Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 25/06/2018
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Eloy Rubio Carro
29/04/2018

La memoria que salva la muerte

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Dos citas abren el libro;  Una de Walt Whitman inspiradora del título del poemario, un instante de belleza efímero que, al modo de retorno Nietzschiano, se repetirá siempre; y otra de Antero de Quental, como frontispicio a la primera serie de poemas: ‘Ritual de ceniza’ que manifiesta que los seres queridos vivos o muertos están siempre presentes en nosotros. Estos dos sentidos, que pueblan cada instante: la belleza efímera pero recurrente y la muerte son la clave para leer los poemas de ‘Ritual de ceniza’.

 

Un verso de la página 56 podría ser el epítome de esta serie de poemas: “Esa belleza osada de la muerte”. Muerte que es contemplada en su crudeza en unos cuantos poemas: Ante la tumba de su amigo Cele Frades, conciencia de la muerte en la juventud, conciencia de hermandad de los vivos con los muertos (12) o en (28) en los rápidos del ancho río donde en una caja de zapatos boga el cadáver de una niña pobre, no sabemos si nos supo, no sabemos si nos vio; y al final de esta primera serie de poemas el entierro del abuelo, y ante la tumba abierta de la abuela:  “los huesos de una  hoguera aniquilada / entre la ropa intacta (…)”

 

Pero esa presencia no es siempre tan palmaria, y en estos veintiséis poemas vamos a arribar a ella desde una multiplicidad de vivencias; ya sea en la soledad y el sinsentido de los enseres abandonados o desde los ruidos de la naturaleza que hacen mella en una sensibilidad herida que también los ordena, procurando melodía hasta la voz no dicha, a la música no oída oculta en la espesura, cual eco de silenciosos pasos en la memoria: “¿No sentís en la noche esa brisa / qué hace sonar las hojas de los álamos, / el murmullo de las voces no dichas, (15) … O el olor de la paja evocador de otras tardes conduce en una letanía de la muerte y la reviviscencia a la rememoración de los abuelos, tal  en Panero; “ Fernando, Isabel, Ricardo, Elisa, / abuelos de mi alma hechos de barro” (17) (...) o también estos otros versos : “En el pinar agreste de piedralba, / padre, madre, dormidos al arrullo (...)", o como en François Villon, en su ‘Balada de las damas de antaño’ la pregunta que se reitera desde siempre y que nadie responde: “¿Qué  fue de todo aquello, me pregunto, / dónde se me perdió sin darme cuenta / (...)”. De  ahí el deseo, la añoranza de una vida que los recuperara, una vida que ya no sería vida, sino ese deseo de una humanidad unificada en un ‘dios’. ‘No  busques en la niebla otros caminos’ (18).

 

Entretanto algún consuelo, un sueño vicario, un narcótico simula esa unificación en el deseo, una especie de olvido forzado de la separación  “(...) dejemos / que el viento traiga algo en su blandura / que alivie nuestro sueño en la alba tarde. / Oigamos el susurro  de la hierba, / dormir en este mar es placentero. / (19)

 

 

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Este cuidado de las sombras, en la recuperación de las huellas de nuestros predecesores conlleva, sombra de sombra hasta el primer hombrer: “Sé que está ahí y aún camina / en busca de otra sombra qué fue antes. (20)

 

Ahí, al fluir del tiempo reviven los muertos familiares por la ofrenda floral de los que permanecen. Su labor, madre de la nuestra, es nuestra cosecha. Todavía ha de haber para ellos: “rosas  de terciopelo de la tapia / tendré que cortar luego para el mármol; /  ahora me consuelo en la quimera / de imaginar que algo les llega a ellos,” (22)

 

En el fluir del tiempo hay marcas que se repiten como si vinieran del pasado, son las que activan la evocación de la memoria de los padres, el tren qué pasa como ayer. “Un mariposón de Vuelo Negro” evoca el temor y la superstición de la madre (24/25). Los recuerdos personales pueden marchitarse y retornar falseados.  Así ‘Nieve y cerezas’ (32) es un poema de las mutaciones, incluso de las transmutaciones, de lo que en definitiva produce la muerte,(32) pero también es vía potencial de recuperación y parentesco con la humanidad completa (32).  Ahí se encuentra la invocación al futuro, en ese gran anhelo por atrapar el instante pleno de hermosura. La contrapartida es la conciencia de la imposibilidad, de su permanente fluidez (oxímoron), lo que anega de melancolía. Se Invoca al caminante a que se detenga ante “un buen epitafio" y que piense en que, como él, alguien se detendrá en el suyo como una suerte de Justicia universal.

