Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 27/05/2018
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DETRÁS DE LA HUELLA DEL INEMA
Texto: Juan Antonio Cordero. Fotos: Núñez & Núñez
16/04/2018

Mérida Pérez 1971-80. Tres brochazos

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Volvemos sobre la década de los 70 pero esta vez con una visión más personal y subjetiva, sobre el acontecer de los hechos en INEMA recordados y contados por dos de sus protagonistas. Constará de tres brochazos de testimonio que darán un tono adicional complementario y de cuyos entresijos administrativos ya hablamos en la Entrega anterior.


El primero, sobre los ajustes derivados del nuevo ordenamiento, que ampliaba la Enseñanza Básica a costa de reducir el Bachiller. El segundo, los cambios formales hasta la muerte de Franco, y el tercero desde 1976 hasta las primeras elecciones democráticas de 1979. Una década convulsa vista desde dentro por observadores privilegiados, que nos cuentan sus experiencias y recuerdos como una aportación útil, que no pretende marcar los hechos sino de favorecer asociaciones entre hechos y cambios sociales producidos muy deprisa… incluso en Astorga.

 

Respecto al primero, la ‘Implementación de la EGB’, o los ajustes del nuevo marco educativo, mi agradecimiento a Don Carlos Villanueva quien pacientemente ha tenido a bien reconstruir su historia para contárnosla tan detalladamente como sus lejanos recuerdos se lo permitían. Gracias Carlos por el esfuerzo, por la precisión y el tesón con que abordaste esta tarea. Gracias por tu ayuda sin la cual este apartado estaría incompleto.

 

‘Los relatos de los dos siguientes puntos, ‘Recuerdos del 70 a 74’ y la ‘Huelga del uniforme’ de la presente Entrega, se la debemos a un alumno de entonces, hoy Profesor de la Facultad de Sociología de la Universidad de Salamanca, Don Pedro Cordero Quiñones, que ha tenido la amabilidad de compartir una parte de su tiempo libre ayudándome a reconstruir una historia de la que él fue protagonista y su amueblada cabeza, una eficiente fedataria. Gracias, Cordero, por tu tiempo y tu colaboración.

 

Espero que la superposición de dos percepciones diferentes (la administrativa y la vivencial de un alumno) sobre los mismos hechos educativos, nos ayude a acotar mejor una realidad asumible de lo que pasó, o al menos, nos acerquemos lo máximo posible a ella.

 

Asumo las imprecisiones que puedan derivarse de errores achacables a una mirada 40 años atrás. Soy de los que piensan que es preferible equivocarse haciendo algo que equivocarse no haciéndolo. Más o menos así fueron los cambios de esta década a través de los recuerdos de los mencionados testimonios.


 

3.10.1 Implementación de la EGB.

 

La población escolar sufrió una gran explosión en la década de los 60 que afectó tanto Primaria como a Secundaria. Hemos aprovechado la colaboración altruista y la memoria de nuestro informador, un protagonista en la primera línea en los cambios que produjo la Ley General de Educación de Villar Palasí.

 

La Educación General Básica –EGB- ampliaba la escolaridad obligatoria hasta los 14 años (de los 6-7 a los 13-14). La EBG tenía dos etapas: la Primera de 1º a 5º y la Segunda de 6º a 8º. Supuestamente, los 3 cursos de segunda etapa de EGB equivaldrían, por edad equivalieron, a 2º. 3º y 4º de Bachiller. Y utilizo el condicional porque la realidad fue una sensible bajada de conocimientos y aprendizajes del nuevo sistema respecto al anterior, razonablemente explicable por la eliminación del filtro que suponía el Examen de Ingreso para acceder a Bachiller (que fue eliminado en 1970, incluso con los nuevos estudiantes de Bachiller a extinguir). Era, obviamente, un sinsentido hacer un examen selectivo a un alumnado que estudiaba por imperativo legal. Por si esa razón fuera poco, el profesorado de esta 2º etapa con preparación suficiente para los enseñar los antiguos contenidos de Bachillerato Elemental, era escaso, aunque los currículos también fueron convenientemente rebajados.

