Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 21/05/2018
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Inés Abellaneda
13/05/2018
Testimonio riberano sobre la 'España vacía'

A propósito de un abandono

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“Yo, a caballo, por su sombra

busqué mi pueblo y mi casa”.

(Rafael Alberti)

 

Ayer por la tarde estuve en casa de mis padres. A medio día mi madre me había llamado por teléfono y me había preguntado si podía ir a ayudarle a limpiar los azulejos de la cocina, que ya iban estando sucios. Lo cierto es que no hace tanto que los limpiamos y podrían aguantar unos cuantos días más, incluso semanas; pero a ella le gusta que vaya, y yo voy, cómo no voy a ir. Al llegar, vi el jardín que hay delante de casa muy cambiado: nada que ver con la última vez que estuve. Mi madre había escardado los ajos, puestos ya en noviembre, y había añadido un surco de cebollas. Y el resto del jardín, aunque no pensaba cultivarlo, lo había cavado, y había quedado limpio, sin una hierba, como a ella le gusta. Uno de los cerezos tenía los brotes hinchados, a punto de reventar. El otro ya estaba floreciendo, volviéndose blanco, más blanco que la nieve. Pegados al borde de la acera, brillaban los tulipanes: rojos, amarillos, naranjas, blancos. Ha sido en estos días, el calor, me susurró mi madre, que acababa de salir, impaciente porque todavía no había entrado en casa.

     

 

Después de limpiar los azulejos, salimos a la huerta. Mi padre ya la había arado y gradado, y la tierra había quedado lista, en sazón para ser fecundada otra vez. Cualquier día, como todos los años, me llamarán para sembrar las patatas. Mientras avanzábamos por el sendero, me di cuenta de que mi madre también le había quitado las hierbas a las fresas. Me adelanté un poco para observar el níspero que mi madre y yo habíamos plantado este año y le pedí a mi padre que tuviera cuidado, que no lo pisara con las ruedas del tractor. Me sorprendió mucho ver el cerezo grande tan florecido, ya con algunas hojas nuevas. Este es muy temprano, se adelanta mucho. Si hiela… El otro es mejor, es más tardío, comentó mi padre. El otro iba más retrasado, aún le quedaba un tiempo para echar la flor. En cambio, los melocotoneros estaban plenamente florecidos y las abejas no paraban de zumbar en torno a sus flores moradas, de hurgar en sus corolas. También los perales y los ciruelos tenían flor. No así los manzanos, que apenas habían echado algunas hojas. El tiempo de las parras y de las higueras todavía no había llegado, necesitaban más días buenos, cálidos.

 

 

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Cuando llegamos al final de la huerta, nos sentamos en el banco medio desvencijado que mi padre había puesto pegando a la acequia, cerca de la higuera, aún desnuda, abigarrada, fea, y nos quedamos mirando los árboles, quizá un poco extasiados. A pesar de estar nublado, la tarde estaba buena y daba gusto estar allí. A veces se levantaba un poco de brisa y nos llegaba como en oleadas el aroma de las flores, de la misma primavera. Hubo un momento, cuando nos callamos, en el que se hizo un silencio profundo, hondísimo, y lo vi todo quieto, sereno, en perfecta armonía. Todo en paz. Hasta me pareció que nuestras respiraciones se habían contenido. Pasado un tiempo, nos levantamos y poco a poco, sin prisa, deteniéndonos otra vez en cada árbol, en los rosales, en el lilo, fuimos llegando hasta la puerta de casa y entramos.

 

