Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 16/07/2018
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DETRÁS DE LA HUELLA DEL INEMA
Juan Antonio Cordero
1/05/2018

Don Abelardo. Punto y aparte

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Don Abelardo San Román, era la espina dorsal del comportamiento y de las normas dentro del Instituto. Se empleó en cuerpo y alma al control de la conducta, hay quien podría llamarlo domesticación, acudiendo con más frecuencia e intensidad de la deseable a las tareas habituales de castigar las acciones y situaciones que caían fuera de las estrictas normas de la institución y/o de la época.


Su imagen, incluso su sola mención llenaba la escena. Era como aquellos actores geniales de teatro que cuando actúan, perfectamente adaptados al personaje, minimizan al resto porque su protagonismo no admite discusión. Y eso, independientemente de lo que hagan. Así era Don Abelardo. Llenaba la pantalla el solo y por donde pasaba, quedaba claro que había pasado.

 

Tanto y tan ostentoso protagonismo no podía menos que generar multitud de anécdotas de lo más variopinto, tanto en sus clases como en sus tareas directivas. 


Se dice, y hay cantidad de testimonios que lo pueden confirmar, que sus clases consistían más en preguntar y mandar estudiar que en explicar, teniendo una especie de fijación con el aprendizaje de todos los ríos con todos sus afluentes… por pequeños que fueran, lo que le homologaba con el resto de colegas de Geografía e Historia... aunque también podemos pensar que tal coincidencia tuviera su origen más en el énfasis de los Planes de Estudio que en esa obsesión de hacer aprender los ríos, por minúsculos y afluentes que fueran. Mi experiencia con la asignatura de Geografía no avala esa minuciosidad fluvial... que si parece constatarse en épocas anteriores


 

 

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Sus clases eran aburridas… y una clase aburrida siempre es mala de gestionar incluso en los tiempos del ‘palo y tentetieso’ que nos tocaron. Algunos alumnos, los menos, se dedicaban a leer cuentos en clase mientras los demás, menos osados y arriesgados, soportaban estoicamente el sopor como iban pudiendo. 


El desinterés por sus clases le enfadaba, incluso le enfurecía, pero no hasta el punto de cambiar la metodología habitual de las mismas, que era básicamente: de “estudien para mañana… y preguntar sobre lo estudiado el día siguiente”.


“Un cierto día, en el viejo edificio del Instituto de la calle Padre Blanco, el de las chicas, (debía ser el Curso 57-58 o 58-59 ), entró en clase ya cabreado aunque la situación tampoco tenía demasiado de novedoso. Sin venir mucho a cuento, dijo en tono muy alto que él era Don Abelardo San Román, como quien pretende reafirmarse, aparentemente sin necesidad, y dio un fuerte golpe en su mesa… que era lo que más a mano tenía aunque no debía estar para muchos trotes, la mesa. Tan fuerte fue el golpe y tan precario el estado de la misma, que ésta se rompió atravesada por su puño cerrado, lo que provocó un regusto generalizado e indisimulado en la clase, incapaz de ocultar sonrisas y miradas cómplices e incluso carcajadas. La situación se prolongó más de lo que él hubiera deseado porque no podía sacar su puño del agujero de la mesa rota y cada nuevo intento para lograrlo era frenado por una mesa que le mostraba agradecimiento y no aceptaba fácilmente separarse de su brazo. Una mesa, desde luego, con mucha más devoción y cariño por él, que sus propias pupilas. Éstas, era una clase de alumnas, gozaron… mientras pudieron… de una de sus innumerables anécdotas. Y después… han seguido gozando cuando la contaban. Doy fe de ello.” Así me ha sido contado por una alumna de esa clase.


“Tampoco les permitía a ellas venir sin medias a clase… En esa época debían de comenzar a ser moda en Astorga las medias de cristal que eran difíciles de percibir a simple vista, de ahí su nombre, claro. 


Se cuenta que las alumnas, conscientes de la situación que generaba llevar dichas medias, las utilizaban para marear a Don Abelardo, fiel a las esencias. 


En el edificio del Instituto de chicas, cerca, casi aneja a la Secretaría había una salita que llamaban el 8. Allí era donde Don Abelardo comprobaba que las chicas realmente llevaban medias… aunque fueran de cristal. Algunas de ellas (las más echadas p’alante…, que las había) aprovechaban para crear situaciones incómodas al ínclito Don Abelardo, como… ¡toque, toque! –refiriéndose a la pierna-, verá como sí que las llevo…


Se ha de decir que todo ello se hacía por llevar a cabo el cumplimiento del protocolo respecto al uso riguroso del uniforme, y que no existían connotaciones de abuso de ningún tipo…”, me comenta la misma informadora. 