 

En los Claustros de los Institutos se produjo un cierto nerviosismo por la merma de alumnado de 3 años de escolaridad en centros de EGB. Pasaban de 7 cursos (1º a 6º más COU) a 4 (1º a 3º de BUP más COU), y esa caída generó el temor de afectar a la plantillas. No afectó. Por dos razones: la gran explosión de alumnado, y la elección mayoritaria de los Graduados de EGB a continuar estudios de BUP en vez de Formación Profesional.

 

Falta ver cómo se ajustó la ley a la realidad astorgana habida cuenta de que ni profesores ni edificios se improvisan de un día para otro y tampoco se puede tener a los chavales por la calle.

 

 

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Veamos lo que ocurrió con esta implementación a través de la escolarización de Carlos Villanueva, nacido en Astorga en 1962, nuestro protagonista.

 

Estudió Primero de Primaria en un Aula que debía de estar adscrita al CN Blanco de Cela, al lado del colegio o guardería de las Estigmatinas. Otros barrios, como San Andrés, tenían Aulas parecidas en las que, creo recordar, había varios niveles educativos o  cursos.

 

Los dos años siguientes, Segundo y Tercero, fueron cursados en Blanco de Cela. Sus profesores fueron Don Bonifacio de 2º, ya muy mayor, y Don Salustiano, de 3º, con buenos recuerdos para ambos.

 

En Cuarto fue escolarizado en el Hospicio, donde había 3 o 4 aulas del Blanco de Cela (masculino) y del Santa Marta (femenino), separadas por sexo. Estaban situadas justo en la Sala que actualmente se usa para Exposiciones en el edificio de la Biblioteca. Le dio clase Don Metodio, y también le dio, a veces,… sabios consejos… muy útiles para la vida futura. Parece ser que, en paralelo, también existía alguna otra aula desperdigada por los Redentoristas, e incluso, detrás del Ayuntamiento en un edificio esquinero frente  la segunda tienda de la Fábrica, donde había estado, o al lado, del antiguo Instituto Nacional de Previsión.

 

Estudió Quinto en un aula habilitada en el Colegio de Panero, tocando con Correos y Telégrafos, cuya fachada daba al edificio del Cine Gullón, y la entrada estaba cerca de la escalerilla que bajaba por la Brecha hasta la Harinera y las Monjas Redentoristinas, que dicho sea de paso, hacían, al menos algunos, jerseys azules de punto y homologados del INEMA.

 

Todo este baile antes de entrar en el problema que nos ocupa.

 

Los cursos de 6º y 7º de la segunda etapa de la EGB fueron cursados en el Edificio B del Instituto, compartiéndolo con alumnado del antiguo Bachillerato, ya a extinguir. En las aulas a pie de calle, a la izquierda, 6º de EGB y a la derecha 7º. En el resto y piso superior estaban los alumnos de Bachillerato Plan 67. El último curso de EGB, 8º, lo cursó en el recién estrenado Colegio de Don Ángel González Álvarez, situado en una antigua Plaza del Ganado, cerca del  Ambulatorio.

 

Alguno de los profesores en este último tramo, que ya requerían una especialización, fueron: Don Baltasar, de Matemáticas, Don Vicente, de Francés, Don Manuel, de Lengua y Literatura y Don Isidro Mielgo de Sociales. Vivían, al menos alguno, en las Casas de los Maestros, pegadas al C.N.Blanco de Cela.

 

Resumen: Seis colegios diferentes para una escolaridad de 8 años. ¡No está nada mal como experimento! Y todo ello con la mejor de las intenciones… supongo. No quiero imaginar a aquellos estrategas intentando hacer daño…


 

Primero y Segundo de BUP fueron cursados en el Edificio B, siendo Jefe de Estudios Don Miguel Ángel, de Educación Física, con quien estudié Magisterio en las Escolapias a principios de la década de los 70. Tercero de BUP y COU, ya en el Instituto de la calle de los Sitios.

