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Catalina Tamayo
21/04/2018

Golondrina

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“Ahí la tienes ya, Platero, negrita y vivaracha en su nido gris del cuadro de la Virgen de Montemayor, nido respetado siempre. Está la infeliz como asustada”. (Juan Ramón Jiménez, Platero y yo)

 

No sabía si había venido ayer o anteayer, o la semana pasada, pero era hoy cuando la había visto por primera vez sobre el viejo cable de la luz latiendo al sol aún tibio de la mañana. Al notar su presencia, como si ya no lo recordara, se lanzó al aire y penetró en la negrura del portal. Él se acercó con sigilo y la vio posada en las ruinas del nido del año pasado. Este invierno, los niños, esos diablillos que no paran, lo habían derruido con la aguijada, y cuando él llegó ya era tarde, aunque evitó al menos la demolición total, porque nada más verlo venir, lo dejaron todo y salieron corriendo como relámpagos entre gritos y risas, sin darle tiempo a abrir los brazos para cerrarles el paso. No había podido ni siquiera rozarlos: tan lentos, tan torpes se habían vuelto sus movimientos, sobre todo desde hace un año para acá. Solo le quedó recoger del suelo con algún trabajo la aguijada y ponerla en su sitio, en la esquina, junto al yugo. Le dio pena y, si hubiera tenido sentido hablarle, no habría sabido qué decirle, cómo consolarla. Ella toleró su presencia un instante, quizá más largo de lo esperado, que él interpretó como un reproche, y luego se fue y se hundió volando en el cielo.  

 

Al día siguiente, después de almorzar, a media mañana, salió al corral para regar los rosales, que ya estaban echando rosas nuevas, pero no la vio posada en el cable, ni en la antena del televisor, ni volando por el aire, y pensó que se había ido. No obstante, se acercó al portal, cauteloso, aunque con cierto desánimo, y allí estaba, reconstruyendo el nido con el barro de las últimas lluvias. Entonces, dichoso, cogió la banca y se sentó en el rectángulo de sol que se proyectaba sobre el suelo. Daba gusto verla con qué cuidado y con qué paciencia iba levantando con su pico cargado de barro aquella pared cóncava. Así, viéndola trabajar, estuvo toda la mañana, sin acordarse siquiera de los rosales. Por la tarde, mientras regaba los rosales y la hortensia, la vio entrar y salir muchas veces del portal, siempre silenciosamente, sin hacerse notar. En los días siguientes, pasó muchos ratos sentado en la baca, entre el portal y el corral, viendo cómo de día en día la pared de barro iba creciendo. El fin de semana, que vinieron los niños, aún pasó más tiempo, no tanto para deleitarse con la construcción del nido como para protegerlo. Los niños, al verlo allí sentado, no se atrevían a acercarse, y menos todavía a coger la aguijada, pues no habían olvidado la regañina del año pasado. Más aun, cuando regaba los rosales, estaba pendiente del nido, de que los niños no se acercaran al portal. 

 

Pero un día, el mismo día que el nido quedó rematado, todo se torció. Cuando estaba regando la hortensia, se le nubló la vista, las piernas le flaquearon y se desplomó, mientras la regadera rebotaba en el empedrado emitiendo un tintineo extraño. Al cabo de unos cuantos días, despertó y se vio en una habitación de paredes blancas rodeado de máquinas y cubierto de cables. El médico le dijo que la cosa era seria y que tenía que pasar una temporada en el hospital. Para matar el tiempo, sobre todo por la noche, que se hacía aún más eterno, porque se quedaba solo y apenas dormía, pensaba en el nido, en los huevos amarillentos que habría en él, y que, si todavía no habían eclosionado, estarían a punto de hacerlo. Pensaba también en la hortensia y en el rosal que dejó pendiente de sujetar a la pared. Y en el azul del cielo. Por fin, le dieron el alta y vino para casa, aunque tenía que seguir guardando cama, pues aún no se había recuperado del todo. Pero en casa era diferente. Cada mañana le decía a su hija, todavía con lengua de trapo, que descorriera las cortinas. Para no molestar más, con mucho esfuerzo y mucha paciencia, toda la que le había faltado en su vida, iba girando su cuerpo dormido, medio muerto, hasta dejar la cara frente a la ventana. Entonces, podía ver el corral: el cable de la luz, la pared encalada, la hortensia, los rosales, con las rosas ya marchitas. Esas rosas que este año no pudo cortar y llevárselas a su mujer al cementerio. Podía ver también un trozo de cielo, a veces completamente azul; otras, manchado de pequeñas nubes. Incluso podía ver, al atardecer, los vuelos acrobáticos de las golondrinas. Sin embargo, no podía ver el nido y saber cómo estaba. 

 

Pero una tarde, ya al final, cuando el sol debía de estar hundiéndose en el horizonte, en el cable de la luz se posaron en fila cuatro polluelos de golondrina, los de la segunda incubación, y al poco llegó ella rozando con el ala los cristales de la ventana y, después de posarse junto a ellos, se puso a alimentarlos. Esto, que a partir de entonces se repetía cada tarde, él lo esperaba durante todo el día. Una mañana el trozo de cielo se fue cubriendo de nubes gruesas y oscuras, y a medio día comenzó a llover y a ventar. El viento tronchó algunos tallos de la hortensia, y despegó dos rosales de la pared  y los echó al suelo. El cable temblaba. Esa tarde no vinieron las golondrinas. Fue una tarde triste. Cuando, después de unos días, dejó de llover, volvió a quedar el cielo azul y a lucir el sol, pero las golondrinas no aparecieron. Las esperó durante un tiempo, pero fue inútil. Y cuando se convenció de que ya no volverían, al atardecer cerraba los ojos y volvía a verlas posadas en el cable. Volvía a escuchar el roce del ala en el cristal. Pero un atardecer que cerró los ojos ya no las vio posadas sobre el cable sino volando por el cielo, por entre las montañas, sobre el mar, por encima de los desiertos. Y las vio tan cerca, tan cerca que sintió que iba volando con ellas, a su lado. Que él era también una golondrina.

            
           

 

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