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Astorga Redacción
2/05/2018

La juventud de Eugenio de Nora

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En la Historia de la Literatura Leonesa de F. Martínez García encontramos unos apuntes autobiográficos de Eugenio de Nora, en los que cuenta como llegó a profesar el oficio de escritor, quizás también el oficio de vivir.

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"El principio se sitúa para mí, según creo, entre tercero y cuarto año de bachillerato, o sea, de los 12 a los 13 años de edad —porque yo era relativamente precoz en cuanto a los estudios— y exactamente en el momento en el que, por una serie de razones —que yo mismo ahora no comprendo muy bien, tal vez el buscar un sitio donde se estudiara más o mejor, etc.—, pasé del Instituto al Colegio de los Maristas. En el colegio había —o se empezó estando yo allí de estudiante— una revistilla que se llamaba ‘Ecos de mi Colegio’. Y creo que fue esa la circunstancia de despertarse en mí algo parecido a una iniciación de vocación literaria. Si no me equivoco —no me equivoco, creo que no: por ahí debe estar la colección de ‘Ecos de mi Colegio’—, el primer..., cómo llamarle..., no es artículo, ni trabajo, ni nada..., la primera cosa que yo publiqué allí en el Colegio no fue una poesía, sino una especie de recensión a la biografía de Franco de Joaquín Arrarás... (Risas.) De modo que, mea culpa... Allí hay algo de lo «que podía pensar un chico de entonces, formado por los Hermanos Maristas de entonces, durante la guerra.

 

En la revista publiqué también mi primera poesía (que, si no me falla la memoria, estaba inspirada en los caballitos que se instalaban entonces en la Plaza Mayor; por cierto, alguno de los versos que creo recordar, decía algo así como: “Neptuno inclinado / en sus fuente seca.” Como sabes, el Neptuno, que ahora está en el Parque de San Francisco, estaba entonces en la Plaza Mayor. Es muy curioso esto porque en la estatua de Neptuno vienen a confluir las vivencias infantiles o adolescencia mías, por una parte en los caballitos de la Plaza Mayor y, por otra, con el jardín de San Francisco (pie es el lugar de mis primeras andanzas y asechanzas con alguna chica, porque vivíamos frente al Parque mismo, en la esquina, (frente a los franciscanos, que es donde tenía mi padre el garaje entonces. De modo (que: la iniciación está en la revistilla del Colegio de los Maristas. Esto, como es evidente, era consecuencia de algunas lecturas, que fueron las primeras.

 

Las primeras lecturas poéticas que yo recuerde, con toda seguridad, son las Rimas de Bécquer, una selección de Poesías de Campoamor y una edición que se preparó en Valladolid, durante la guerra, de una selección, también de poesía, de don José María Pemán. Y junto con esto, el teatro en verso porque para mí era tan poesía como la de los poemas: creo que la primera obra de teatro en verso (que yo leí fue El divino impaciente de don José María. O sea: el punto de arranque es éste: Bécquer, Campoamor, Pemán. Y desde ahí fui ensanchando, poco a poco, la visión. Claro, tuve una suerte enorme y es que desde... —desde los primeros meses no, pero quizá no tardó más de un año—, desde (que yo empecé a escribir algo y a aparecer en la revista del Colegio, empecé también a tener contacto con don Antonio. ¿Que cómo le conocí? Yo no me acuerdo bien si fue por unas líneas o fue personalmente, el director del Colegio —que se llamaba el Hermano José Serafín— me presento a don Antonio a raíz de algunas de esas cosillas publicadas. O quizá fuera don Antonio mismo quien se interesara: “Hombre, ¿quién es el chaval (que hace estas cosas?”. Sea como sea, presentación mía o curiosidad de don Antonio, el caso es que enlazamos allí, v en la Biblioteca. Desde entonces, empezó ya la orientación hacia algo más válido: y esto se debió, esencialmente, a los consejos de don Antonio Me acuerdo perfectamente (que allí, en la Biblioteca Azcárate, fue donde empecé a leer ordenadamente: poetas modernos, poetas recientes; después de Rubén Darío, los del 27, Juan Ramón Jiménez; había allí un ejemplar del Poema del cante jondo de Lorca; y, claro, la reacción instintiva mía —la de un chaval de entonces, formado a este nivel módico— era no comprender absolutamente nada, pensar que aquello era una especie de cachondeo; y don Antonio me decía: “No, no, date cuenta aquí del interés de las imágenes." Entonces: el salto del gusto general neorromántico becqueriano, ‘pemaniano’, etc., y todo lo más, todo lo más, tipo Rubén Darío y un Antonio Machado comprendido solo por las ramas, superficialmente..., el salto, digo, a una poesía más evolucionada, más contemporánea, más puesta al día en cuanto a formas expresivas, de todo esto don Antonio fue el responsable, es decir, el autor de un proceso de maduración que, sin él. habría durado, con toda seguridad, tres o cuatro años más, por lo menos.

 

Volviendo a mi curriculum: yo hice, me parece, tres años en los Maristas y después volví a hacer 6.° y 7.° en el Instituto. Luego hice la reválida en Oviedo y marché a Madrid. Y también ahí, en el hecho de marchar a Madrid, en vez de ir a estudiar a Oviedo o a Valladolid o quedar aquí para hacer Veterinaria —que era una tentación muy grande, teniendo en cuenta que la situación familiar no era muy brillante como para alimentar a un estudiante durante cinco años fuera de León—, también en el hecho de marchar a Madrid entró don Antonio que dijo: “No, no. Tú, lo que debes estudiar es Letras, v donde debes estudiar Letras es en Madrid.”"