 

Los problemas derivados de la aplicación de una nueva ley educativa siempre son mayores que los deseados, e incluso que los previstos. Esta Ley General de Educación provocó, por ejemplo, que algunos alumnos que no aprobaron 6º de Bachiller del viejo Plan del 67 tuvieran que comenzar en 1º de BUP para poder continuar estudiando… lo que disuadió a más de uno, y con razón.

 

Por otra parte, debió de haber un COU que venía del plan antiguo y debía estar compuesto sólo por repetidores y muy minoritario, porque los del nuevo plan no habían llegado y el viejo estaba extinguido. Debió de ser el Curso 1977-78.

 

Así de movido resultó ser el cambio del viejo al nuevo sistema educativo. Alguno podría haber pensado que de tal desbarajuste ningún alumno afectado podía salirse sin sufrir serias secuelas o deterioros. No es cierto. Carlos Villanueva, en primera línea de la reforma, se la comió entera, con algún que otro problema digestivo, pero acabó el BUP, primero, y exitosamente su Licenciatura, después. Hoy es Profesor de Filosofía y Jefe de Estudios de un Centro de Secundaria en Murcia.

 

 

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3.10.2 Recuerdos del instituto 70/74.

 

El ingreso en el instituto con diez años lo tomé, de inicio, bastante asustado, nos cuenta Pedro Cordero. Lo que había ido oyendo o me habían contado familiares o hermanos de amigos no daba margen para ser muy optimista al respecto. Sabía que en aquel instituto la disciplina era muy estricta y que las normas relativas al uniforme y el aseo personal se cumplían a rajatabla.

 

 

Al llegar el primer día del curso a la Sección Delegada de la Muralla, nos recibió el Subdirector, el mítico Don Abelardo, acompañado del Jefe de Estudios, Don Miguel Ángel Cuervo, profesor de Matemáticas y natural de Celada de la Vega. Nos explicó lenta y enfáticamente que había que ir correctamente vestido, con un repaso pormenorizado del uniforme: “la camisa blanca, el pantalón gris, el jersey azul, la corbata negra, el calcetín gris y el zapato negro”; añadió que había que ir “bien limpios” y sin oler a nada; , nos sonrió  con complicidad y dijo: esto vale para los chicos y para las chicas, aunque con ellas se ha de ser comprensivo, porque a veces “huelen a mujer y se tienen que poner colonia”.

 

 

También nos advirtió: “el pelo, corto; aquí no queremos melenudos ni patilludos; el pelo se ha de llevar estilo hombre, estilo Don Miguel Ángel”. Todo esto lo recuerdo como si fuera hoy, aunque de lo demás que sucedió en esos primeros días apenas me acuerdo.

 

 

Sé que nos dieron la famosa cartilla con los veinte cupones y que Don Miguel Ángel nos explicó la gradación de las sanciones. También que nos insistieron en que al entrar el profesor en clase había que ponerse de pie y permanecer así hasta que el profesor se sentara o nos indicara que nos sentáramos. A este respecto recuerdo una práctica heterodoxa: Doña María Jesús Alonso Gavela, profesora de Historia nos decía “a medida que yo entro se van sentando”; de aplicar aquello resultaba una especie de ‘ola’ inversa que nos divertía mucho.

 

 

Nos explicaron cómo era el uniforme de gimnasia: camiseta y pantalón azul, medias blancas y zapatillas azules con una raya blanca; era preciso bordar el número en la pechera de la camiseta, en el ángulo superior izquierdo. En el chándal, gris y con el escudo del instituto, se había de poner el número en el dorso. Creo que los chándales y la ropa deportiva en general la vendían, sobre todo, en ‘El Barato Zenitram’ y que los escudos para poner en la manga del jersey se vendían en La Modernista y en El Dos de Mayo.

 

 

Como era natural entonces, los grupos de chicos y chicas estaban separados; se dividían en los de inglés y los de francés; en primero, había dos grupos de inglés y seis de francés; se ordenaban por letras (grupo A, grupo B, etc). Los alumnos éramos asignados por orden alfabético a los grupos y cada alumno tenía un número de lista según su posición en el orden alfabético. Pasaban lista en todas las clases y cuando te nombraban había que ponerse de pie y contestar ‘presente’. Para entrar en clase se formaba militarmente, en fila, alinearse, cubrirse, de frente…. Como ya lo hacíamos en la escuela primaria, yo tenía el hábito y no me sorprendió; pero los que venían de colegios de curas se asombraban y no sabían las ‘maniobras’. A los de Bachiller Superior no les exigían formar.