A mí, personalmente, nunca me dio clase. Me dio otras cosas. Bastantes y bastante fuertes. Me explico.


Yo había aprobado las ‘mates’ que tenía pendientes de 2º, y estaba contento y parlanchín mientras venía el profesor. Era un día del mes de marzo de 1967, por la tarde. Demetrio, que debía ser el Delegado solo porque era muy alto, me dijo que me callara o que avisaría al ‘Abe’ (estaba tan metido en nuestras conversaciones… que teníamos que abreviar). Yo no le creí capaz de tal cosa, habida cuenta del miedo que provocaba su sola mención… y seguí hablando.

 
Demetrio se fue de la clase, volvió y me dijo que el ‘Abe’ había le dicho que yo bajara, que me estaba esperando. Yo, que seguía incrédulo creyendo que el tal Demetrio iba de farol, le respondí que le dijera al ‘Abe’ que subiera a buscarme él. Demetrio, que no era mi amigo... y menos desde aquel momento, volvió a bajar y así mismo se lo dijo. El Abe subió a buscarme. Entró en la clase majestuoso, anunciado por el humo del Ducados que le precedía. El aula era la que estaba encima de la Capilla y tenía el encerado en la pared que daba a la Sala de Profesores, (la opuesta a las casas de  Miguélez) y dijo “Quién es ese chulito”. Era yo el chulito. No lo entendí al instante porque el eco del final de la palabra ‘chulito’ reverberaba en mis oídos con la insistencia de una pesadilla. Me levanté temblando, después de entender que se trataba de mí. Mejor dicho, entre temblando y paralizado, mirando a Demetrio… que sonreía tratando de ocultarlo… Me mandó bajar al ‘Muro’. Bajé y esperé. Hablaba con Don Manuel Martínez, profesor de Latín. 

 

 

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Yo estaba cerca de ellos, a petición suya. Mientras hablaba de cosas intrascendentes, supongo, con Don Manuel, como entre párrafo y párrafo, me arreaba un bofetón de tal calibre que me proyectaba, a trompicones, hasta el Muro, que estaba a sus buenos dos metros. Yo me incorporaba medio renqueando. Él me decía, sonriente, con el característico humo expelido de la boca a través de sus dientes: “Acérquese joven”. Esto se repitió varias veces, no sé, cuatro o cinco. Muchas. 


Aunque yo ya estaba caliente, él se iba calentando poco a poco, más lentamente, digamos. Lo que para mí ya hubiera servido como postre, debía de resultar para él apenas un aperitivo o los entrantes y la falta de sincronía en los ritmos jugó claramente en mi contra.


Dejó a Don Manuel como testigo, y, como quien dice “¡observa! o  ¡no te lo pierdas!” se puso conmigo… ya en serio. Me dio lo que no está escrito. No había salido de un tambaleo con rodilla en tierra por efecto del bofetón propinado… cuando ya tenía encima el siguiente bofetón con tambaleo incluido. Yo creo que él se iba enardeciendo con la lucha… aunque solo luchaba él. Mi corpulencia y mi educación (sobre todo la primera) no me dejaban muchas opciones aparte de ser un mero receptor de sopapos de diseño. Parecía no cansarse nunca.


Al Lazarillo hubiera querido ver yo en esas mismas circunstancias por muy entrenado que estuviera en recibir palizas del ciego del que tanto aprendió. Y Don Abelardo podía ser muchas cosas, pero ciego, no. Yo doy fe ello por la precisión de su pegada.


Don Manuel que debía de estar sufriendo por el espectáculo, y porque me conocía del vecindario, lo cogió del brazo y le dijo: “Déjalo ya Abelardo… que vamos a tener un problema”. 


Don Abelardo, entre displicente e insatisfecho, le hizo caso. Me miró con cara de desear rematar la faena… pero cesó la tormenta. 


Un ángel había detenido otra vez ese brazo ejecutor. Hay precedentes en la Biblia… obviamente salvando las distancias. Don Manuel si era un ángel, pero Don Abelardo no era Abraham, y yo, algo ovino también, aunque no carnero. Pero precedentes, al fin y al cabo.


Mi problema, ahora, era ver cómo en las horas entre este evento y la llegada a casa, se iban difuminando las huellas y algún hinchazón de los golpes para que no se enterara mi padre. Porque esa podría ser otra de magnitudes parecidas.


