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Eloy Rubio Carro
13/05/2018

'Hylas', un canto universal al amor que se pierde

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En 1974 Miguel Escanciano funda con Mercedes Castro y Julio Llamazares, el grupo de poesía Barro, editando en 1976 'Barro. Antología poética'. Obtiene accesit por el libro de poemas 'Hylas, prólogo a un sueño' el Premio de Poesía. Alicante, 1987, que para esta edición se presenta bajo el título 'Hylas, Al sur de la mirada'. Como cantoautor , 'Banderas de Abril' es su canción más representativa.

 

Miguel Escanciano, HYLAS, Al sur de la mirada; Marciano Sonoro Editores; San Román de la Vega, 2018

 

 

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En cuatro partes viene el libro: ‘Prólogo a un sueño’ (Introducción), con 4 poemas, pecedido de una nota aclaratoria de J Humbert; ‘Hylas’, con 9 poemas. El ‘Adagio’ sería la tercera, para finalizar con ‘Epílogo’ que va en prosa.

 

Es ‘Prólogo a un sueño’ la parte más críptica del libro, pues las restantes, una vez el referente mitológico de Hylas aclarado, no presentan problema alguno. Estos cuatro poemas que componen ‘Prólogo a un sueño’ se deben leer en segunda lectura de atrás a adelante; es decir primero el IV, luego el III... Por el (IV, 18) sabremos que hay alguien en una estancia que ha fumado mucho durante toda la noche, quizás haya bebido también mucho, ha fotografiado el fluir de la luna desde la ventana de su habitación a oscuras y presiente ya la noche que vendrá, la noche noche. Estamos ante cuatro poemas construidos a golpe de pincelada impresionista que revelan la ausencia y las presencias en la habitación en que alguien dormita. Aquella duda de fenomenólogo es desvelada, lo dado y lo dable en íntina unión, otorgando confianza, como los ecos del día se desenvuelven en el sueño o en el duermevela, pero dejan como residuo los desorganizados espacios de la ausencia.

 

Se dice en el poema (III, 17): “Cuatro son los vértices del cuarto /  en los que afilan sus cuchillos los destellos de un espejo /  que añora su consola.” 

 

Hay un ambiente mortuorio que ya aparecía en IV que se sirve del oxímoron. La viva muerte: “Y sobre la mesita un cementerio de colillas /  habita en el cenicero.”

 

Ambiente más propicio para la pesadilla que para el sueño. Un sueño programado para afrontar la muerte, el crisantemo como símbolo de ese viaje, al modo de Brassens, para adornar la almohada “En effeuillant le chrysanthème  / qui est le marguerite des morts”, pero con la esperanza de volver a despertar si se establece el  vínculo con la Naturaleza, con las aves otoñales, a través de la caricia a las acacias: “Ay, si se detuviera el miedo.”

 

 

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En (II ,15) sucede como en el cuento del soldadito de plomo, las cosas, las vivencias se han vuelto autónomas. Ecos de lo vivido durante el día, el desamparo y la tristeza y el sinsentido las domina. 

 

Hay en (I, 13)  una continuidad del (II), con resolución en el durmiente de lo acaecido durante el día, al tiempo que sucede otro tanto en el espacio habitacional, la luna enhebra esas dos continuidades, incorporando el espacio y el tiempo colindante exterior. La luna en su recorrido supone un orden: “En la cresta de lo oscuro /  trenza sombras un cuerpo imaginario.” (IV ,19)

 

Comienza la segunda parte, II, ‘Hylas’, tras la cita explicativa de J. Humbert. 

 

En (I, 25) nos adentramos en la espesura, el paisaje de una playa del Egeo se reproduce en el pecho del héroe. Un Paisaje límpido, recóndito, hollado solo por: “La desnudez de las huellas.” Y al tiempo: “una plácida lluvia de sal o de mar /  cae serena de los cabellos a los hombros /  hacia el florido musgo de su pecho, / y dibuja un paisaje de salinas sobre tan  bruñido cuerpo.” (I,25). La Inscripción del paisaje en la carne anticipa la metamorfosis de Hylas.

 

Es (II, 27) el contrapunto a esta ‘estinfalización’, donde la barca anclada que espera es humanizada, y “Ante  la ausencia de sirenas, /  grita la recia quilla y rugen los maderos.” El paisaje mineraliza lo que toca, lo hace suyo, carece de ausencia. El deseo del humano hiere lo que toca, lo reconoce en su otredad, lo vuelve doliente.

