Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 15/08/2018
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Ángel Alonso Carracedo
1/06/2018

Coherencia es decencia

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Dice un proverbio árabe: palabra que has dicho, ya no es tuya. El aserto bien podría ser original de nuestra comarca maragata. De todos es sabido el valor que por estas  tierras  se da al compromiso oral empeñado. Vale más que cualquier contrato escrito. Mesonero Romanos, en sus Escenas Matritenses, glosa la figura del ‘honrado’ Alfonso Barrientos, un arriero de Murias de Rechivaldo, que acude con todo un catálogo de esencias y presencias de las regiones españolas a la pública subasta, en el Madrid decimonónico, del llamado Parador de la Higuera. La puja se hace con compromisos de dinero contante y sonante, y solo Barrientos oferta un papel escrito avalado por su rudimentaria firma, con la cantidad que le permiten sus cábalas. Todos los competidores aceptan de buen grado la heterodoxa fórmula del maragato, pues es proverbial la honradez ganada a pulso por estas gentes en las mercaderías arrieras y en el cuidado de los dineros públicos.


No es de extrañar, pues, que se nos tenga por linaje adusto. Las pocas palabras no llaman a la simpatía y a la algazara. Son, por el contrario, la demostración expresa de que un lenguaje austero y comedido engendra confianza. Con la palabra pronunciada, cualquiera se convierte en rehén de un pacto, de una obligación, a lo peor difícil de conllevar o imposible de cumplir. Tiene palabra, es de las mejores cosas que pueden decir de uno. Y eso obliga a mucho en esa inteligencia natural que tanto emerge entre nuestros paisanos, pese a que tantas veces pasen por personas hoscas y severas. Saben de la vida, porque la han luchado y la luchan a brazo partido de principio a fin.


Ese ADN del maragato le inhabilita para el ejercicio de la política tal como se entiende hoy. El llamado arte de lo posible ha degenerado en una verborrea inagotable de despropósitos y disparates en la teoría y en la práctica. Gana unas elecciones quien mejor miente. Claro, en esa tesitura existe una complicidad más que evidente del cuerpo social, que permite ese estado de cosas. Que se mece y adormece en el opio catódico de la televisión, que renuncia a la deliciosa libertad de pensar, el único atributo humano que, sin las barreras de la burricie, puede discurrir sin trabas hasta el infinito. Pensar es fiscalizar a nuestros poderes públicos. Guardar en el magín sus miles de mentiras nacidas de palabras huecas que nos pertenecen como acta notarial de sus desafueros, porque las han pronunciado en plena ebriedad de poder.


No es de extrañar que, así las cosas, ese silencio social se incruste en la conciencia política como patio de monipodio en el que campan a sus anchas las mentiras, incoherencias y delitos, hijos de la corrupción. No es de extrañar que desde las tribunas del poder se lancen mensajes un día, y su reverso al otro; que lo que fue blanco ayer, hoy sea negro, interiorizando así que el electorado es una masa amorfa idiotizada y desmemoriada. No es de extrañar que la militancia sea el coro de palmeros de los abusos propios, cuando debe ser la más exigente en la fiscalización a los suyos. No es de extrañar que, en esa línea, se aliente el maniqueísmo para encontrar redenciones en los errores del rival y beatificar las actuaciones propias, aunque sean presa de la demagogia. No es de extrañar que en este país, no dimita ni Dios, cuando omisiones tan evidentes, pasan desapercibidas al depositar, por miedo o lo que sea, montones de votos malolientes en las urnas.


La sobriedad en los pronunciamientos es un aval de coherencia, sinónimo, siempre, de decencia. El “consejos vendo, que para mí no tengo”, es otra de las máximas en las que nuestros dirigentes se mueven como pez en el agua. Una pareja de adalides de la política social, que abrió la Caja de Pandora, cuantas veces quiso y pudo, contra las ostentaciones ofensivas de la riqueza, acaba de dar una patada en toda la entrepierna a su abanderamiento ético, con la compra de un casoplón que estará al alcance de muy pocos de los militantes y seguidores de su partido. Constatada la metedura de pata y cierta contestación interna, los enamorados echaron balones fuera con el peregrino argumento de que eran pieza selecta de acoso mediático y político. Olvidaron que al pronunciar sus palabras dejaron de ser suyas para dárselas en propiedad a la colectividad, y que ésta tiene todo su derecho a demandar su incongruencia. Los hechos tienen que ser complemento inseparable de la prédica, si no, estamos ante vulgares mercachifles. Ni una concesión al error propio, que resulta la más digna de las salidas. Y para abundar en sus descuidos, trasladaron la decisión de un problema, en el que se metieron ellos solos, a la militancia, por medio de un referéndum sobre su liderazgo. Soluciones colectivas para errores propios. Cuanto huele a alcanfor esta nueva política.
                                                                                                                          
                

 

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