 

 

De los primeros años en el Instituto recuerdo a bastantes profesores: Don Rafael Turrado, de Ciencias Naturales y que se murió creo que en el 72; Don Ricardo, muy chulapo, de Madrid, también de Ciencias; Don Virgilio, de Matemáticas, que a veces tanto se empeñaba en que aprendieras (sin lograrlo) que intentaba meterte las fórmulas y operaciones en la cabeza... físicamente, como por contacto, el mencionado Don Miguel Ángel, también de Matemáticas, ‘La cubana’ Doña Emma Quiñones Ludeña, que era una magnífica profesora y con la que cobré gusto por las matemáticas, aunque los otros me lo quitaran. Estaba también la citada Doña María Jesús Alonso Gavela de Historia y una teresiana muy capaz, de nombre Doña Magdalena, que daba clase de Geografía  y que tenía un saber rayano en la erudición. Muy buen profesor era el de Física, un gallego de nombre Don Luis Folla (muchas bromas con el apellido) que enseñaba las definiciones ‘operacionalmente’ (la temperatura es el estado que se mide con el termómetro...); de Química estaba Mari Carmen, de Carneros, a que la nombrábamos más por su alias, que se esforzaba mucho en mantener la disciplina y con la que apenas aprendí nada. De latín, Doña Socorro y Don Manuel Martínez; con éste y con Don Silvestre Seco, de francés, se salía en fila al estrado todos los días y ‘preguntaban la lección’; y curiosa práctica, a medida que uno se equivocaba iba retrocediendo un puesto, de modo que al final quedábamos ordenados y jerarquizados en fila según la nota del día. La religión nos la daba Don Eugenio y la FEN Don Avelino Pardo, un procurador de los tribunales, yerno de D. Tomás el médico, que llevó la misma gabardina (fuera invierno o verano) los siete años que estuve en el instituto. El Dibujo era responsabilidad de Don Rafael Tejeiro, Comisario de Policía y que trazaba las líneas en la pizarra con una cuerda impregnada de tiza. Los trabajos manuales los daba Castorina.

 

 

A la hora del recreo venía el conserje (el señor Losada o el otro, del que no recuerdo el nombre, al que llamábamos ‘el orejas’) a desalojarnos del aula. Cuando venía este último solíamos hacerle burla y entonces sacaba el cinto y perseguía a los más revoltosos, en particular a mi amigo Luisón y a un tal Berciano, amagando y a veces dando. En alguna ocasión era recibido con lanzamiento de perchas y entonces montaba en cólera y arreaba con el cinto indiscriminadamente. Éramos muy salvajes. Nos peleábamos todo el día y nos zurrábamos de lo lindo. No recuerdo, sin embargo, ‘acoso escolar’ en sentido moderno, que, sin embargo, yo había sufrido con bastante crueldad en la escuela primaria.

 

 

Recuerdo con horror las clases de gimnasia, porque yo era muy torpe. Nos daba clase Don Antolín que me suspendió (el único suspenso de mi vida) en junio de primero; conseguí aprobar en septiembre y salvar los demás cursos. Había un buen gimnasio con aparatos, espalderas, cuerda de nudos, cuerda lisa y cuadro sueco. Para mí todo era una tortura, excepto el cuadro sueco. También jugábamos al baloncesto, al voleibol y, sobre todo, al balonmano. Algunas veces bajábamos al campo de fútbol, de la Eragudina y allí, aparte de jugar al fútbol, se corría dando vueltas al campo y nos enseñaban algunas disciplinas de atletismo (lanzamiento de peso, lanzamiento de disco, salto de longitud y altura... ) Recuerdo que el profesor alguna vez nos acompañaba en bicicleta. La verdad es que se hacía bastante deporte y una especie de instrucción premilitar.

