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SEMANA SANTA
Astorga Redacción
31/03/2018

"De aquella noche del viernes podía decirse que "es noche santa, no la debemos dormir"

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No salió en la noche de frío y nieve del Viernes Santo en Astorga la Soledad, pero estuvo a su hora acompañada de todos sus braceros de la Real Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de la Soledad, que fueron convocados para un acto de exaltación y confraternidad. También se bendijo el guión de la Guardia Civil y el coro parroquial cantó una salve sustituta de la que tenían que cantar las monjas de Sancti Espíritus.

 

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José Luis Martín Descalzo (Fragmento del pregón de 1987)


 
Me faltaba aún hacer ese mismo día mi quinto descubrimiento: el de la ternura. De aquella noche del viernes podía decirse lo que el poeta escribe de la Navidad: "es noche santa, no la debemos dormir". Y, tal vez por eso, aquella noche a los niños se nos permitía andar por las calles a horas en que otros días dormíamos. Y aquella noche fui yo también al encuentro de la Virgen de la Soledad con las monjas de Sancti Spiritus.


Mi Virgen, lo confieso, era la Dolorosa. Me impresionaba su tremenda figura derrumbada, sus lágrimas auténticas, aquella mano campesina que sostenía sus cuchillos. Pero es que, sobre todo, yo unía la figura de la Dolorosa a la de mi madre que todos los años me llevaba a la novena cogido de la mano y me subía al coro de san Bartolomé donde ella tocaba el armonium.


La Dolorosa era, para mí, el resumen de todo el dolor y toda la ternura del mundo. Era la madre por excelencia. Y recuerdo que me temblaba siempre la voz cuando, al concluir cada día los cultos de la novena, cantábamos la Salve popular: «Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos».


Ahora sé que, por mucho que los años avancen sobre mi alma, aquella Dolorosa, de la que en casa tenemos una pequeña reproducción en plata, será siempre no sólo mi Virgen, sino el resumen de lo más tierno y humano del mundo.

 

 

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Ramón Hernández (Fragmento de Golgothá)

 

— ¡Plaga de romanos! —exclama sordamente alguien, masticando las palabras.


Desde Antioquía a Egipto, desde Nínive al golfo de Persia, los invasores son como un garfio clavado a la garganta.


— ¡Muerte al Imperio', —gritan los oradores clandestinos de las sombras.


Nuevo Holofernes, peste eterna, la esclavitud envenena la sangre de los que le han clavado al madero. Una abigarrada muchedumbre, como plaga de langosta, innumerable como el polvo de la tierra, partió de Nínive, pasó el Eufrates, y atravesó Mesopotamia.


— Póquer de ases —dice el centurión mostrando los naipes.


Juegan los legionarios sobre una mesa plegable en el interior de una tienda de campaña montada cerca de los patíbulos. Alrededor de las cruces deambulan algunos curiosos que, ajenos o indómitos a la férula de la ley de Moisés, no temen contaminarse con la impureza de la muerte que, como los cuervos que sobrevuelan el promontorio de las calaveras esperando su hora, aletea por encima de las cabezas de los condenados. Piafan atados a los postes del telégrafo los caballos árabes y la emisora portátil de radio deja oír a intervalos sus afónicos latidos y la voz entrecortada de la central de transmisiones del Pretorio, que apenas escucha el radiotelegrafista, más atento a los lances de la baraja que a su rutinaria misión

.
—¿Irás al baile de las viudas esta noche? —le pregunta un soldado a otro, ambos espectadores de la partida, apoyados en sus lanzas.


—Creo que no —responde el aludido.

 

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El baile de las viudas es clandestino por celebrarse la noche anterior a la Pascua. El baile tiene farolillos de colores colgando del artesonado del techo, en un local húmedo y destartalado de la calle 40. Allí se congregan las viudas empolvadas, pintadas exageradamente, hipnotizadas por los retratos del cónyuge difunto que, enmarcados con barrocas molduras italianas, presiden las consolas y los trincheros, las mesillas de noche y los muros del recue¬do. Ávidas de un amor sexual inmisericorde que las fulmine en los lechos de la fiera pasión, revelan sus máscaras la mueca lamentable de la miseria y de la ansiedad, mientras beben turbios combinados de menta y lucen falsas obsidianas en sus diademas de bisutería, compradas en los grandes almacenes próximos al Radio City Music Hall. Otras muestran generosos escotes y sus senos opulentos surcados por venillas azules, que besan los arruinados traficantes de drogas y los prestidigitadores de la decadencia. Algunas, más tímidas, cubren las arrugas de sus gargantas con cintas de seda, sobrantes en la confección de las coronas de flores de los velatorios de la morgue municipal. Pero la mayoría muéstranse absortas e inanes, como la mariposa que en el crepúsculo presiente su último vuelo, en tanto los oscuros clientes del baile, casi todos forasteros de paso por Jerusalén, las observan descaradamente, echándoles en las ajadas mejillas, pintadas con colorete, el agrio tufo del alcohol y el tabaco, provocando en las más apocadas una oleada de increíble rubor adolescente.


— Nena, vámonos al reservado —dice un fideicomiso de Trieste, tomando por la cintura a la viuda Hermione, míen tras suena un vals de Strauss en la gramola.


— Hoy no, no me apetece, estoy triste dice ella.


— Pero, ¿por qué estás triste? —le pregunta el fideicomiso, un tipo escuálido y demacrado, de expresión equívoca y amarillenta.


— Porque hoy mataron a un amigo mío los hijoputas romanos —dice Hermione, limpiándose unas furtivas lágrimas con un pañuelo de seda, bordado con las iniciales H. B. de su extinguido matrimonio.
El rimmel se deshace y escurre por su cara, ensuciando la máscara de clown que se refleja patética en el cristal enfermo de un antiguo espejo colgado en la pared de enfrente.


— ¿Y qué hizo tu amigo para merecer tal suerte? —inquiere el fideicomiso.


— Le mataron por ser un idealista —responde la viuda — . Por esa razón hoy me ves de luto, Amoldo, compréndelo.


Suena un violín afónico en el gramófono, canta un coro de demonios el salmo milenario del rey David:
Leones rugientes y devoradores abren sus fauces contra mí.


Estoy como el agua que se tira, tengo todos los huesos dislocados y mi corazón, como la cera, se me deshace en las entrañas.


Mi garganta está reseca como una teja y con la lengua pegada al paladar me van echando al polvo de la muerte.


Una jauría de mastines me rodea, me acorrala una turba malvada.


Han taladrado mis manos y mis pies y se pueden contar todos mis huesos.


Ellos me miran triunfantes, se reparten mis vestidos y echan a suertes mi túnica...


— El condenado del centro está a punto de morir —observa, hablando entre dientes, el oficial que manda el pelotón de soldados que dirige la ejecución de los suplicios; un lombardo alto y nervudo, de duras facciones curtidas por la intemperie y mirada de acero.

 

 

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