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SEMANA SANTA
Eloy Rubio
30/03/2018

"Es un barrio entero -el arrabal- que con su Cristo a cuestas, suben lentos, piadosos la pendiente del Postigo"

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En el 75º aniversario de la Cofradía del Bendito Cristo de los Afligidos, el tiempo dio tregua y la procesión de este Viernes Santo transitó majestuosa por las calles de Astorga. La Coral Excelsior 'Ciudad de Astorga' interpretó un motete al regreso del Cristo al cabildo de San Andrés en honor de la celebración, en principio estaba previsto que lo hiciera en la Plaza Mayor, pero los nubes amenazando lluvia obligaron a trasladar el canto al finalizar la procesión.

 

 

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Paulino Sutil (Pregón 1995, fragmento)

 

MEDIODÍA

 

La ciudad está de nuevo en la calle; hay animación y encuentros largos, es fiesta; se pasea expectantes, curiosos ante la animación de todo un pueblo que se siente gratamente invadido por la fuerza de la tradición y la presencia del fervor popular.

 

No es mucha mi experiencia y vivencia de la Semana Santa -lo confieso- pero siempre me ha impresionado espiritual y afectivamente, me he sentido atrapado por la presencia en las calles, de la figura austera, conmovedora, encorvada por el dolor y la angustia, con su mirada fija en lontananza -si así lo quieres, Padre- del Bendito Cristo de los Afligidos, de la Parroquia de San Andrés.

 

Es verdad que a esa hora del Mediodía no suenen tantos tambores.... casi han desaparecido los capirotes y las túnicas de penitentes. Pero es un barrio entero -el ARRABAL- que con su Cristo a cuestas, como tiene que ser, suben lentos, piadosos la pendiente del Postigo, hacia el Monte de la Jerusalén - Astorga. Sí hay en este mediodía sol y sudor pero mucho más calor y fuego, lágrimas de verdad e intenso silencio. Se escucha ya a lo lejos el lento caminar, duro, seco, de mujeres y hombres que siguen en la brecha, con la cara al sol y al dolor; a la dura brega con una tierra casi baldía; zaheridos por la crisis y los problemas, por la vida misma, pero al lado de su Cristo, para abrirse a la esperanza y a la lucha diaria.

 

 

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Se abren las ventanas; las calles se quedan quietas, no quieren interrumpir el silencio y los cantos. Pasa el Señor que hoy quiere hablar, enviar su último mensaje.

 

Ya ha sonado la campana mayor de la Catedral; las torres apuntan inmisericordes al cielo azul y violeta; bandadas de pájaros al viento; se estremecen los pináculos del Palado de Gaudí y en el Pórtico de la Catedral... recogimiento y silencio. Son las Siete Palabras del hombre -Dios que va a morir y que quiere proclamar, trasmitir su mensaje; dejar espacio y tiempo, palabras y silencios para pensar y meditar.

 

Por encima de la emoción del momento, de las frases cálidas, impetuosas del sermonero .... hay que mirar a los ojos, el rostro, los gestos del Señor de los Afligidos. Hablan de perdón: no saben lo que están haciendo, ¡bendita excusa! de promesas, mira por dónde y esto sí que es novedad, a ladrones arrepentidos que reconocen sus errores, a samaritanas y prostitutas convertidas que junto al brocal de la duda, del placer, del pecado, saben levantar la cabeza y gustar de la sabiduría de los humildes que nos deja una madre -gran emoción- para que al lado de tantas madres de la tierra, las acompañe al pie de la cruz de la droga, del Sida, del sinsabor de la violencia y del miedo de unos hijos que viven atados a tantos desengaños y cruces de la vida. Y tiene sed -¿de qué?-.... Y de pronto se oyó un grito: Todo está cumplido y acabado.

 

 

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De nuevo el lento caminar, los rezos, el corazón esponjado. Han escuchado al Señor.

 

Y el Cristo de los Afligidos se queda mudo; casi sonríe.... Y desde su trono de la Parroquia de San Andrés, seguirá mirando, hablando, sintiendo el latido inmenso de todo el barrio -el Arrabal- que lo encuentra a su lado y que siempre en los días y trabajos, será su Cristo, su Cristo Vencedor.

 

 

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José María Arguedas. 'Los ríos profundos' (fragmento)

 

Yo sabía que cuando el trono de ese Crucificado aparecía en la puerta de la catedral, todos los indios del Cuzco lanzaban un alarido que hacía estremecer la ciudad, y cubrían, después, las andas del Señor y las calles y caminos, de flores de ñujchu, que es roja y débil.

 

El rostro del Crucificado era casi negro, desencajado, como el del pongo. Durante las procesiones, con sus brazos exten­didos, las heridas profundas, y sus cabellos caídos a un lado, como una mancha negra, a la luz de la plaza, con la catedral, las montañas o las calles ondulantes, detrás, avanzaría ahondan­do las aflicciones de los sufrientes, mostrándose como el que más padece, sin cesar.

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