantarse.

 

También la otra madre corría ya hacia el lugar donde habían dejado la cruz del hijo. Tampoco ella quería perderse la avanzadilla.

 

Los curiosos formaban un círculo. Aunque restaba poca gente en el Fórum, la curiosidad continuaba imperando, y era preciso asegurarse la cercanía de los reos.

 

El motín excitaba los caballos. Recelosos, se empinaban algunos, orejeantes, bufando y relinchando hasta desperdigar la chiquillería.

 

Pero cuando los chiquillos vieron a los presos, dejaron de atizar a los caballos para correr tras ellos.El Nazareno iba delante. Le habían puesto de nuevo la túnica, y la corona le quedaba ladeada. Gestas era el último. Andaba zigzagueante, aturdido, incapaz aún de asimilar aquella muerte.

 

Los situaron a cada uno junto a sus maderos. El centurión pasaba revista: “carpinteros, herreros, criados, trompeteros...” Había que asegurarse de que todo estaba completo, de que nada iba a faltar.

 

 

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Escalas, cuerdas, clavos, tacos, cordeles... El centurión gritaba. La gente fluía de nuevo. Una confusión horrible martilleaba las ideas. Veía el pescuezo de su hijo abollado por el peso de la madera, veía al Nazareno tratando de cargar con aquella cruz, oía las blasfemias de Gestas, los crujidos de sus huesos: “Basta, basta...”

 

El Nazareno caía. No tenía fuerzas y la cruz sin fragmentar pesaba demasiado:

 

—Al menos, quitadle la corona hasta que sostenga la cruz —gritaba el centurión.

 

Un soldado obedecía: “Cuidado...” Quería advertirle que su madre estaba allí, que los espinos, al ser arrancados con brusquedad, podían dolerle demasiado. Pero el soldado tiró de la corona y un chorro de sangre fue a darle a la cara.

 

—Lo que faltaba.

 

Y Lidia repetía:
—Se han vuelto locos.

 

La gente reía. Y el soldado se limpiaba la cara con la mano que tenía libre.

 

El Nazareno estaba en el suelo. No podía levantarse. Por más que tirasen de las correas que pendían de su cintura, era imposible ponerlo en pie. Y su madre lo miraba, envuelta en la vesania de todos, queriendo alzarlo del suelo con sus pupilas, como si fuera una mujer fuerte, como si no estuviera también ella caída en una sima honda.

 

El soldado había colocado la corona en la punta de un palo y gritaba:
—Aquí tenéis la corona del Rey.

 

Pero el Rey estaba en el suelo, con la cruz encima, incapaz de moverse. Y Dimas aguardaba (el palo transversal sobre el pescuezo): el rostro congestionado, la miraba aterrada, la frente sudorosa.

 

Resultaba difícil asimilar todo aquello. Era demasiado espantoso, demasiado cruel.


 
Alguien insinuó:

—Atad una correa a la punta baja de la cruz y sostenedla en alto.

 

Pero el reo no podía levantarse ni siquiera de aquel
Eva temía caerse. Todo le daba vueltas. Silo la sostenía: —Es sólo el principio —decía.
Tras el Pretorio asomaba ya el cuerpo de caballerizas de Pilato. El gobernador iba en cabeza y su yegua había sido adornada con las armas de la guerra.

 

Apartaron la cruz y el reo fue puesto en pie. Su madre parecía respirar más sosegada. Pero la cabeza de Eva se¬guía dándole vueltas.

 

Los caballos de Pilato se unían a los de Caifás. Nadie había esperado aquella aparición. Pilato no se fiaba de los fariseos. Pilato quería cerciorarse de que no iba a haber disturbios.

 

—Adelante.

 

El cortejo comenzaba. La cruz del reo pesaba menos; la soga atada a la punta permitía mantenerla en vilo.

 

Pilato daba órdenes:

—Enfilad por las callejas secundarias.

 

Sabía que la gente iba a dirigirse al Templo y no era cosa de entorpecer las avenidas.

 

Silo comentaba:

—Afortunadamente, el sol se está escondiendo.

 

La niebla de los Olivos estaba ya en la ciudad y el sol era un punto débil que apenas molestaba.

 

Dimas avanzaba sin tropiezos: era un descanso saber que sus fuerzas no flaqueaban como las del Nazareno. Eva lo veía renquear, angustiado, sujetándose la túnica con la mano izquierda para no dar traspiés.

 

—No llegará ni a los muros —auguraba Silo.

 

 

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Las ventanas y las puertas se abrían por donde pasaban. Nadie quería perder aquel espectáculo. Los rostros que asomaban tenían una expresión indefinida, como si el bochorno del día los paralizase. Nadie despegaba los labios. Nadie se atrevía a gritar.

 

De pronto comenzó un granizo suave y el polvo del camino iba convirtiéndose en lodo. Se veían ya las huellas de los caballos, de los presos, de toda la comitiva.