 

F. Martinez queda sorprendido cuando se entera que Eugenio G. de Nora no mostraba una especial vocación hacia las letras.

 

“No, no, en absoluto. Yo, inicialmente —es decir, durante los últimos años del bachillerato—, tenía una idea muy flotante, muy..., cómo decirte, muy plurivalente de la vocación. Me habría gustado quizá más, si hubiera habido aquí centro apropiado, entrar como alumno de la Marina, por ejemplo. Quizá era una sugestión un poco romántica, ¿comprendes?; y el haber leído alguna novela de Pierre Loti, y cosas así...; no sé, me insinuaba la posibilidad de ir por el mar adelante y conocer países haciendo escalas en puertos extranjeros, ¿no? Otra posibilidad habría sido la de entrar en algún grupo teatral... No, no tenía vocación de hacer precisamente Letras, no. Esa vocación me entró haciéndolas, estudiando; y, ya te digo, fundamentalmente por empujón de don Antonio. Yo podía haberme hecho, igualmente, abogado; incluso empecé a estudiar Derecho en Madrid (luego lo dejé, claro). Entonces: en este camino hacia la vocación..., no sé cómo decirte..., hay unos ciclos de evolución y de maduración muy desiguales entre la visión general que yo me iba haciendo de la realidad y las lecturas, muy prematuras también y muy inadecuadas a la edad que yo tenía entonces; tú imagínate lo que es caer, de repente, en un chico educado en los Hermanos Maristas, los Cantos de Maldoror, por ejemplo, tan llenos de mundanidad, de crudeza, de blasfemia... Bueno: todo esto hacía que al llegar a Madrid fuera yo un caso verdaderamente raro, ¿no?: un chico que, por una parte, venía a ser, a ciertas fibras de algunos niveles, contemporáneo de Bécquer y, por otra parte, a otros niveles, era una especie de surrealista paralelo a Anché Bretón y a Paul Eluard, ¿comprendes?»


F. Martínez García  le pregunta entonces por la impresión que tiene de que debía de ser un sujeto muy reflexivo, precoz.

 

«Bueno... Sí. Todo eso es verdad. Desde los quince años he vivido en una reflexión constante. Bueno, ¿reflexión? Sí, quizá, sí. La dosis de “vuelta sobre sí” para aceptar las cosas que ves, que oyes, que lees. Y, sobre todo, claro, sobre todo, el hecho fundamental de la vida que toco vivir a personas no demasiado tontas ni falsificadas de la generación a la que pertenezco, que eran unos críos completamente inocentes en relación con la guerra civil. Y el hecho fundamental era el tener que resolver, de un modo u otro, pero siempre de un modo personal, el escándalo de la divergencia, ¿comprendes?, de la imposibilidad absoluta de síntesis entre lo que se decía (los principios de tipo religioso, patriótico, imperial, grandioso, de salvar a España, en fin, todo lo que nos decían, “por el Imperio hacia Dios"... Bueno, todo lo que se decía: la pseudometafísica nacionalista-religiosa de la época de la guerra civil) y los hechos: el hambre, las privaciones, la brutalidad de la guerra, los fusilamientos, los asesinatos —yo distingo entre ‘fusilamiento’, es decir, una persona muerta aunque sea con un juicio sumarísimo, \ ‘asesinato’, o sea, una persona ‘paseada’, ¿no?—, las torturas, la injusticia monstruosa; y luego, los negocios sucios (el estraperlo), los condicionamientos según la posición política y administrativa de un señor. Pues, eso, lo que decía Neruda: “La cárcel al que roba un pan y el cero absoluto para el gran ladrón”, ¿no?... Entonces: conciliar los grandes principios, llenos de idealismo, del mundo oficial (bueno: que, naturalmente era el mismo que teníamos en los colegios y en todas partes, el único) con los hechos, con toda esa miseria, con toda esa serie de chapucerías, con toda esa inmundicia que era el mundo real... ¿Cómo hacer esa conciliación Era difícil, muy difícil. Uno se fuga para arriba o se fuga para abajo, y quizá hay una especie de peligro de escisión y, por consiguiente, de bipolaridad, de una especie de doble fondo, ¿verdad?, que yo creo que he tratado de evitar siempre yendo hacia la aceptación de la realidad. Quizá la quiebra fundamental..., claro, el paso tiene una trascendencia enorme porque no sólo es la quiebra de las convenciones establecidas, sino de los principios sobre los cuales teóricamente están apoyadas esas convenciones. Junto con el derrumbamiento de la pseudoideología, digamos, nacional-fascista o algo parecido, viene el derrumbamiento casi inevitable de todo el mundo metafísico apoyado en un dogma más o menos católico y entonces queda uno completamente a la intemperie. Y eso es lo que me ocurrió a mí. Claro que todo eso se produjo con ambigüedades, con vacilaciones enormes..., pero se produjo de un modo muy temprano; por ejemplo, ahora quedo completamente perplejo al comparar el trasfondo todavía religioso, metafísico, nacionalista, concretamente de un libro como ‘Cantos al destino’ (escrito, más o menos, del 42 al 45) y lo que intelectualmente yo pensaba ya entonces, que era enormemente mucho más avanzado, mucho más de tabla rasa absoluta. Entonces: claro, hay un desnivel continuo entre el mundo efectivo —¿cómo decirte?— de valores que siguen contando, y las cosas que intelectualmente uno ya va dando como caducadas. Quizá eso también, esa tensión, contribuya a dar una impresión de reflexión, de inquietud, de renovación, tal vez de madurez» 

 

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