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SEMANA SANTA
Astorga Redacción
30/03/2018

"Desenclavar el Crucifijo es actitud que se prolonga en los cristos de carne y hueso"

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Al Cristo de Gregorio Español de la Cofradía de la Santa Vera Cruz y Confalón este año lo han clavado y desenclavado en la intimidad del cabildo. No ha tenido suerte con el tiempo la secular hermandad astorgana que no ha podido lucir los conjuntos florales de cada paso, ni procesionar las tallas de valor artístico. Ya solo queda esperar a que el Resucitado pueda 'pasear' airoso el Domingo de Resurección.

 

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Bernardo Velado Graña. Pregón 1977 (Fragmento)

 

Si nos paramos a contemplar la fachada barroca, entre las dos torres como cirios, al sol del mediodía, es otro retablo en piedra o en llama viva que rodea el rosetón de Cristo Resucitado: Sobre la puerta de Reyes, entre otras escenas evangélicas, la central en colosales dimensiones, la escena de la Pasión preferida por los astorganos de todos los tiempos, cual si hubieran heredado innegables influencias de las primitivas representaciones de la Pasión: las de las puertas de Santa Sabina en Roma y las de San Isidoro de León, sin ir más lejos. Me estoy refiriendo al Descendimiento. Desenclavar el crucifijo es lo más tierno y humano de la Pasión. Allí están las manos acariciadoras de la Madre y el regazo, puerto, del Hijo desarbolado y roto. Allí están los amigos que, por fin, dan la cara. En la predela del retablo de San Miguel, la Virgen tiene rostro de aldeana de estas tierras. En la preciosa, poco conocida, de Puerta de Rey, y hasta en uno de los pasos más espectaculares del Viernes Santo Astorgano.


Antiguamente se hacia el ‘Desenclavo’ con el Cristo yacente articulado que se lleva en la urna de cristal para el Entierro.

 

Desenclavar el Crucifijo que han clavado nuestro pecados, es actitud que se prolonga en los cristos de carne y hueso, librándonos de injusticias y desamor.


Basten estos mojones históricos para descubrir algunas de las viejas raíces. Está por hacer una historia completa y orgánica de lo que ha sido en Astorga y en España la celebración tantas veces secular de los misterios pascuales. A medida que se avanza en el recorrido, se multiplican y se diversifican los datos hasta parecer una selva impenetrable en las dos vertientes: litúrgica y popular. Por las crónicas que he podido compulsar se deduce que el esquema, en lo esencial, de la Semana Santa de Astorga es el mismo desde hace varios siglos, anotando, claro está las modificaciones de los horarios en la reforma copernicana de Pío XII por lo que se refiere a la liturgia, volviendo a las fuentes y a los orígenes: horas aproximadas a los sucesos o acontecimientos de la Semana Grande. En él se ensayó como en un anticipo la renovación litúrgica del entonces futuro Vaticano II.


En la imposibilidad de hacer una descripción detallada, os brindo sólo una pinceladas en el lenguaje musical y popular de unas décimas o espinelas.

 

 

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No hace falta ser muy viejos para recordar muchas cosas de las que se han perdido en la Semana Santa astorgana y no todas, apresurémonos a decirlo, por imperativos de mejora o de renovación, sino por abandono y pérdida de vitalidad cuando no por desidia o pereza, los desafinados ensayos de los ‘niños de Sion’ junto a la capilla de la Vera Cruz que desgarraban el silencio cuaresmal, la grave salmodia de las ‘Tinieblas’ con los responsorios polifónicos y las lamentaciones de los viejos códices hispanos. En un programa-guía de 1931 editado por la Comisión Profomento que ya existía, se anotan varias veces el ‘Miserere’ de D. Ramón G.Barrón a ocho voces mixtas, los sermones de la Pasión en la madrugada del Viernes, o el que precedía la salida de la procesión del Entierro, y el Triduo de preparación ante el Nazareno del Silencio en San Francisco. El monumento del famoso pintor Avrial, que impropio y desfasado ya se conserva enrollado y podría utilizarse como escenario, para el auto sacramental, la enorme carraca con su tableteo de huesos dislocados en contraste con la alegría pascual desbordada del órgano y las campanas, el Encuentro con el Resucitado que salía de San Julián en las horas de la madrugada.


Pero en otros muchos aspectos, sería injusto no reconocerlo, se ha enriquecido y dignificado. A la vista están los esfuerzos y logros de los últimos decenios. Tal vez la originalidad y la mejor aportación, como el sello actual de nuestra Semana Santa: La coordinación, más la intima cohesión en horario y en funcionalidad de sus dimensiones litúrgicas y populares.