Entonces, mi madre me pidió que me quedara a cenar con ellos y me quedé. Yo le hice la ensalada y le corté el embutido, y ella se ocupó del pescado y de las sopas de ajo de mi padre, que no le pueden faltar. Mientras cenábamos, con la tele apagada, mi madre me dijo que habían venido los tíos a pasar el fin de semana y que a la tía la habían visto regular. En cuanto acabé de cenar, llamé por teléfono a mi tío y le dije que en nada subía a hacerles una visita rápida. Mientras circulaba con el coche por la carretera que va a su pueblo, que es también el de mis abuelos, el de mi madre, y en alguna medida el mío, pues nací allí, me fui fijando en el campo, en los sembrados, que crecían a ojos vista, cada vez más verdes, más vigorosos. Cuando llegué, estaba a la puerta, esperándome. Al poco salió mi tía, y sí, me pareció cansada, un poco abatida. Me hicieron entrar en casa, donde hablamos un rato de cosas triviales, lo de siempre, ya se sabe. Después les dije que me tenía que ir, y me acompañaron hasta la puerta, incluso salieron conmigo a la calle. Estaba tan agradable. Antes de subir al coche, mi tío, no sé a cuento de qué, me dijo, casi como una confidencia: “Mira, en toda esta calle, solamente hay dos casas habitadas, el resto están vacías, y en una de estas casas vive una única persona. Y en la otra calle, la paralela a esta, la calle de la iglesia, solo vive el chico de Victorino, el carpintero, que murió hace años; el pobre vive solo, como puede. Ya lo ves, casi no hay gente, el pueblo está medio muerto, se apaga. Durante este fin de semana, nosotros apenas hemos visto a nadie. El bar resiste, pero cada vez va menos gente. Claro, que si no la hay, cómo va ir. Lo salvan el fin de semana y el verano. Si no, ya habrían tenido que cerrar, porque no daría para vivir; pero de momento van tirando. Sin embargo, todo el campo está cultivado, no queda nada de baldío. Lo cultivan entre cuatro. La maquinaria: esos tractores tan grandes, tan modernos. Si no fuera la maquinaria, no podría ser. Y ahora las mujeres no salen como antes al campo, no es necesario: no se entresaca, no se quitan hierbas, no se siega, no se riega, no se hace nada a mano. Uno solo lo puede hacer todo. Han cambiado las cosas tanto…”

 

 

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Yo me quedé callado, asintiendo con la cabeza ligeramente de vez en cuando, sin apostillar nada. No había nada que apostillar, era todo verdad, la pura verdad. Y noté en sus palabras, en sus gestos, cierta tristeza, incluso amargura. Cuando terminó de hablar, nos despedimos y me fui. No salí del pueblo por donde entré, por el camino más corto, sino que tiré todo derecho, hacia la cuesta. Pasé por delante de iglesia, de la fuente, cegada y con el pilón sin agua, vacío, sucio, y después giré hacia abajo, hasta la casa de mis abuelos, la parte de atrás. Cuando llegué, no me detuve, pero sí aminoré la velocidad. Estaba igual, exactamente igual, y por un momento pensé que se abriría la puerta y saldría mi abuelo con la bicicleta. Al llegar a la esquina, torcí a la derecha para verla por delante, por donde se solía entrar. Entonces, sí me detuve. La fachada no estaba del todo igual porque los nuevos dueños le habían cambiado las ventanas y la puerta, pero resultaba perfectamente reconocible. Me vi jugando en el montón de arena de la esquina con el burro de plástico que mi padre me había comprado en la feria. Para evitar la melancolía, que la veía venir, como un torrente, arrolladora, reanudé la marcha. Ya había salido del pueblo y aún tenía el vello erizado.

 

Mientras regresaba a casa, lo más despacio que se podía, observando de nuevo los sembrados, las mimosas que lucían delante de algunas casas, los cerezos de las huertas, los chopos del río, los canales llenos de agua, las cigüeñas picoteando la tierra detrás de los arados de un tractor, las nubes flotando en el aire, las primeras golondrinas, la montaña, meditaba las palabras de mi tío y me preguntaba si mi pueblo sería uno de esos quinientos pueblos heridos de muerte de los que hablaba ese artículo –cuyo título no recuerdo– que había leído en el periódico el domingo pasado.

 

 

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Lo era, sin duda. No había más que ver que no había niños, que la escuela se había cerrado hace años. Tampoco apenas había jóvenes, se habían ido, la mayoría a la ciudad. Solo quedaban los viejos, y cada vez menos, porque a menudo se moría uno, a veces uno cada mes. El pueblo estaba condenado a desaparecer, se había quedado sin futuro, casi sin presente. Y no acertaba a comprender el porqué de este abandono, de esta ruina, sobrevenida sobre todo en estos últimos años. ¿Por qué este nuevo éxodo del pueblo a la ciudad? ¿Tan malo era el pueblo?, ¿tan estupenda era la ciudad? Pero ¿qué daba esta?, ¿de qué privaba aquel? Por más que lo intentaba, no encontraba respuestas.

 

La tarde caía serena sobre los sembrados, los huertos, las casas de los pueblos, y yo no acertaba a comprender. Ni siquiera comprendía por qué yo también un día me había ido. Yo también, como todos los demás que se habían marchado, le había robado el futuro a mi pueblo. Yo también.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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