Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 18/08/2018
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Sol Gómez Arteaga
28/04/2018

Soledad mía

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“Solo encuentro momentos verdaderamente felices en mi soledad. Mi soledad es mi palacio. Allí tengo mi cama, mi silla, mi viento y mi sol. Cuando estoy sentada fuera de mi soledad, estoy sentada en el exilio, estoy sentada en un país engañoso”.

 

 

Así dice Bérénice, la protagonista de nueve años del libro ‘El valle de los avasallados’ de Réjean Ducharme, con poéticas palabras, también preciosas, que cuando leo me sobrecogen, conmueven, y de las que me imanto pues yo también amo la soledad, amiga inseparable de la reflexión, del  silencio más quieto. Soledad que defiendo contra viento y marea, y hasta con la vida misma si fuera preciso, de resultar amenazada. Soledad que es aliada de la libertad inalienable de pensar, de ser o de no ser, de obrar, de omitir. Soledad-territorio íntimo, inexpropiable, que se impone frente a la cháchara, al murmullo, a los dimes y diretes, -ese hablar por hablar, ese hablar por no estar callado-, de la manada. Soledad que es anhelo y búsqueda y camino y meta. Soledad bálsamo donde encuentro alivio frente al espejo cuando al atardecer me quedo al fin, por fin, a solas. Y que luego, ya entrada la noche, guardo con celo de carcelera en un cofre bien cerrado.  Es la soledad elegida.

 

 

Pero uno a fuerza de querer estar solo, de bastarse, de sobrarse,  cuando ‘tiene’ que estar con otros, se descubre a sí mismo como un ser desprotegido, aislado, a la intemperie. Y en ese momento quisiera huir, volver cuanto antes y con urgencia a ese territorio de soledad, -lugar de confort- que siente como propio. ¡Pero ay! Ese retorno va acompañado del poso amargo que evidencia la imposibilidad de estar con  otros. Es la soledad obligada.

 

 

La línea que separa ambas soledades, la elegida de la obligada, es tan fina, tan sutil y frágil que casi sin darnos cuenta nos hemos hecho rehenes del a-isla-miento que nos atenaza, que nos pone cadenas en relación al otro, que se apodera de nosotros como ese enemigo con el que  compartimos habitáculo común y al que no podemos desterrar sin desterrarnos. Y hasta es probable que enfermemos de soledad, no salir de casa en tres años, o sentir que nos observan o que las tramas más dispares se ciernen sobre nosotros, u oír voces, -las propias resonancias de uno que tanto aterran-.

 

Y es que parece que necesitamos en mayor o menor medida estar solos, pero también necesitamos estar con otros. Espacios propios de soledad, y aun no siendo conscientes de ello y aunque cueste, espacios que compartir, para que en palabras de Dikinson el huésped que nos habita ‘no’ anule el deseo de salir fuera.

 

Otra soledad atroz y cruel y ajena a la voluntad es la que planea sobre los in-validos, los in-útiles, los ancianos, los enfermos, los indigentes, los deficientes, los más débiles, en suma, cuyo lenguaje -verbal o no verbal-, no interesa por quejoso, por molesto. Es esta una soledad negra, que no entiende de piedad.

 

No obstante, cuando me llegue la hora de abandonar el mundo quisiera ser como los elefantes viejos que van con el más joven hasta cierto trecho y luego caminan solos para encontrarse con la luz, con la claridad más alba de todas, mientras escuchan,  o tal vez sea fruto de una música que está solo en su imaginación, clarinetes de una soledad indefectiblemente sonora.

 

Quisiera eso. Y estar sola.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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