 

 

De esos años data también mi recuerdo de la academia del policía Eulogio García. Yo no iba allí a clase, pero era amigo de su hijo pequeño y a veces jugábamos o veíamos la tele en su casa. Tenía un piso en la calle San José de Mayo y había adecuado una habitación como si fuera un aula pequeñita; tenía pupitres de formica verde, idénticos a los del instituto, y una enorme pizarra. La concurrencia de alumnos era notoria. El hijo segundo de García, también Eulogio, que ahora enseña Física de la Atmósfera, aquí, en la Universidad de Salamanca y que formaba entonces parte de la tuna tocando la bandurria, daba clase a los más pequeños. En el verano aquello se desbordaba y ayudaba también dando clases el hijo mayor, José Antonio, que entonces estudiaba Matemáticas en la universidad de Zaragoza y que luego fue profesor en el Padre isla de León.

 

 

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3.10.3 La “Huelga del uniforme”.

 

En un día de primavera de 1977, nos sigue contando Pedro Cordero, a primera hora de la mañana me encontré a la puerta del instituto con una muchedumbre de estudiantes plantados en las aceras. No habían entrado a clase y casi en silencio contemplaban, con asombro y cierto deleite, la pintada de la fachada: ‘No al uniforme’. Sorprendido, intenté averiguar qué pasaba y busqué entre la gente a mis amigos de mayor confianza; por suerte me encontré con el profesor de literatura, Jesús Lázaro, que rápidamente me puso al corriente con una frase tajante: “Es cosa de Martina y los de OIC; esta tarde nos reunimos a las 4; díselo a los demás”.

 

Por aquel entonces yo, aunque sólo tenía dieciséis años, estaba en una célula ‘de intelectuales’ del PCE, partido que abandoné no mucho después, que constituíamos cuatro estudiantes del instituto -procedentes todos nosotros de familias muy conservadoras-, el profesor mencionado, su mujer, un artista local, su hermana y un amigo de estos últimos que también era artista y trabajaba en una autoescuela; el que nos ‘coordinaba’ con el Partido y con otra célula de ‘trabajadores’ era un emigrante retornado que vivía en San Justo. Los estudiantes ‘del Partido’ no sabíamos nada de los preparativos de la ‘huelga- concentración’ ni de su sentido político.

 

Al parecer, los que la habían organizado sí que habían entrado en contacto con Jesús Lázaro la noche anterior para informarle del asunto y pedirle que apoyáramos. Según nos contó Jesús -cuando esa tarde nos reunimos en casa de los ‘camaradas’ Juan y Lorenzo (dos estudiantes a los que yo había reclutado y que compartían piso-estafeta)- todo lo habían preparado los de San Andrés. En torno al cura de esa parroquia y a un cineclub que proyectaba películas ‘progres’ en el Tagarro, existía un grupo relativamente numeroso de jóvenes del barrio según creíamos vinculados a la JOC (Juventud Obrera Cristiana) y a la Organización de Izquierda Comunista que difundían publicaciones de la editorial ZYX y tenían cierta vida orgánica clandestina.

 

 

Parece ser que en la parroquia de Puerta de Rey, por otra parte, había otro grupo vinculado a JOC y a HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica) que simpatizaba con la ORT; entre unos y otros había bastantes contactos; pero entre ellos y la reciente célula del PCE no había ni contactos ni simpatía.  El caso es que ‘nosotros’ no sabíamos nada de la huelga, su organización y propósito, que, sigo creyendo ahora, no era otro que ‘agitar’ un poco las aguas y visibilizar que hasta en Astorga ‘algo se estaba moviendo’. Pese a todo, decidimos apoyar aquella movilización, con las reservas del jefe de San Justo que (sordo, prudente y con una extraña visión heredada del exilio) temía que los militares interpretaran que el eslogan iba contra ellos.

