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Redacción
4/07/2013

Carnicer, el vicario y Gaudí

JUAN JOSÉ ALONSO PERANDONES / 

Si  afortunada fue la designación de Juan Bautista Grau Vallespinós como obispo de Astorga en 1882, gran infortunio deparó su muerte en 1893 (fue enterrado en la capilla catedralicia de la Inmaculada Concepción el 24 de septiembre de este año). Los tres corpulentos  ángeles de zinc que, con los atributos episcopales, la mitra, el báculo y la cruz,  hoy lucen en el jardín, fueron ideados  por Gaudí para coronar la techumbre y compartir las ventiscas con el otro figurante y probable inspirador, Pedro Mato. De ahí que en tierra firme, pese a sus tanteos de emplazamiento,  no acaben de encontrar acomodo, ni su dimensión sea acorde a nuestra mirada, y aun menos a sus generosas alas conviene  un espacio tan pétreo y encorsetado. Exiliados de lo que debería haber sido su soporte natural, tampoco han merecido sesudos estudios, poco más que la datación de la  fábrica de su fundición, Real Compañía Asturiana de Minas,  y su tardío envío, 1913. 

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Los ángeles son el testigo vivo, inoportuno, del parcial e involuntario fracaso de una sensibilidad compartida por el obispo y el arquitecto, en la que se aunaban complacidamente la estética y la liturgia. El Palacio no dejaba de ser un capricho arquitectónico, un  lujo mediterráneo, modernista si se quiere,  para una pequeña ciudad del interior con horizonte escarpado; con una concepción más estética que funcional, y aunque financiado en gran parte por el Ministerio de Gracia y Justicia,  también  era necesaria la aportación de fondos diocesanos (Grau no dejó de mostrar su generosidad con una estimable aportación personal). A la intemperie, pues, quedó Gaudí después de las exequias para  las que él diseñó un templete y unos arcos por los que habría de pasar el cadáver embalsamado del obispo, y amigo y paisano reusense, antes de ser expuesto en la Capilla; también se hizo cargo del sepulcro, con la más breve y expresiva  inscripción que en el rito eclesiástico, de por sí fastuoso, imaginarse pueda: 'JOANNES, 1893'. 

Cuando fallece un obispo, hasta el nombramiento de su sustituto se hace cargo de la Diócesis, con potestades limitadas, el vicario; transcurrirá un año hasta el nombramiento del nuevo prelado, Padre Vicente Alonso y Salgado. Los meses posteriores al fallecimiento de Grau, como bien está recogido en la prensa local y por el cronista don Luis Alonso Luengo (Gaudí en Astorga, 1954), fueron tormentosos: la Junta Diocesana de Construcción y Reparación de Templos, de la que formaba parte el Cabildo, y cuya presidencia ya no ostentaba el obispo Grau, cuestionó la oportunidad de la obra, su funcionalidad, su costo..., sin una mayoría con luces suficientes para comprender el significado arquitectónico-religioso de una obra singular. El 11 de julio de 1894 quedarán paralizados los trabajos, con la planta noble sin terminar y, por tanto, sin iniciar tampoco el ático; con anterioridad, el 8 de enero, ya se había tenido que   hacer cargo de las certificaciones ejecutadas un nuevo responsable, el propio de la Diócesis, que será provisional. Gaudí había enviado al vicario una carta de renuncia como director de las obras el 4 de octubre anterior.  La continuación del Palacio y su dilatado remate final  serán cometidos de otros arquitectos, pues  las intensas gestiones de otro obispo, también de fina sensibilidad,  Alcolea,  en 1904, por reiniciar las obras con la recuperación de  Gaudí,  fueron infructuosas. 

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Los últimos meses de 1893, sin la presencia del carisma y la apertura de miras del obispo Grau, fueron agitados en la ciudad,  con partidarios y detractores del palacio a medio terminar. Y las discusiones de Gaudí con el vicario y el Cabildo debieron de ser sonadas. Ramón Carnicer en las primeras páginas de su libro autobiográfico, Friso Menor, cuenta el papel desempeñado por su familia en Astorga (de donde era natural su madre), tanto en el aspecto empresarial, en calidad de  dueños de la gran fábrica de curtidos aledaña a la iglesia de San Andrés (la finca al lado del Cabildo), como en la política municipal. De su abuelo Ricardo, que gestionaba la empresa con su hermano Domingo, narra esta conversación, previa al abandono definitivo de Gaudí, de la ciudad y de la dirección del Palacio: “El abuelo Ricardo, se decía en casa, era hombre generoso, dramatizante a veces, con grandes aptitudes para lo cómico, suscitador de armonías. En el paseo de la muralla astorgana terció un día para que el vicario de la diócesis, vacante por el obispo catalán Grau Vallespinós, y el arquitecto Gaudí, iniciador por encargo del obispo fallecido del palacio episcopal, no se trabaran a pescozones y puntapiés tras los insultos en que se enzarzaron por desacuerdo entre lo mucho que costaba la obra y la alarmada tacañería del vicario. Como es bien sabido, Gaudí se cansó de la pugna y abandonó la obra”. 

Gaudí era un hombre temperamental, tanto para levantar una y otra vez, como Sísifo, la bóveda esferoidal del pórtico, inspirada según don Luis en el conopeo del Sagrario catedralicio, como para no perdonar tanto desaire. La leve inscripción de un obispo, JOANNES, y los tres ángeles, nos recordarán siempre cuán maligna es la torpeza. 
   







 

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