Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 18/08/2018
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Mercedes Unzeta Gullón
12/05/2018

Souvenirs de la cruz de Cristo

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La cruz de Jesucristo debió de ser grande, muy grande, como una catedral de grande. Vamos, inmensa a juzgar por la cantidad de trozos de madera que han salido de aquella emblemática  cruz que Jesús llevó sobre sus flageladas y deterioradas espaldas.

 

Se ha recibido, en la Catedral de Astorga, con todos los honores eclesiásticos uno de esos trozos que, según dicen es el más grande que existe (6cm. X casi 4cm) que parece que se trajo Santo Toribio de Jerusalén allá por el siglo V. Los análisis científicos dicen que se trata de una madera de ciprés muy antigua. Y cipreses hay en Palestina. Todo encaja.

 

La emperatriz Helena de Constantinopla,  madre del Emperador romano Constantino, se había convertido al cristianismo y en su piedad infinita se empeñó en encontrar la famosa cruz  donde había sido crucificado su nuevo inspirador espiritual. Se dedicó con gran afán a la búsqueda bajo tierra de aquellos santos maderos y en ese menester se llevó por delante varios monumentos entre ellos el templo erigido a Venus en el mismo Monte Calvario. Su entusiasmo, voluntad y audacia dio como resultado finalmente el ansiado descubrimiento de la Vera Cruz, es decir la verdadera cruz donde cuatrocientos años antes habían dado muerte a Jesucristo. Un hallazgo arqueológico extraordinario. Como su vida era de mucha agitación arqueológica y espiritual, ya que andaba detrás de encontrar también los restos de los Reyes Magos y de algún Apóstol, se perdió el momento crucial y altamente emocionante del tan deseado hallazgo. La comunicación le vino en la distancia pero, a pesar de ello, el contento no pudo ser mayor.

 

Pienso yo que quizás, hartos de excavar hoyos, los trabajadores del pico y pala, seguramente no muy bien pagados (en aquella época se tiraba mucho de los siervos), decidieron que sí o sí la cruz tenía que aparecer para colmar de satisfacción a la antigua emperatriz y, súbitamente, la hicieron aparecer del fondo de la tierra, curiosamente bastante impecable, sin que los cuatro siglos hubieran hecho demasiado mella en ella. Con ello se acabaron las excavaciones y, naturalmente, se pasó a las devociones.

 

La fe, dicen, ha movido montañas. Esa misma extasiada fe ha multiplicado por miles los fragmentos arrancados a la memorable cruz. Su interesante hallazgo resultó un comodísimo y elevadísimo  argumento  para resolver altas gratitudes. Rápidamente se consideró como un excepcional regalo para  agasajar con grandes honores a reyes, cruzados, altas jerarquías peregrinas e importantes personajes de la cristiandad.

 

Trocito a trocito la venerada Vera Cruz fue poco a poco desgajada y sus pequeñas porciones de la madera milenaria  empezaron a expandirse por el mundo mundial con el acompañamiento de devoción y misterio que suponía el asunto. Se podría decir que fueron los primeros souvenirs del turismo de élite de la historia.

 

Yo tuve entre mis manos, cuando era joven, un trocito del Lignun Crucis. La madre de una compañera y amiga del colegio guardaba entre la ropa interior de un cajón del armario de su dormitorio (todo era precaución ante posibles sustracciones) un rico relicario en oros, en forma de pequeña urna, con un trocito de la madera sagrada. Cuando consideraba que nos lo merecíamos nos llevaba a su cuarto y con gran reverencia y devoción sacaba del cajón de lencería la preciada reliquia que nos dejaba sostener unos instantes entre las manos para su contemplación siempre que el recogimiento fuera el adecuado. Nos sobrecogía aquel instante lleno de misticismo vivido entre la cama y el armario de la madre de mis amigas. ¿Cómo había llegado a sus manos? Ni idea. Era lo suficientemente joven y crédula como para no interesarme por ese misterio. Ahora me lo pregunto con verdadera curiosidad. Tendría algún antepasado caballero-turista de los Santos Lugares, supongo.

 

Es fantástico cómo nos gusta creer en lo increíble. Nos sustrae de nuestros quehaceres y dificultades cotidianas y nos eleva a la categoría de seres de otro mundo, galácticos. Qué liberador y protector el tener ingredientes para poder evadirse.

 

O témpora, o mores

 

 

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