 

En estos poemas observamos la imposibilidad, pero en un ámbito distinto al que señalara Blanchot, no es esa imposibilidad de la palabra de decirse, sino  la imposibilidad de la resolución temática; se atisba la permanencia en el fluir repetitivo y se rehace la persona en el recuerdo de sus ‘sucesivos’.

 

De esa cadena de memorias hay que cuidar que no se quiebre pues fluye a su disolución hacia el mar. ¿Puede Decirse de esa mar, soy?  Más apropiado será decir como en (35): “Ya soy del mar”. En el poema  el ‘yo’ se ensancha al tiempo que se diluye: “ya soy más yo de lo que he sido nunca, / sabiendo que no soy más que del agua.”  En esa pertenencia común se producen los reencuentros “(...) tanto tiempo / de todo ha pasado y aquí estamos, / abuelo, tú y yo ante la nada.” (37)  

 

 

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'Galas De la ciudad' es el título de la segunda parte del poemario con tan solo seis poemas, un paseo por su cárcel, tal vez por su castillo de cristal en el que se siente apresado, tal como sugiere la cita de Octavio Paz que los precede. Cárcel de poeta. La memoria evoca la poesía de Leopoldo Panero por similitud con un verso de   ‘El peso del mundo’: ‘Entre San Justo y Nistal’ sobre los cuales descansaría el peso del mundo, claro que el mundo es el de Andrés Martínez Oria. Paisaje de hermosa primavera que solo cobra vida al penetrar en el alma: “También  se revestían  los  recuerdos / de una primavera imaginaria." ‘Entre San Justo y Nistal’ (40).  Se Logra así la ascesis, la purificación al morar las altas cumbres y contemplar desde allí el abismo urbano: “en busca de una luz aún más alta” ‘Teleno’ (42)

 

En el soneto, bien contado y bien medido, tal vez el único, ´Ciudad' (44) y en ‘Vitral’ (45) Asoma un deseo de pureza y de verdad como una conquista del valor de la edad tardía, representada en la luz de un vitral que es más hermosa al atardecer pues entra en la noche alumbrando: “Cuando solo pervive aquella luz / que mana misteriosa de lo oculto.”. ‘Vitral’ (45)


 

En 'Estaciones solitarias', tercera sección del libro, parece referirse a esa etapa de la vida, justo antes de la vejez irremediable. Se toma conciencia viva, en carne viva, de la soledad y del final tan a la mano. Aparecen esas presencias misteriosas, oscuras, silenciosas que aún podrían portar un mensaje ¿de salvación? La  sombra del misterio está presente en estos versos. Una sombra que no consigue alumbrar la esperanza de que haya otra cosa más que la misma sombra. El tema viene acompañado de citas bíblicas: Eliot en una paráfrasis del Eclesiastés, ‘Camino  de Emaús’ etc que es el título del primer poema. Emociones contradictorias: “(...) Consumido / por la necesidad, la duda, el ansia, / el miedo y la esperanza (...)  como una requisitoria platónica que conlleva la duda agnástica: “(...) Preguntando / sí algo habrá en el fondo de la cueva / que no sea la sombra del que pasa. (52). Todo esto enmarcado en multitud de recuerdos y vivencias personales.

 

 

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'Ínsulas extrañas' es la parte más breve del poemario con cinco poemas. Pueden ser aquellas ínsulas representados en los paisajes del ayer. La memoria incita a volver físicamente a los lugares de las vivencias recurrentes; pronto se constata que nuestra ausencia no ha sido echada en cuenta. Hollar la huella del paisaje, la huella propia en el paisaje, vivencia sobre vivencia en aquel lugar, sobrevivencias de la primera vez… ¿Qué se recupera? ¿Qué se añade a ello?  Conciencia de la ausencia pasada y de lo que vendrá. El mismo mar en su continua erosión de las peñas.

