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Sol Gómez Arteaga
26/05/2018

La importancia de ser florero

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                                                A Liliana, que con su pincel disecciona la vida. 

 

  

Soy coqueta. Reconozco que soy coqueta. Me chifla todo lo que tiene que ver con el atuendo, ropa, perfumes, zapatos, cosméticos, pañuelos, pendientes que, de hecho, acumulo por docenas. En mi casa me dicen que ni aun poniendo un tenderete de ‘todo a un euro’ los domingos en el Rastro durante un mes, acabaría con el arsenal. Yo creo que exageran. Pero confieso que me gusta acicalarme, alcanzar eso tan indefinible como etéreo que llaman ‘estilo propio’, y también confieso que cada vez que me surge un acontecimiento lo primero que me viene a la cabeza es qué me voy a poner. Pero fuera de coñas marineras en absoluto me siento, nunca me he sentido, mujer florero. 

 

Aunque recientemente ocurrió un hecho que hizo que una amiga y yo nos sintiéramos justo eso: Mujeres floreros. O floreros a secas, que para el caso es lo mismo. 

 

No voy a narrar los detalles porque no interesan, pero el hecho en sí, el meollo de la cuestión es que no solo se nos ‘echó en falta’ no acudir a un evento al que no habíamos sido convocadas y del que, por tanto, estábamos excluidas, sino que para colmo de cinismo se nos ‘echó en cara’, una vez pasado el evento, la no asistencia al mismo.   

 

Esto nos dejó bastante ‘ojipláticas’, pero superada la perplejidad inicial, mi amiga que pinta y piensa y que además tiene bastante sentido del humor, -el humor es la mejor defensa contra los agravios de la vida-, enseguida se puso a darle al magín y se preguntó qué pasaba cuando a una composición pictórica le quitabas los floreros. No se refería, aclaró, a una composición como la de ‘Los girasoles’ de Van Gogh en la que el florero es justo el elemento principal y casi único, sino a aquella en la que el florero ocupa un lugar accesorio, circunstancial, vicario. 


 
Como no acertaba a verlo mentalmente, entró en un estado emocional de desasosiego. Y tras  elegir el cuadro del fauvista André Derain ‘El pintor y su familia’, obra interesantísima en cuanto a superposición de planos y roles, como si de una estampa en tres dimensiones se tratara, se dispuso a pintarlo. A medida que prescindía de algunos elementos del cuadro original, -quitó a Alice, esposa del artista, y al pavo real que aparecen en primer término y curiosamente ‘no miran’ el trabajo de Derain, salvaguardando, eso sí, por considerarlo sagrado, al gato-, venía y con el entusiasmo del niño que descubre el mundo y sus misterios, me iba dando cuenta pormenorizada de sus progresos: ¿Sabes qué pasa cuando a una obra le quitas los floreros? ¡Queda desequilibrada, descompensada, y no te digo si las flores son privadas de sus jarrones! ¡Cómo no me percaté antes!

 

 
De esta manera llegamos a la reveladora conclusión de que cuando los floreros “están presentes” pasan desapercibidos, pero cuando desaparecen toman cuerpo, fuerza, categoría de entidad, pues es en ese preciso instante cuando su ausencia se hace inquietantemente presente, su falta se echa de verdad en falta, como esos objetos que aún en el rincón más apartado de la estancia, del salón en el ángulo oscuro, de su dueño tal vez olvidados, brillan con luz propia.   

 

He de decir que a costa de ser consideradas mujeres floreros mi amiga y yo, las exiliadas del cuadro, nos lo pasamos pipa y nos hicimos más amigas, también más cómplices. Y yo que además de darle al magín escribo, quise aportar también mi granito de arena dando fe en el papel de este casi íntimo, insignificante suceso, sin más intención, aunque también sin menos, de que SEA.  

 

Hecho esto me piro, que a las ocho cierran una tiendecita muy coqueta en cuyo escaparate he visto un bolsito de mano precioso y rebajadísimo, y no quiero que nadie me quite, pues aunque tengo cinco bastante parecidos, como ése ninguno, y lo quiero, lo quiero, lo quiero, ‘aisss’, por encima de todas las cosas. 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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