 

En (III, 29), hay un paisaje puro, donde lo humano ha sido absorbido y por ello, conectando con los poemas del ‘Prólogo a un sueño’, nos las vemos con una naturaleza impenetrable, sin espejo que la intérprete ni ordene.

 

En (IV, 31) ese despliegue conduce necesariamente a un nuevo fin y comienzo.

 

Es la danza de las ninfas la que sugiere y guía al paisaje en su ordenamiento, la que da vida al baile de los peces, la que origina la danza de la tierra hasta la música de las esferas. Ese impulso quiere todavía más, quiere gozar su deseo en la belleza del otro, quiere atraer, apresar, incluir al ser recién transformado y puro, religarle al origen mediante el ‘amor fati’, comprender a Hylas en su danza originante: “Para atraer hacia sí el deseo vehemente y lujurioso /  por poseer aquel joven tan bello.” (VI, 35) 

 

Renace así el paisaje en nuevo ciclo, y será un ajuste nuevo.


 
El antiguo paisaje es a-sumido a este nuevo origen. Es aventura, es dolor: “Retomó la luna aquel paisaje herido hasta la muerte, /  siguiendo las rutas vestidas de olivos, encinas, mirtos /  o arrayanes, /  y se ocultaron las sombras de la noche / tras la hierba húmeda de bruma.” (VII, 37)

 

El mundo que se pierde grita contra la fusión, contra la perdida de individuo, contra esa resolución en lo natural que le deja en desamparo.

 

 

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Había otro deseo: “¡Hylas!!, ¡Hylas!, ¡Hylas!”

 

El grito es una maldición que pretende un flaco consuelo, pero también es una llamada y una consigna a la diferencia. Mantener viva la memoria contra la floración de amor, de la vida que surgiría de la e-fusión del rapto amoroso de las sirenas.

 

La  luna riela de día, riela de noche y pasa vigilante y testigo de lo antiguo y de lo nuevo. Pero la memoria no se arrodilla y no consigue, como haría un perro fiel, cargar con el peso de la ausencia: “Ante  la prolongada ausencia, los hombres y los dioses /  tensan velas. //  La nave va / blanqueando olas a la búsqueda de un viento favorable.”(IX, 41)

 

“Adagio’ (45) Será el último poema antes de la ’Carta a Heracles’ del epílogo. 

 

El deseo de este Adagio es el recorrido de la luna expresado en (VII y VIII). Un recorrido paciente, “silencioso y callado” que se untará en el hondón de la alta noche. Ya lo hemos dicho, testigo permanente que volverá ungida de su amor, como Orfeo al rescate de Eurídice en una nueva amanecida. Como Orfeo en permanente pérdida …

 

 

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En ‘La carta a Heracles’ (49) El yo poético se compadece de sí mismo al hacerlo con el héroe. La  soledad de quién ha perdido al amado es la soledad de la luna; tal vez en la expresión peca de artificio.

 

Hay una equiparación, una solidaridad, digámoslo así, con el abandono -esa errancia lunar, es la proyección del sentimiento giróvago en viaje por la cárcel del pensamiento mágico-. Es cierto que esta carta ha dejado de ser poema, aunque parece obstinarse en seguir siéndolo; de ahí la sensación de artificio. Una incongruencia en el encuentro de dos lenguajes: “Deslicé  las manos sobre mi estructura física sin darme cuenta de que mi cuerpo no era el suyo.” (…) o “Recuerdo  que el momento más intenso  fue cuando me desplacé al epicentro de su geografía desnuda, que engañosamente era la mía.” (...) o “Mis dedos rodeaban la abstracta cima.” Aunque bien pudiera ser esta mixtura de los lenguajes análoga a la lucha  entre un objeto inerte vivificado y un ser vivo que dolido de la ausencia aboca a la parálisis mineral. Tal vez sea un hallazgo. Así ese fragmento termina: “Extenuado, perdida la razón y el ángulo, me ausenté de la geometría para volcarme sobre un nuevo sueño.”

 

El párrafo siguiente de la carta es visionario, misterioso, borgiano. La esperanza alienta todavía una profundización del dolor: “Ahora te cuento, Señor y Dios de los guerreros, como cierta vez, en un paisaje que casi ni recuerdo, vi una sombra a lo lejos (...) Ahora  lo recuerdo, me aproximé a su cuerpo, miré hacia el sur de sus ojos y no era él.”

 

Canto universal del amor que se pierde, y es posible que todo amor en algún momento se pierda, lo que lleva a emprender la búsqueda, un viaje de conocimiento en proximidad a los paisajes por los que deambula. Ya sabemos desde Machado que “Se canta lo que se pierde.”

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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