 

 

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Y así, me tocó comparecer, junto con algunos de los organizadores, en Radio Popular para explicar la protesta; Y me tocó hacer el papel de ‘portavoz moderado’ de las supuestas reivindicaciones (quitar el uniforme, establecer canales de participación de los estudiantes en la dirección) ante el Director Pérez Barreiro y el Vicedirector Don Abelardo. Los resultados de la negociación fueron escasos. Al final se acordó cesar la movilización (duró sólo dos días) y reintegrarse a las aulas a cambio de que se hicieran elecciones a delegados de curso (y que estos delegados estuvieran presentes con voz, pero sin voto, en los claustros) y que la normativa del uniforme dejara de aplicarse durante lo que quedaba de curso y se suprimiera por entero en el siguiente.

 

 

El mero hecho de que hubiera habido esta movilización significó un escándalo mayúsculo entre los sectores más conservadores de Astorga. El periódico local, y en particular algún personaje cercano al INEMA por razones familiares y de credo religioso… del que no recuerdo el nombre, que medio dirigía la publicación, estalló contra los jóvenes subversivos e irresponsables que querían provocar el caos en la ciudad; sin mencionar mi nombre, se aludía un delegado del curso anterior, al que se acusaba de estar en el centro de las actividades clandestinas junto con un joven profesor, un pintor y otros dos estudiantes.

 

 

Bien informados, sacaron a la luz toda la célula y en cierto modo nos neutralizaron, o, al menos, eso pensamos nosotros.  Nos acusaron de recibir fondos para agitación y propaganda porque  ”se sabía que todos los meses acudían a la caja postal a retirar un giro”... Personalmente me sentí bastante señalado por las fuerzas vivas; como anécdota recuerdo que estando en calle con un grupo de amigos, se me aproximó un distinguido clérigo del Opus Dei para exigirme que dejara de adoctrinarlos... Por su parte Pérez Barreiro me propuso que me recondujera y fuera a estudiar Derecho y Filosofía a la Universidad de Navarra.

 

Algún profesor progre, tras un ataque de miedo y pánico, cortó con nosotros las sesiones que teníamos en su casa para ver La Clave.

 

El mismo Don Jesús Lázaro, que al parecer ya había sido amenazado por un exaltado militar de alta graduación, se sintió desbordado por los acontecimientos y sus derivadas.

 

Curiosamente, el grupo de San Andrés, excepto la lideresa Martina, no estuvo en el foco de atención. De todos modos, la cosa quedó en anécdota para casi todos. Los estudiantes de este grupo, que éramos del PCE nos marchamos en Septiembre a la Universidad; Don Jesús Lázaro no sé si mucho después pidió el traslado a Santander.

 

Y sobre todo la dinámica política se aceleraba y todo cambiaba de día en día. Sin ir más lejos, dos meses después de la huelga del uniforme tuvo lugar en la Plaza de Toros una actuación multitudinaria del cantautor Adolfo Celdrán, un conocido representante de la canción protesta.

 

 

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En realidad, la movilización del uniforme fue sólo una muestra de que las estructuras del franquismo tardío en Astorga estaban caducas y un síntoma de que incluso a Astorga llegaban nuevos tiempos. La protesta no era de veras contra el uniforme; el reglamento hacía tiempo, por lo menos dos o tres años, que se venía aplicando con gran laxitud a los varones: los chicos llevábamos el pelo largo, pantalones vaqueros, camisas de cuadros, los zapatos o zapatillas que nos daba la gana y, eso sí, el jersey azul; las chicas su pichi de cuadros y a veces su rebeca azul, pero se añadían toda clase de aditamentos, frecuentemente las rebecas azules no eran azules o se sustituían por un jersey, muchas chicas llevaban medias y hasta zapatillas deportivas.

 

 

El uniforme fue un pretexto, pero un pretexto bien buscado; simbolizaba el autoritarismo debilitado por la práctica; la decrepitud de la norma era la decrepitud del régimen y de las estructuras sociales detrás del régimen. La oposición al uniforme reflejaba, además, muy bien lo que, en general y más allá de implicaciones específicamente políticas, latía en las aspiraciones de las generaciones jóvenes (como probablemente en otras menos jóvenes): vivir en libertad en un país ‘normal’. La oposición al uniforme, con todas las ambigüedades que contenía, vale como metáfora del sentir general en la transición.

 

Próxima entrega: 3.11. Don Abelardo. Punto y aparte

 

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