 

 

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Leopoldo Alas Clarín. La Regenta (Fragmento)

 

Los tambores vibraban fúnebres, tristes, empeñados en resucitar un dolor muerto hacía diecinueve siglos; a don Víctor sí le sonaba aquello a himno de muerte; se le figuraba ya que llevaban a su mujer al patíbulo.

 

El redoble del parche se destacaba en un silencio igual y monótono.

 

En la calle estrecha, de casas oscuras, se anticipaba el crepúsculo; las largas filas de hachas encendidas se perdían a lo lejos, hacia arriba, mostrando la luz amarillenta de los pabilos, como un rosario de cuentas doradas, roto a trechos. En los cristales de las tiendas cerradas y de algunos balcones se reflejaban las llamas movibles; subían y bajaban en contorsiones fantásticas, como sombras lucientes, en confusión de aquelarre. Aquella multitud silenciosa, aquellos pasos sin ruido, aquellos rostros sin expresión de los colegiales de blancas albas que alumbraban con cera la calle triste, daban al conjunto apariencia de ensueño. No parecían seres vivos aquellos seminaristas cubiertos de blanco y negro, pálidos unos, con cercos morados en los ojos, otros morenos, casi negros, de pelo en matorral, casi todos cejijuntos, preocupados con la idea fija del aburrimiento, máquinas de hacer religión, reclutas de una leva forzosa del hambre y de la holgazanería. Iban a enterrar a Cristo, como a cualquier cristiano, sin pensar en Él; a cumplir con el oficio. Después venían en las filas clérigos con manteo, militares, zapateros y sastres vestidos de señores, algunos carlistas, cinco o seis concejales, con traje de señores también. Iba allí Zapico, el dueño ostensible de la Cruz Roja, esclavo de doña Paula. El Cristo tendido en un lecho de batista sudaba gotas de barniz. Parecía haber muerto de consunción, A pesar de la miseria del arte, la estatua supina, por la grandeza del símbolo infundía respeto religioso... Representaba a través de tantos siglos un duelo sublime. Detrás venía la Madre. Alta, escuálida, de negro, pálida como el Hijo, con cara de muerta como Él. Fija la mirada de idiota en las piedras de la calle, la impericia del artífice había dado, sin saberlo, a aquel rostro la expresión muda del dolor espantado, del dolor que rebosa del sufrimiento. María llevaba siete espadas clavadas en el pecho. Pero no daba señales de sentirlas; no sentía más que la muerte que llevaba delante. Se tambaleaba sobre las andas. También esto era natural. Desde su altura dominaba la muchedumbre, pero no la veía. La Madre de Jesús no miraba a los vetustenses... Don Álvaro Mesía, al pasar cerca de sus pies la Dolorosa, tuvo miedo, dio un paso atrás en vez de arrodillarse. El choque de aquella imagen del dolor infinito con los pensamientos de don Álvaro, todos de profanación y lujuria, le espantó a él mismo. Estaba pensando que Ana, después de aquella locura que cometía por el confesor, por De Pas, haría otras mayores por el amante, por Mesía.

 

 

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Allí iba la Regenta, a la derecha de Vinagre, un paso más adelante, a los pies de la Virgen enlutada, detrás de la Urna de Jesús muerto. También Ana parecía de madera pintada; su palidez era como un barniz. Sus ojos no veían. A cada paso creía caer sin sentido. Sentía en los pies, que pisaban las piedras y el lodo, un calor doloroso; cuidaba de que no asomasen debajo de la túnica morada; pero a veces se veían. Aquellos pies desnudos eran para ella la desnudez de todo el cuerpo y de toda el alma. “¡Ella era una loca que había caído en una especie de prostitución singular; no sabía por qué, pero pensaba que después de aquel paseo a la vergüenza ya no había honor en su casa. Allí iba la tonta, la literata, Jorge Sandio, la mística, la fatua, la loca, la loca sin vergüenza.” Ni un solo pensamiento de piedad vino en su ayuda en todo el camino. El pensamiento no le daba más que vinagre en aquel calvario de su recato. Hasta recordaba textos de Fray Luis de León en la Perfecta Casada, que, según ella, condenaban lo que estaba haciendo. “Me cegó la vanidad, no la piedad”, pensaba. “Yo también soy cómica, soy lo que mi marido.” Si alguna vez se atrevía a mirar hacia atrás, a la Virgen, sentía hielo en el 'alma. La Madre de Jesús no la mira¬ba, no hacía caso de ella; pensaba en su dolor cierto; ella, María, iba allí porque delante llevaba a su Hijo muerto; pero Ana ¿a qué iba?...

 

 

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