Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 15/08/2018
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Tomás Valle Villalibre
18/05/2018

Ella bailaba sola

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Fue un sábado cualquiera del mes de Abril de hace dos años alrededor de las dos de la madrugada, mi amigo Jorge y yo habíamos ido a cenar y después decidimos tomarnos unas copas por la zona de los pubs. Hacía bastante tiempo que no nos veíamos.


En el segundo que entramos una mesa solitaria nos invitaba a ocuparla para poder seguir con nuestra conversación tranquilos, acompañados por la música que sonara en cada momento.

 
Algo hizo que me sobresaltara al mirar como una mujer bailaba captando  la atención en medio de la pista. Ella bailaba sola no necesitaba a nadie.


Estaba radiante vestida con unos jeans ajustados, unas botas que le llegaban hasta los muslos como si se tratara de un mosquetero y una camisa negra ajustada y muy desabrochada que le apretaba las formas del cuerpo.

 
Tardé unos segundos en poder moverme, en volver a sentirme vivo. Decidí  continuar escuchando la música y a mi amigo. La mujer que bailaba sola, volvió su mirada hacia nosotros y por un instante quise pensar que no era ella. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que la había visto.


Mi amigo seguía contándome lo bien que le iba el negocio mientras yo recordaba aquella mujer segura y sonriente, que siempre había sabido sacar lo mejor de ella misma. Pero la vida está hecha de mudanzas y como todos sabemos, en cada una de ellas algo se pierde. Ella en el afán de ser amada, creyéndose el centro del mundo cayó  en el error de comprar el cariño del que más tarde fuera su marido. Un individuo que al año de casados comenzó a tratarla con una frialdad calculada, fruto de algo que se había roto y que no tenía el menor interés en reparar. Ella dejó de sonreír, la echaron de los grandes almacenes donde trabajaba y fue ingresada en la unidad de psiquiatría el día que intentó suicidarse. Ahora sin atender a razones, captando la atención en el centro de la pista, baila sola.


Un sudor frio recorrió mi espalda empapándome la camisa, cuando con magistrales andares se acercó a nuestra mesa. Se sentó frente a nosotros y antes de que mi amigo pudiera articular palabra se dirigió a mí, mirándome fijamente: “Es probable que no me creas, pero en ocasiones pienso en ti y el dolor regresa y me aplasta como hacen los niños con las margaritas de la pradera. Recorro día y noche un complicado laberinto aunque sé que nunca podremos encontrarnos”.


Los años han pasado sin darnos cuenta, pero sigue como siempre, sigue siendo la dueña imposible de las emociones de cualquiera que la mire. Mi amigo se ha quedado mudo y apura otro sorbo de Whisky.


Su actitud parece la de estar en otro mundo, su mundo: “Si ves a alguien que baila solo, sin preocuparse del mundo que lo rodea, déjalo que baile, bailar limpia el alma y también sana. Si me ves en una esquina o en medio de la pista bailando sonriente o con los ojos cerrados, aunque esté rodeada de gente, déjame. Baila a mi lado pero no bailes conmigo”.


La música sigue sonando a un volumen que ahora se me antoja exagerado.


Sin dejar que saliera una sola palabra de mi boca, ella prosiguió: “Mi cuerpo va de un lado al otro, mando mi cabeza para atrás y respiro la canción. Entro en trance y me transporto al pasado. Pienso y hasta tomo decisiones sobre mi vida. Solo en esos momentos siento que realmente soy yo”. 


Con el mismo estilo que vino, así se fue hacia la pista, y siguió bailando.


No supe que era lo que estaba pasando, era como si todos hubieran desaparecido de repente y solo estuviera ella intentando seducirse a sí misma con su baile. Me sentía como si hubiera estado en medio de un estado psicótico en el que transformas una experiencia en tu realidad.


Ella seguía bailando sola y mientras la observaba a mi memoria vinieron aquellos días  que tomábamos los caminos inciertos de la noche sin saber muy bien que parte de la ciudad podía cobijarnos. Cogiendo al final el que iba a un parque no muy lejano, un lugar donde iban las parejas a dejarse querer.


Le pedí a mi amigo que nos fuéramos del lugar. Al salir de aquel pub me sentía aturdido, como mareado. Demasiado Whisky, pensé, pero mi mente se quedó dentro viendo como ‘bailaba sola’.


(Dedicado a Virginia)

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