 

Atufaba a estiércol. Era un olor antiguo. Un olor que traía recuerdos: “Cuidado, Dimas; guarda tus heridas del estiércol. Produce una enfermedad terrible.”

 

Sin embargo, los pies de Dimas pisaban aquello, pero ella ya no podía prevenirle de lo que le iba a ocurrir.

 

También el Nazareno lo pisaba, y Gestas... Un Gestas cada vez más arrugado, cada vez más envejecido.

 

Silo le hablaba de la puerta del Mediodía:

 

—¿Recuerdas el acueducto? No podrá cruzarlo.

 

La piedra que lo atravesaba estaba muy alta.

 

También Silo se hallaba pendiente de aquel hombre. Tampoco él podía apartar aquella horrible visión de su mente.

 

La túnica se había empapado de lluvia y debía de pesarle mucho más que antes. Pero al llegar al acueducto, nadie se ofrecía a ayudarlo.

 

—Vamos, adelante, adelante.

 

El cortejo se detenía y los soldados se impacientaban. De nuevo tiraban de las correas. Los pies del reo se enredaban a la túnica y la cruz se ladeaba:

—No irás a detenerte ahora.

 

Su cabeza dio contra el canto de la piedra. Fue un golpe seco. La cruz quedó a un lado y el cuerpo se empapaba de agua.

 

La confusión crecía. La escolta se detuvo. Lidia se pegó a Eva:
—Es horrible, horrible.
—¿Dónde está ella?
—¿Quién?
—Su madre.

 

 

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Tenía la esperanza de que no hubiera presenciado aquella caída. Pero María estaba allí; su rostro aglutinado entre los restantes, queriendo en vano acercarse a aquelcuerpo que tendía los brazos hacia ella, suplicantes e impotentes.

 

—Es horrible —repetía Lidia.

 

Se escuchó en seguida el galope de un caballo; venía de la avanzadilla.

 

El fariseo que lo montaba, traía el rostro malhumorado:

—Ayudadlo de una vez —rezongaba.

 

Los niños se asustaban; la voz del fariseo era imperiosa y el espectáculo del reo caído les producía terror.

 

Lo alzaron entre dos soldados, con dificultades:

—No podrá seguir —insinuó el centurión—. La túnica le pesa demasiado.

 

Se había empapado de barro y el cuerpo del reo se inclinaba hacia delante, vencido por el peso.

 

Pero el fariseo tenía prisa:
—No se puede perder ni un instante.

 

El hombre que ondeaba la corona de espinas volvió a colocársela en la cabeza. Instintivamente el cuerpo se empinó como atizado por un rehilete:

—Muy ingenioso —comentó el fariseo. Y empuñan¬do las bridas, galopó de nuevo hacia la avanzadilla.

 

Lidia dijo:

—Más le valiera morir.

 

Divagaba. Todo divagaba aquella mañana. Nada era estable: ni el cielo, ni el sol, ni la lluvia.

Lo dejaron atravesar el acueducto sin cargar con la cruz. Después volvieron a colocarla sobre su hombro.

Poco a poco la calleja se ensanchaba y la gente corría hacia delante para situarse en lugares estratégicos y observar mejor la comitiva.

 

Pegada al portal de una casa, María aguardaba a su hijo. Debía pasar muy cerca de allí. Tal vez incluso pudiera rozarlo. Eva se arrepentía de no haber hecho lo mismo. Pero ya era tarde para rectificar.

 

Además, era muy expuesto. La gente adivinaba. La gente sabía que aquella mujer de ojos asustados y facciones heladas era algo más que una simple comparsa.

 

—Es la madre del Profeta —decían.

 

La voz cundía, y los soldados se detenían para increparla:
—Ahí tienes el resultado de tu educación.
—Debiste corregirlo cuando aún estabas a tiempo.

 

Le enseñaban los clavos, los martillos, las cuerdas:
—Menos mimos y más palos.

 

Era lo establecido, lo que solía decirse en casos como aquél. También los soldados romanos le habían echado en cara a Eva algo parecido.

 

A medida que se iba acercando a María, el reo levantaba la cabeza. Parecía como si le faltara el tiempo para llegar hasta ella.

 

—Como dejes de mirar al suelo, vas a caerte otra vez —le advirtieron.

 

Pero el reo miraba a su madre. Nadie podía impedir aquello. La necesitaba. Necesitaba el remanso de sus ojos para seguir. Necesitaba su dolor para completar el suyo, necesitaba la resignación de aquella mujer, para que todos supieran de dónde había heredado la suya.

 

Los traspiés comenzaron en cuanto estuvo a poca distancia de ella. La cruz se balanceaba. La gente huía.

—Se nos cae encima.
—Ahuecad.

Y el reo fue a desplomarse a los pies de su madre.

 

 

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