Él me sacudió de lo lindo, pero también es cierto que yo, de haber podido en aquel entonces, lo hubiera lanzado por una escalera abajo o por uno de esos ‘resbaletes’ que preparábamos en invierno para que la gente, ancianos incluidos, cayeran y se rompieran una pierna, la cabeza o ambas. Algunos éramos así, y la sociedad… también. Asumir lo que venía como resultado de lo que hacías… era una asignatura que normalmente traías aprendida de casa. Y no había muchos márgenes ni vericuetos para eludir la responsabilidad de lo que hacías. Entonces el péndulo estaba en una posición y hoy está en la opuesta, y lo que vemos desde esta, a algunos, casi nos gusta menos. 


Creo que este trazo define el personaje, Jefe de Estudios, ‘poli malo’, que tuvo que bregar, y lo hizo, con cientos de jóvenes y ‘jóvenas’, cada uno de su padre y de su madre, pero igualados por la disciplina y sin distinciones de trato por origen social. Todos éramos igual de mal tratados (dos palabras).


También, cuando era necesario, era ‘poli malo’ para los profesores. Su idea de ‘un buen instituto’ hacía que se enfrentara a más de un profesor por cuestiones tales como retrasarse en el comienzo de la jornada o de las clases, y dedicaba todo el tiempo necesario y más al Instituto, que él veía como su obra, y para conseguirlo empleaba todo su empeño dentro de los márgenes normativos y legales del momento. No se arrugaba ante nada. Bueno, no. Parece que tenía bastante respeto por lo que en su momento representó la Sección Femenina y alguna de las profesoras de Gimnasia que el falangismo mantenía dentro de los Claustros. Es posible que el respaldo de la Falange fuera la única cosa que le hiciera mantener una actitud menos beligerante.

 

 

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Pensándolo bien, debía hacer bien su trabajo como Jefe de Estudios. De hecho fue mantenido en ese cargo, al menos por cuatro diferentes Directores, y seguramente fue la persona que más tiempo ocupó tareas directivas dentro del INEMA. Y no sólo eso.


En el año 1977, el 25 de Noviembre, en Astorga, tuvieron lugar los Actos del Homenaje en Honor del Ilmo. Sr. D. Abelardo San Román González, con motivo de la imposición de la Encomienda de Alfonso X ‘El Sabio’, en un acto que fue organizado conjuntamente por el Instituto Nacional de Bachillerato ‘Obispo Mérida’ y la Asociación de Padres de Alumnos. Ese fue el homenaje que el franquismo, ya sin Franco, le dio a Don Abelardo por su dilatada carrera como profesor y directivo del INEMA y por los servicios prestados al mismo, que no fueron pocos. 


Aparte de esta pequeña historia personal, no he oído muchas loas de Don Abelardo como profesor de Historia. 


Eran comidilla algunos de sus dichos en sus clases y explicaciones que denotaban un cierto lenguaje vasto y atropellado. Sin embargo, fue un precursor. Y quiero dejar constancia de ello. 

 

 

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Antes, mucho antes de que en España se inventara la cursilería lingüística del nosotros-as, todos-as, diputados-putadas, etc., metido a machamartillo por la ideología feminista a través de todos los tentáculos mediáticos posibles (útiles o inútiles).

 
Antes, mucho antes de mantener al personal entretenido para evitar que viera el desmoronamiento de principios e ideas que comenzaba a tener lugar en el bastión izquierdo de la ideología.

 
Antes, mucho antes, existió Don Abelardo, brazo operativo o actuante del INEMA. Un precursor de la ideología de género. Quién lo diría.

 

Casi todos los accesos a las plantas superiores al INEMA (me refiero al edificio de la calle de los Sitios, 2) se hacían a través de las escaleras centrales que cubrían el famoso Muro. Recuerdo a Don Abelardo, abajo, mirando como subían las filas… y seguramente alguna cosa más debía de mirar… mientras nos decía con su voz a medio camino entre la cazalla y el Ducados: “no se me junten; los jóvenes por un lado, las jóvenas por otro”. 


El abrió la senda que continúa hoy en plena actividad con todos y todas, miembros y miembras, portavoces y portavozas. Él, Don Abelardo, muchos años antes, como banderín de enganche, al frente, abriendo camino a una larga fila de otros y otras igual de iletrados, más o menos, que él. Aunque ya se sabe, los extremos se tocan. En la ignorancia… mucho antes que en el infinito.

 

Don Abelardo, q.e.p.d. Siempre vigilante de las esencias patrias imperantes en la época, que en el caso de Astorga, más que esencias eran quintaesencias. Don Abelardo, un guía, un adelantado a su tiempo, un precursor del feminismo lingüístico, rampante y de cuota. Y seguramente, él, sin saberlo. 

 

Próxima entrega: 3.12. Mérida P. 1981-96. Anclaje y arraigo

 

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