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Luis Miguel Suárez Martínez
6/05/2018

Una vida de novela: El relojero Losada

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Emilio Lara, El relojero de la Puerta del Sol, Barcelona, Edhasa, 2017, 342 pp.

 

 

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La fascinante odisea de José Rodríguez Losada (1797?-1870) que le lleva de su Iruela natal, en la comarca de la Cabrera, hasta Londres, donde se convertirá en relojero de fama universal, resulta en sí misma novelesca. Por eso no resulta sorprendente que Emilio Lara (Jaén, 1968) lo haya convertido en el protagonista de El relojero de la Puerta del Sol (Barcelona, Edhasa, 2017). Quizás lo sorprendente es que ningún novelista se hubiera fijado ante en esta figura tan singular e interesante y, sin embargo, tan poco conocida.

 

La novela se divide en 74 capítulos de breve extensión que relatan su peripecia biográfica sin respetar el orden cronológico lineal. Así, el primer capítulo (pp. 11-13), datado en 1814, relata el incidente que provoca la huida del protagonista del hogar para evitar la cólera paterna. El segundo (p. 15) nos traslada a 1866 cuando Losada, que recibe encargos de las personas más encumbradas, se halla en Londres en la cima de su prestigio. A partir de ese momento se alternarán los capítulos correspondientes a distintos periodos de su vida. Por una parte, se regresará al pasado para referir su juventud por las tierras de España, su huida del país tras la liquidación del régimen liberal en 1823, su llegada a la capital británica, sus modestos inicios y su admirable ascenso social.

 

Por otra parte, la acción se sitúa en un momento posterior, que abarca desde el 7 de marzo hasta el 2 de abril de 1866, y nos presenta a Losada enfrentado a dos retos que pondrán a prueba su inmensa reputación de profesional: el primero, la finalización de lo que constituye la obra de su vida, un gran reloj en el que lleva trabajando tres años; el segundo, un encargo del gobierno británico para que repare el Big Ben, empresa en la que otros distinguidos colegas suyos han fracasado. Por esos mismos días llegan a Londres dos inquietantes personajes y con su presencia una oscura amenaza parece cernirse sobre el relojero leonés. No cabe duda de que esta estructura, con capítulos breves y con continuos saltos temporales en la historia, constituye un acierto narrativo, pues permite agilizar el ritmo del relato —favorecido también por el uso de la elipsis— y mantener la intriga.

 

El libro se cierra con un epílogo (pp. 339-342) —tal vez prescindible—, que nos sitúa en la Puerta del Sol el último día de 2017, y con una 'Nota del autor' (pp. 339-342), en la que, además de una bibliografía sobre distintos aspectos históricos y biográficos aquí tratados, se señalan algunos pormenores del proceso de escritura e incluso se desvelan ciertos detalles ficticios introducidos en el relato. Y es que el autor ha mezclado en El relojero de la Puerta del Sol de manera hábil elementos imaginarios e históricos. A ello  se presta la figura del relojero leonés, pues los detalles biográficos que de él se conocen —gracias entre otros a Luis Alonso Luengo— son escasos y en ocasiones contradictorios, lo que abre un amplio espacio a la imaginación.

 

 

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En la novela de Emilio Lara, además de abordar el asombroso progreso profesional del protagonista, se recrea también su mundo más íntimo, en el que desempeñarán un papel destacado sobre todo dos personajes: su esposa Ana —cuya relación está contemplada con algunos elementos románticos— y su amigo el excéntrico y acaudalado filántropo Henry Baltimore. Pero por sus páginas transitan asimismo personajes históricos como el poeta José Zorrilla, que mantuvo ciertos lazos de amistad con Losada, al que llegaría a dedicar algunos poemas; José Zorrilla Caballero, padre del poeta y protagonista de uno de los lances más grotescos del relato; el general Prim; el general carlista Ramón Cabrera; Wellington; la reina Victoria; Lewis Carroll; Charles Dickens, etc.

 

Es de destacar la acertada atmósfera que envuelve las andanzas del protagonista en Londres, con una ciudad cubierta por una niebla casi perpetua —“que parecía brotar de las calderas del averno” (p. 245)— a la que se adhiere el humo incesante de las fábricas. Este ambiente agobiante —aparte de lo que tiene de atmósfera novelesca— simboliza igualmente la otra cara del desarrollo industrial  —contemplado con cierto tono crítico—, que trae consigo una sociedad de grandes oportunidades pero también de grandes contrastes. Como en las novelas de Dickens, a veces la mirada crítica se entremezcla con lo humorístico y con lo sentimental, como se observa muy bien en dos episodios relacionados con el excéntrico Henry Baltimore: la visita de este a una escuela (pp. 209-213) y la lectura de su testamento (pp. 308-312), buenos ejemplos, además, de justicia poética.

 

 

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Aunque en ocasiones la visión del historiador  quizás se sobreponga a la del novelista —por ejemplo, a la hora de introducir determinadas reflexiones de los personajes sobre los acontecimientos históricos— la aventura vital de José Losada que se traza en El relojero de la Puerta del Sol resulta ciertamente fascinante. Por eso su lectura suscitará sin duda el interés por su figura.

 

 

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