 

Este recordatorio no puede ser una reviviscencia, sino que conduce, como en todo el poemario a una recreación oceánica que todo lo devora, cubre y olvida… Como en la mística un despojamiento para seguir siendo la nada. Ambigüedad, duda de sujeto melancólico.


 

Oratorio menor lo constituyen una serie varia de poemas al final del libro. La temática es la que hemos venido contando. Insistencias delatoras de que una vida buena sería aquella que se regocijarse en el instante; pero el instante es una falsificación, solo existe precedido; es más, existe en la continuidad, y el instante será la vida entera. Es conciencia de pasado y proyección de continuidad, no es momento aislado. El carpe diem y los anhelos de eternidad que se rezan en la  ’Oración a San Andrés de Teixido’ (67), y en ‘Cabo Ortegal’ (68) parecen poco convincentes: “Lo digo de verdad, no miento a nadie, / yo prefiero quedar en la terraza / del bar de barrio al que suelo ir, / picando algo y bebiéndome una caña.” Este fluir del tiempo provoca la repetición de lo mismo y faculta la nostalgia de lo que perece, de lo que volverá  en otros. En ‘Mi Dafne particular’ (69), en ‘Cintia’ (70) Y en ‘Ariadna’ (71) desencantos del amor. La poesía de Calímaco y Lee Masters cómo viáticos para reencontrar a tantos, muertos propios y ajenos.

 

 

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El pasado reencontrado, ya lo veíamos en ‘Ínsulas extrañas’, produce estupor, pues se reconoce y no se reconoce (79) “(...) mientras pienso / que este aroma agreste Será igual / que aquel que percibieron en sus fincas / Horacio, Cicerón, Agustín, Séneca, / Garcilaso, y Panero ahí en Castrillo;” (81) Pero también la proyección futura y melancólica de que alguien viniera a revivir del mismo modo al que ahora los recuerda (Esa eternidad inclusiva y autoincluyente en la memoria que anhela.)

 

Tres de entre estos poemas finales me han sobrecogido: ‘Cuerpo mecido por el mar’. Ya los Órficos, antes de retornar, viajaban por el Hades con una imagen del renacer, una espiga candeal de trigo, una hoja de roble. Así promete el autor viajar por ese lugar con el recuerdo de Sylan Kurdí, un nombre que postula la justicia para todos los perseguidos de la historia… Otro de los poemas más hermosas de este libro tan 'con-pasivo' es ‘Chica de rojo’ (84) donde el ‘fugit’ se expresa como deterioro de lo material, en una expresión irónica del desamor: “No sé sí fue ella misma quién pintó / un corazón con el lápiz de labios; / su alma rota, entera en una puerta / que el agua fue borrando poco a poco.” El  tercero de los poemas es: ‘Para L…’  A causa de la imposibilidad de situarse en una muerte total, imagina que seguirá acompañado en el recuerdo de quien más ha querido. Símbolo de esa comunicación imposible: “Y por si no te vieran ya mis ojos, /  coge mi mano fuerte y no la sueltes.” ‘Para L... ‘ (95)

 

 

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En eterno retorno a lo ancho del libro se repiten con variaciones los mismos temas, como una sucesión de máscaras que mostraran los mismos sueños, los mismos caballos, las mismas cadenas... Al final el mar y su compás de rompeolas, la noche eterna, la humanidad dispersa en el desagüe contra la nada memorizada. Último consuelo de la resurrección que la memoria propicia: “Nos salvaremos en la noche eterna / de esta humanidad que nos acoge.” ‘Para después’ (90).  Por eso el poemario finaliza con ‘Todos, uno' en una paradoja no resuelta: Ese deseo de unidad, de eternidad tal vez sea algo imposible de cumplir en el yo: “Por ser tiempo finito, yo soy único, / podría decir hoy el gran Octavio.”

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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